Aunque de su amplia producción representaba sólo una muestra, la reciente exposición retrospectiva de grabados por Julio Zachrisson en Galería Allegro fue una experiencia valiosa tanto en lo histórico como en lo estético. Incluyó estampas creadas por este maestro a lo largo de cuatro décadas, que daban fiel testimonio de la profundidad y variedad de su conocimiento de las técnicas gráficas. Para sus admiradores de siempre ofreció un interesante repaso, y para los observadores más jóvenes, una digna introducción al mundo surrealista y maravilloso de uno de los grandes artistas panameños.
Como siempre, las obras de Zachrisson confirmaban su destreza como dibujante, no sólo en el sentido tradicional de las Bellas Artes, sino también en cuanto a la autonomía y libertad con la que maneja la línea y la sombra. La exposición también dejaba en claro su impresionante habilidad como artista gráfico con un repertorio que incluye trabajos en linóleo, punta seca, aguatinta, aguafuerte, chine collé, serigrafías y litografías, empleadas individualmente o en combinación, con la soltura que sólo viene con el conocimiento y los años de práctica incansable. Aunque predominaba el uso del negro, hubo serigrafías y litografías que incorporaban colores, recordándonos su obra pictórica, así como grabados en metal con colores logrados a través del uso de planchas múltiples, como “iluminación” con tintes aplicados a posteriori, o incorporando papel de colores al proceso de impresión.

La colección de obras sobre papel confirmaba una vez más que, a lo largo de su carrera, Zachrisson ha creado un mundo propio, único y reconocible. Algunos de sus personajes nos parecen viejos conocidos, como prototipos que forman parte del inconsciente colectivo, figuras con las que incluso –a veces– podríamos sentir cierta hermandad. Otras figuras son monstruosas, cruces entre humanos y objetos, o entre personas y animales, que nos miran de frente, como retándonos desde sus retratos distorsionados. Percibimos una sensualidad oscura, un humor negro, y, en no pocas ocasiones, nos parece estar observando representaciones de pensamientos freudianos relacionados con la condición humana, la violencia y la sexualidad. Con la picardía que lo caracteriza, Zachrisson se burla de la soberbia de los seres humanos, la hipocresía de la sociedad y la insensatez de muchas de nuestras realidades políticas.
La serie más antigua en la muestra era Comején, un grupo de grotescos pero divertidos grabados en linóleo en los que figuras humanas son devoradas por esas bestiecillas (que aquí aparecen agigantadas), tan odiadas por la avidez con que carcomen nuestras construcciones tropicales. Entre los grabados en metal, figuró la serie Circo de 1970, con cuatro dramáticas composiciones pobladas de animales apócrifos, aves insólitas, acróbatas semidesnudas, caras o caderas con máscaras y hombres que fisgonean. Para Zachrisson, el circo funciona como metáfora de la humanidad y del balance precario que los seres sólo logran a través de extrañas maromas.
En las obras de los años ochenta y noventa aparecieron figuras de mayor tamaño que, solas o en pareja, dominan la composición. Rodeadas por una suerte de “auras” o líneas que repiten sus siluetas, nos recuerdan la manera que las indias Kuna de Panamá cosen las figuras y diseños en sus “molas”. En El beso, los dos seres, unidos por una sola lengua, están rodeados no sólo por sus auras sino también por formas juguetonas que asemejan espermas u óvulos en el espacio circundante.
Zachrisson conoce bien no sólo las tradiciones indígenas y precolombinas de Panamá, sino también su folklore y sus leyendas urbanas, así como la mitología y literatura universales. Aunque ha vivido en España desde 1961, sus estudios anteriores en México y una honda conexión con sus orígenes han imbuido sus trabajos de un sentido latinoamericano que él ha armonizado con elementos de la tradición artística y literaria españolas. Sabemos que admira a Goya, grabador por excelencia que ilustró y criticó las realidades de su tiempo. En la muestra de grabados, llamaba la atención su obra titulada Panamá 20 de diciembre 1989, una representación sui géneris, aunque un tanto literal, de la invasión norteamericana. Desde la izquierda y derecha inferior de la composición surgen dos grandes masas triangulares de seres humanos, en su mayoría soldados de cada uno de los dos países. En el centro, contra un fondo blanco y optimista, surgen tres figuras (como una pequeña familia) que se elevan del desbarajuste hacia un futuro mejor.
De su producción más reciente, impresionó la serie Bacanal salvaje, en la que se desarrolla una historia macabra en una misteriosa secuencia. Sus protagonistas son criaturas híbridas, hombres con cabezas de animales, y bestias que llevan a cabo un rito erótico dentro de un paisaje oscuro y arbolado. Finalmente, hubo muchas reacciones ante la serie Mono loco de grabados en punta seca y aguatinta, y luego impresos sobre el delicado papel a color en el proceso conocido como chine collé. En cada uno de ellos, el hombre o la mujer se asemeja tanto al primate que se pierde la línea entre los dos y, como dijera el artista, “no se sabe cuál de los dos es más mono”.
En cierta medida, esta mini exposición histórica de grabados contribuyó a sanar una deuda que Panamá tiene pendiente con el artista y el público. Aunque Zachrisson es un artista mundialmente reconocido que ha sido condecorado tanto en España como en su país, cuyas obras han sido presentadas en innumerables exposiciones y publicaciones, en Panamá aún no se ha presentado la gran exposición retrospectiva que su trayectoria amerita. La exposición en Galería Allegro nos entregó una pequeña muestra de lo valiosa que sería esa gran visión.
MONICA E. KUPFER
