El artista brasileño Jaildo Marinho presenta El vacío oblicuo, una exposición que tiene lugar en el corazón oval de la Casa de América Latina en París, donde siete esculturas de gran formato, junto a algunas pinturas, constituyen una magnífica muestra de su trabajo reciente, pero sobre todo una oportunidad para diagnosticar la situación actual del arte latinoamericano dentro y fuera de sus fronteras.
Jaildo Marinho nació en 1970 en Pernambuco, en el noreste de Brasil, y se estableció desde 1993 en París. Allí se relacionó con un nutrido grupo de artistas latinoamericanos que, como él, trazaron décadas atrás la misma travesía intercontinental –entre idas y regresos– aportando una visión increíblemente nutritiva de los enunciados modernos del arte, asimilados desde el otro lado del océano.
La trascendencia de este diálogo en torno a la geometría y la abstracción –entre Latinoamérica y Europa– constituye hoy más que nunca una fuerte excusa para replantearse nuevas genealogías del arte moderno, desplazando la interpretación canónica y unilateral del arte el pasado siglo. Un artista contemporáneo como Jaildo Marinho constituye el ejemplo de cómo han sido vigorizados estos planteamientos intercontinentales y cómo son proyectados exponencialmente.

Jaildo Marinho conoció en París al artista uruguayo Carmelo Arden Quin (1913-2010), cofundador del Grupo Madí (Buenos Aires, 1946); al cual se unió en 1999. Este acercamiento resultará muy importante, pues Marinho perfilará gran parte de sus investigaciones hacia la vertiente compositiva de la abstracción contenida en los principios del Madí, que propone un arte “de espíritu frío, cerebral y dialéctico”.
Jaildo Marinho se vale del lenguaje universal de la abstracción geométrica, depurando e independizando de cualquier representación sus elementos constitutivos. Las esculturas y pinturas reunidas en esta muestra responden a una disposición dinámica y lúdica de formas, líneas y sutiles perfiles de color, con un tratamiento geométrico y concreto.
Para seccionar y perforar los trozos monumentales de mármol que Marinho ha escogido, la pieza es sometida a diferentes procesos industriales. No obstante, el artista expande las dimensiones racionales de su propuesta plástica y les otorga a sus piezas cierta capacidad orgánica, a la que aspirara el Movimiento Neoconcreto.
Es precisamente éste el punto de inflexión en la propuesta escultórica del artista, pues aun estando hechas de un material tan frío y pesado como el mármol, estos colosos pétreos desafían el equilibrio al límite, regenerándose, como si nos encontráramos a punto de presenciar el desplazamiento sobre su propio eje o el giro de una de sus partes.
Recientemente se celebró el Simposio Internacional Repensar los Modernismos Latinoamericanos: Flujos y Desbordamientos, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, y adentrándonos en los inicios del Arte Moderno en Latinoamérica, se subrayó la imperiosa necesidad que expresan determinados artistas latinoamericanos por otorgar vida propia a sus piezas hasta independizarlas, aun ceñidas bajo el anguloso corsé de la abstracción geométrica.
La brasileña Lygia Clark otorga cierto influjo de vida a Planos en superficie modulada hasta convertirlos, hacia 1959, en sus Bichos y Casulos, que definitivamente consiguen desvincularse del soporte bidimensional y salen a colonizar el espacio de la sala. La intención emancipadora y orgánica genera tensión al desbordarse fuera del plano compositivo, lo cual se intuye en Metaesquemas (1957) del brasileño Hélio Oiticica; pudiendo relacionarse también con piezas precedentes como Contraposición simultánea (1929) de Theo Van Doesbourg, quien dinamiza el plano mediante el desplazamiento, dislocación y repetición serial de sus formas geométricas.
En este sentido, la propuesta bidimensional de Marinho experimenta todo tipo de desplazamientos, cortes, dislocaciones. El artista ha escindido determinadas formas geométricas de sus composiciones para remarcar vanos y ángulos vacíos, con el objetivo de irse apropiando de ese espacio y finalmente hacer que sean sus piezas las que lo rompan, diseccionándolo de forma oblicua, diagonal.
El cuestionamiento de la obra de arte estática, definitiva, material y contradictoria ha sido el objetivo fundamental del arte desde hace más de un siglo; así lo demostró Piet Mondrian en 1919, cuando revierte la posición rectangular del cuadro y lo presenta como un diamante; también el uruguayo Rod Rothfuss, miembro fundador del grupo Madí, al romper el marco ortodoxo, o Carmelo Arden Quin, con sus Coplanals (1946), superficies geométricas unidas por una estructura articulada.
Todos estos gestos son alimento para Jaildo Marinho, quien les da continuidad particular y consigue infiltrar cierto potencial orgánico y vital a sus piezas, incluso mostrarlas contradictoriamente livianas, pese a su contundencia. Las esculturas y pinturas de Marinho funcionan como objeto de experimentaciones, sobre el cual es posible establecer una conversación infinita, alternando los elementos compositivos, perforándolos, iluminándolos arbitrariamente de color flúor desde los cantos, como se puede apreciar en Novo limão o Branco-vermelho; otorgándoles una aparente ingravidez y sobre todo hinchando cada uno de sus vanos con una contundente idea del vacío.
Considero que la actitud más contemporánea de Jaildo Marinho consiste en unirse al compromiso por hacer perceptible la aparente inmaterialidad del espacio, haciendo concreta la idea del vacío mediante potentes metáforas marmóreas, concebidas para dispersarse en espacios abiertos, suscitando experiencias en el público.
Marinho concibe El vacío oblicuo, que rompe y da título a esta muestra. Un vacío al que aniquila de manera subversiva, surcando enormes moles de piedra, como las lápidas en los cementerios, como lúdicos monumentos al vacío.
ELISA RODRÍGUEZ CAMPO
