Se supone que para crear arte nuevo se debe crear un nuevo espacio. En su última exposición en la galería Sean Kelly, Iran do Espirito Santo lo hizo. A medida que le daba forma a la luz, el espacio que se creaba era teórico, ilusorio y figurativo.
Continuando con una trayectoria estética personal de pureza etérea, minimalista, el artista brasileño puso en juego iniciativas anteriores. Cuando era más joven, trabajó en un laboratorio de fotografía, y ahora reutilizó los interminables matices de las cintas de prueba. El título de la exposición, Switch, era también el título de un par de murales sutilmente matizados.
Las dos pinturas formaban un ángulo recto entre sí. Una era una progresión de marcos que en apariencia se perdían de vista. Cada uno de los 54 cuadrados meticulosamente pintados era un poco más oscuro que el anterior. El resultado fue un espacio negativo cóncavo, presagioso y atractivo a la vez.

Construida de idéntica manera, la obra opuesta se componía de cuadrados cada vez más blancos. Allí, el centro sobresalía mediante terrazas que se elevaban. La manipulación del espacio era palpable y magnética desde el punto de vista emocional. La apariencia de profundidad y altura, aunque “visible”, seguía siendo ambigua y misteriosa.
Las dos pinturas existían en una especie de suspensión simbiótica. El artista encontró una forma de proponer una dinámica de contradicción por medio de la cual una pintura seguía a la otra.
El tira y encoge que los dos componentes ejercían uno sobre el otro se percibían a la larga como un fenómeno cíclico, como una puerta giratoria. Esta interrupción desmentía la meditativa tranquilidad que acompañaba el encuentro inicial.
El ambiente de meditación se conservaba al entrar en la segunda galería. Envueltos en una luz fría y vaporosa, 14 Globes estaban colocados sobre un estante. Estos globos, que representaban lámparas reales que el artista ha coleccionado por todo el mundo, estaban tallados en mármol blanco de Eslovenia.
Allí, de nuevo, el artista consideró ecuaciones contradictorias. En primer lugar, los utilitarios modelos originales se hicieron para que emitieran luz. Estos nuevos objetos sin aplicación simplemente la reflejaban. Emitían masa y, su inverso, la “idea” de luz, en un estilo aurático.
Además, el contraste de los materiales –de lo ideal y lo realizado– ponía en duda nuestra habilidad para discernir de una manera crítica. Una desconcertante sensación de valores de corolario vibraba entre lo que estaba presentado y lo que estaba representado.
La perfección se alineaba con la sencillez. La elegancia arquetípica de las formas, junto con su estilo industrial, generaba una sensación de resplandor, tranquilizante aunque falsa. Una lúgubre incorporeidad matizaba el adornado ambiente. En sus nuevas y muy metafóricas representaciones, los variables globos parecían urnas llenas de tiempo vacío y también reliquias con conocimiento alquímico.
En una forma más divertida, las luces del techo se reflejaban en el destello de los níveos globos como diminutos ojos. Cuando uno se movía por la sala, los puntitos lo seguían, dándole vida al mármol, y a cada escultura, una personalidad traviesa.
La tercera galería ofrecía una vertiginosa experiencia. Allí, tres esculturas de vidrio semirreflectivo proponían una interminable geometría de formas, sombras y espacios ilusorios
Manifestando una afinidad progresiva por los elementos arquitectónicos, Epirito Santo utilizó material de construcción de vidrio, que está hecho para edificios muy elevados, y, aunque es reflectivo, es semitransparente.
Gruesas láminas de vidrio angulado se recostaban contra las paredes, aseguradas por piezas complementarias que colindaban con ellas en el piso. El sugestivo acto de equilibrio daba fe del apasionado vínculo del artista con el material y el trabajo manual.
Actuando como espejos, las tres esculturas formaban una cadena de energía que cargaba la sala. Arregladas en un semicírculo como bases de un diamante de béisbol o las cruces en el Calvario, cada pieza se componía de dos planos que se encontraban. En la intersección aparecía el vidrio doblado.
Estas intersecciones hacían que un locus de imágenes refractarias y fragmentadas apareciera sobre las superficies de los planos de vidrio. Mirando hacia abajo una de las piezas para piso, el techo se convertía en el piso. Una profundidad indeterminada se abría a nuestros pies y nos producía intranquilidad.
Desde otro ángulo, uno parecía estar parado sobre la pared. El atravesar el salón mientras se concentraba en la propia imagen lateral causaba mareo. La desorientación y reorientación cuestionaban suposiciones sobre el equilibrio, la simetría, la dirección y el alcance.
Las blancas paredes vacías de la galería moderaban el ambiente de casa de la risa y agregaban capas de incisiva abstracción. El viejo techo de madera, sobreviviente de épocas pasadas, añadía a los reflejos una cálida vibración muy informal. Rincones y grietas hacían señas desde las vigas y uniones, maderos y tablones.
La luz que se filtraba por dos claraboyas idénticas era impredecible y en ocasiones teatral. El vidrio podía oscurecerse de repente a medida que las nubes tapaban el sol. Esta interminable textura aumentaba la miríada de miniaturas reflejadas.
Los extraños ángulos y formas del vidrio resonaban. Podía verse el borde inclinado de un ataúd o la aleta saliente de una gran criatura marina. El artista evocó sólido, líquido y gaseoso en el espacio en perspectiva.
Las tres esculturas eran recipientes. Podían llevarnos. También eran monumentos a nuestras efímeras transiciones. La búsqueda excepcional de Espirito Santo es descubrir la sustancia dentro de lo insustancial y revelar la profundidad en la superficie.
JEFFERY CYPHERS WRIGHT
