Luego de realizar estudios en Buenos Aires, su ciudad natal, Miguel Rothschild (1963) decidió completar su formación en Berlín, donde reside desde 1991, movido por una franca afinidad con una constante emotividad, concretamente, con el espíritu romántico dominante en las representaciones de la cultura germana.
Si en su anterior muestra en la galería Ruth Benzacar se destacó la idea de melancolía desarrollada en las estéticas románticas –con una cita al célebre grabado de Durero, Melencolia I–, ahora despuntan las ideas de aura y de lo sublime, enmarcados tanto en la arquitectura y en la iconografía religiosa como en los cielos inmensos –estrellados o tormentosos– o en el concepto tradicional de arte.
El recorrido comienza con una serie de cajas vidriadas que con el título de Absolución ironizan sobre la culpa, el castigo y la expiación. Contienen en su interior fotos de paredes de confesionarios que, perforadas, reproducen el variado diseño de los orificios originales. A su modo, Rothschild transforma lo sagrado en profano: ya no nos arrodillamos para confesar nuestros pecados; ahora la propuesta es jugar poniendo a prueba nuestra destreza. De eso se trata: el artista nos invita a tomar con nuestras manos cada una de las cajas para embocar pequeñas bolitas de acero en los agujeros que interrumpen la superficie plana.

Observemos que el orificio del confesionario permite el intercambio de voces, pero no de rostros. Sólo una de las partes –el confesor– puede ver quién está detrás del panel. Al creyente le es asignada la oscuridad. ¿Pero resulta tan importante ver?
Felices los que creen sin haber visto dice el título de uno de los trabajos expuestos, que recuerda la conocida frase de santo Tomás: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos, y meto mi mano en su costado, no creeré”. Parodiando la inquietud de Tomás, Rothschild toca y perfora, penetra en el interior de fotografías que representan vitrales de una iglesia gótica. Vacía y deja la huella de su gesto investigativo. Es así que, como resultado de las perforaciones, miles de papelitos de colores se desparraman en la base de la obra, que, al ser separada de la pared, proyecta sombras que se transforman según el desplazamiento del espectador.
¿Por qué, en sus “fotografías extendidas”, perfora obsesivamente, vacía, hace uso de lo que extrae y, al mismo tiempo, centraliza el rol del espectador? Quizás para que la tragedia donde estalla la dura verdad nietzscheana –“Dios ha muerto y somos nosotros quienes le hemos dado muerte”– pueda llegar a transformarse, dulcificada, en una especie de comedia.
La herida del cuerpo de Cristo se atenúa al ser atravesada por tanzas que brillan por el impacto de la luz proyectando un aura fría en el espacio. Paralelamente, el cielo inmenso sufre la agresión de elementos punzantes (clavos y alfileres) y sirve de metáfora del dolor, tal como sucede en Los silencios de Sor Juana. Representaciones de espíritus santos extraídos de pinturas son asimismo pinchados –torturados– con alfileres en un fotograma desenfocado del film Los pájaros de Alfred Hitchcock. Son desvíos retóricos que, de modo variado, permiten tomar distancia, y así, ver el vacío que perfora la existencia cotidiana.
Mostrar, perforar, tapar. Todo sirve a la hora de elegir materiales no tradicionales: clavos, alfileres, hilos, tanzas, sorbetes o bolitas de acero metaforizan contenidos junto al agujereado de la superficie plana y al uso, casi decorativo, de los círculos de papel resultantes, precarios pedazos de una fiesta artificiosa que nos ubican en las antípodas de lo sagrado.
Al tapar la superficie, las bolitas y los papelitos de color operan como contrapartida de la transparencia de Melencolía A.D. (2007-2008), expuesta en la misma galería con anterioridad. Realizada con miles de sorbetes de colores, permitía ver a través. La pieza fue pensada en oposición al pesado cuerpo poliédrico que en Melencolia I de Durero impedía ver el horizonte.
Resulta evidente que la producción de Rothschild se organiza dialécticamente en torno al juego de contrarios. “Me gusta llegar al espectador a través de un acercamiento fácil, liviano, directo, para que en una segunda mirada se revierta esta liviandad transformándose en su opuesto”, afirma el artista.
En un tiempo sin dioses, vaciado de contenidos trascendentes, el arte subraya la importancia de su misión. De no existir, tendríamos una doble pérdida: la de lo sagrado que ya no es y la del recuerdo de eso que alguna vez fue. La desaurización es el camino que elige Rothschild para acceder a ese recuerdo.
ELENA OLIVERAS
