Los ojos de la argentina Mercedes Schamber (Posadas Misiones, 1972) se suman a los de las demás artistas que exponen en el Primer Festival Miradas de Mujeres que tiene lugar en Madrid en diversas galerías e instituciones. Un festival que no intenta atravesarnos con un discurso de doble filo ni encerrar la práctica femenina en una misma jaula. Las miradas son distintas, distantes y disidentes. A mi parecer, sólo pretende informarnos de un hecho: la mayor revolución en el arte contemporáneo del siglo XXI ha sido el final del machismo en el sistema de creadores. La aportación de la mujer ha enriquecido el panorama artístico y acabado con un agravio histórico flagrante. El siguiente paso es conseguir el final del machismo en el sistema de los creadores de primera división y en el sistema de directivos de instituciones artísticas.
Schamber juega en otra liga. Aplaudo la apuesta de la Galería Blanca Soto por no exponer sólo primeras figuras y dar cabida a proyectos en los que no van a obtener beneficios económicos vistosos. Lo que han visto en esta artista es la extraña belleza de un dibujo diferente y el elemento primordial que debe juzgar un crítico: la honestidad.

Recorte es el título bajo el que se engloban los dibujos de Schamber, ya que eso es lo que ha realizado, de forma visual y de forma simulada. Dibujados a lápiz, objetos como máquinas de escribir o coches y animales e insectos como ranas o libélulas aparecen como recortados sobre un fondo blanco, como extraídos de su entorno y paisaje, que han sido eliminados. La artista ha “recortado” esas figuras de fotografías personales y de recuerdos privados para dotarlos de autonomía y rescatarlos del olvido. Los objetos escogidos nos remiten a un pasado que ya nos parece antediluviano en comparación con la supremacía tecnologista actual. Invitan a la mayoría de los espectadores a un viaje al pasado. Los animales nos indican el entorno rural en el que vivió la artista pero también los libros de ciencias naturales que estudiábamos o fingíamos estudiar de niños. Y la elección del dibujo como herramienta vehicular concuerda con las primeras manifestaciones artísticas que abordamos: el boceto infantil al margen del cuaderno. Pero no hay nada infantil en estas obras. Sí, la sublimación de una presencia frente a una ausencia, el homenaje a la memoria y a lo perenne de la vida. Mercedes Schamber es ahora una médium en trance y explora el sótano de su mente con un dibujo continuo, sin alzar la mano del papel. Ese dibujo se compone de ligeras curvas, de medios círculos, y al superar el éxtasis y abrir los ojos lo que ve es una especie de mutación de lo experimentado en bordado, como si las figuras invocadas fueran reconstruidas en lana. Que una de esas figuras sea una máquina de coser es digno de estudio psicoanalítico. La argentina introduce en el discurso un concepto mágico: afirma que los recuerdos evocados pueden ser imaginarios. Algo que debemos enfrentar con aplomo borgiano.
Otra serie juega con la memoria, pero en este caso colectiva. Máquina de destruir subjetividades está compuesta por declaraciones de mujeres encarceladas entre 1974 y 1983 extraídas del libro Nosotras, presas políticas. Sobre las letras escritas con máquina de escribir, Schamber ha dibujado ese mismo objeto, dando protagonismo al acto de recordar, al momento de la revisión, más que al hecho en sí del terror militar de aquel período. Una reclamación poética a la que también alude el título, usando la máquina como metáfora de la política represiva de la dictadura argentina.
Al aire dejo una pregunta que me hice cuando visité la exposición. Me describieron los dibujos como suaves, delicados, un dibujo femenino. Si visitara de nuevo la galería y observara las obras sin pensar en quién es el autor, ¿pensaría que es una mujer? ¿Existe un dibujo femenino?
He afirmado que la exposición Recorte juega en otra liga. ¿Por qué son obras con un valor artístico leve? La presentación de los dibujos es inocua, el impacto artístico bajo, la originalidad del dibujo no funciona como una cualidad intrínseca y el trabajo que hay detrás de las obras es relativo. Pero la artista no pretende otra cosa. Su misión es afrontar dos variantes de la memoria, la colectiva y la personal, y lo ha logrado con coherencia al cuadrado: al usar el dibujo y al usar elementos alegóricos como la máquina de escribir. Para un público recién salido del cercano Museo Reina Sofía o del Caixaforum, quizás se quede en un making of, o en un ejercicio amateur, pero no todo lo destacable han de ser obras megalómanas con etiquetas de millones de euros.
JUAN JOSÉ SANTOS
