Las palabras “efecto” e “influencia” se usan con frecuencia en las artes visuales, y en todas las otras artes. Esta exposición incluye ese concepto en su título y pone en acción varias situaciones del presente que ya ejercía este personaje central. Recordar que hace cien años nació John Cage, un autor que continúa permeando a creadores e intelectuales, es un merecido homenaje y un recordatorio educativo. Esta exposición tiene varias claves destacables; una es la conjunción entre lo académico (maestros, alumnos y artistas) y lo estético, que provoca reflexiones teóricas que se señalan a lo largo del texto, que son de Cage y están vigentes y coinciden con parámetros actuales. Desde el historiar, sin decir si es el artista más importante de la segunda mitad del siglo XX; porque eso no es conducente, es reduccionista, y de hecho, más de uno lanza astros en diversas direcciones y deja fuertes rastros. Pero sí, Cage influenció a un gran conjunto de artistas de varias generaciones. Su actividad en diversas disciplinas revela la libertad de su impulso creador: establece con Merce Cunningham una fructífera y experimental compañía de danza en el Black Mountain College, a la que luego se integró Robert Rauschenberg. Otros artistas se acercan y se gesta esta vanguardia neoyorquina ante el entonces predominante Expresionismo Abstracto. La flexibilidad transdisciplinaria caracterizó a Cage, quien consideraba que la mente del espectador debía estar desenfocada para producir una serie de meditaciones libres. Conformó objetos, composiciones musicales no tradicionales y silencios como valores musicales, participaciones no sistematizadas del público, acciones (performances), entre otras muchas expresiones. Esta exposición, Notations: The Cage Effect Today, es una conjunción de artistas actuales que no son necesariamente cageanos pero que tocan tangencialmente varias de las ideas de JC. Él, Cage, cruzó fronteras y continúa motivando a hacerlo.

He aquí los veintiocho participantes y Cage, “el del efecto”: William Anastasi, Soledad Arias, Céleste Boursier-Mougenot, John Cage, Waltércio Caldas, José Damasceno, Hanne Darboven, Matthew Deleget, Liz Deschenes, Felipe Dulzaides, León Ferrari, Robert Filliou, Yukio Fujimoto, Nicolás Guagnini, Lynne Harlow, Douglas Huebler, Gareth James, David Lamelas, Reiner Leist, Jorge Macchi, Christian Marclay, Rivane Neuenschwander, Kaz Oshiro, Edgardo Rudnitzky, Fred Sandback, Frank Scheffer, Ushio Shinohara, Linda Stillman, Daniel Wurtzel. Se publicó un catálogo ilustrado y se programaron importantes actividades interdisciplinarias complementarias concebidas con una flexibilidad cageana. Joachim Pissarro dice en el texto del catálogo: “[…] la rica vida de experimentación y reflexión de Cage, de su gran sentido del humor y que para hacer justicia a la multivariedad de sus prácticas […] nos fuerza a pensar a través de disciplinas y a través de continentes. La historia de las artes (plural) no está acostumbrada a pensar de esta manera; la disciplina en general está aún dividida según los medios –y según los continentes (África, Asia, América Latina, y Europa, el único continente que por alguna razón continúa dividido en países). Cage cruzó todas esas fronteras alegremente: físicamente, intelectualmente, artísticamente...”.


Una vez introducido el espectador en el mundo del celebrado autor, necesitamos información del proceso curatorial –obtenida por Skype con Julio Grimblatt, fotógrafo y docente en Hunter–, con las siguientes preguntas: ¿Cómo empezó todo? ¿Hubo reuniones de conceptualización entre los curadores y los artistas? ¿Cómo se hizo la selección de los artistas? ¿Es importante aclarar a los lectores si seleccionaron a partir obra realizada o por encargo? ¿Cómo trabajaron la museografía?
“El inicio fue académico, con un curso que Joachim Pissarro impartió en 2008 –con el profesor Geoffrey Burleson, director de estudios de piano–, en Hunter, donde es profesor y director de las galerías de la calle 41. Ese curso que yo tomé para un posgrado, me voló la cabeza. Pissarro me invitó a cocurar con él esta exposición; yo invité a Bibi Calderaro. El semestre pasado, Joachim Pissarro impartió una clase curatorial, y con Michelle Yun terminamos siendo cuatro cocuradores. Estos giros académicos inesperados dieron el resultado de lo que se exhibe en la exposición. Yo te puedo responder por mí: busqué artistas que me generaran experiencias semejantes a lo que me produjo Cage: libertad con responsabilidad y un estado de estar despierto (no existe esta palabra, pero diríamos, "despertitud"). El legado de Cage es relevante y hay que estar atento y despierto a lo que está sucediendo. Para Cage, el silencio es el momento en que uno deja que el mundo entre. Incluso, no fue realmente elegir artistas sino elegir obras. Incluso, yo elegí obras de artistas que no son cageanos, como el caso de Jorge Macchi. Su obra es análoga y recoge sonidos de diversas ciudades. Una universidad no tiene presupuesto para trabajar obras por encargo. Se seleccionaron obras realizadas, excepto la de Rivane, que ya la había hecho en Brasil y se reconformó en Nueva York. Hemos tenido préstamos de las galerías en la ciudad y sólo una obra vino de afuera: Lamelas vino del Walker Art Center. Tener esa obra era fundamental. El arte ofrece conexiones inesperadas. La museografía fue pura narrativa visual. No hay una separación cronológica o geográfica, fue más jugar con las piezas y ver cómo se comunicaban entre sí. Lo bello de ver el José Damasceno a través de un Samback no requiere teoría”.

La instalación de Kaz Oshiro es la más material; casi todas las obras son translúcidas, tienden a lo intangible (“apertura de la mente”), como las de Waltércio Caldas y Soledad Arias. Jorge Macchi despliega “el globo” en el piso y manifiesta sus anotaciones. Octopus de Edgardo Rudnitzky refiere sonido, composición musical, y sólo brinda el cageano silencio. Como dijo Cage: “No tengo nada que decir. Y sin embargo lo estoy diciendo”. En esa serie de interacciones surge una exposición que, de haber sido más estructurada, hubiera sido anticage. La galería de Hunter College en la calle 41 está en un enclave urbano fuerte: calles amplias, mucho tráfico y, por qué no decirlo, ruido, que es un tema muy Cage. Él, que vivió en el West Side de Nueva York, en la Sexta Avenida y la Calle Dieciocho, decía que la mejor música es la de la calle: los ruidos de los autos, los sonidos de la ciudad. El lector que no ha visto la exposición tiene que saber que esa galería es sumamente espaciosa, y se pueden presentar las obras sumamente aireadas. Los grandes espacios vacíos funcionan como los valiosos silencios de Cage.
GRACIELA KARTOFEL

