Duda es la primera exposición personal en Madrid del artista cubano Gustavo Acosta, quien ha devenido, en el tiempo, en maestro de la pintura y el dibujo con tal grado de sagacidad y lujuria en el manejo de ambos lenguaje, que resulta émulo para muchos y rabia solapada para otros. Su obra es todo un homenaje al buen hacer. Articula un discurso que funda sus bases en la elocuencia y el dominio soberano de la materia misma del arte. Todo parece resultar de un espejismo, de una fabulación concertada, de la locura, del accidente de la memoria que se asiste del fragmento delirante o de la erótica que persigue su objeto díscolo; pero no. El ejercicio de Acosta es casi un ejercicio de epistemología pictórica que reconoce la ductilidad del lenguaje tanto como su virtud de convertirse en desvío retórico y en narrativa. Cada pieza cuenta historias a modo de arqueología recapitulada.

Duda está compuesta por grandes lienzos impresionistas y dibujos que rivalizan con el dominio del espejo, probando así la capacidad simuladora del arte y su densidad tropológica. Las modulaciones del plan urbano, cada vez más abstractas al cabo de los años, presentan un código íntimo (promiscuo) que sirve para expresar los recuerdos, la nostalgia y las emociones inherentes en su obra, como ocurre con muchos artistas de su generación que una vez interpusieron el viaje como destino último de la vida: el aislamiento, la añoranza, la enajenación, el miedo, la esperanza y la fantasía. Delineados los espacios cuidadosamente para hacerlos totalmente creíbles –pero de alguna manera no son del todo correctos–, suponen un ejercicio de fabulación/disyunción, en aras de generar una ambigüedad a la que saca partida al nivel de la subjetividad del que mira. Los dibuja y los pinta con exactitud, de modo que, casi de una manera voyeurista, podemos observar desde lo alto las calles y los litorales, como si tuviéramos el poder como espectadores de manipular lo que está sucediendo, pero sin una participación intrusa que altere la quietud –casi literal– de cada escena. No vemos gente, existe una ausencia de personajes porque el espacio adquiere ese carácter de modo exponencial reemplazando la presencia humana. No tenemos ninguna pista de lugar, las pistas se deshacen al tiempo que se advierten a tenor de una mirada que juzga la superficie en busca de asideros e indicios donde colocar la huella primigenia. No estamos seguros si es de noche o de día, ni dónde estamos, pero existe la certeza de lugar, la sospecha en el fuero interno que anuncia lo conocido alguna vez. “¿Nos observamos a nosotros mismos, nuestras vidas y la historia de nuestra existencia? ¿Es éste el espejo que cuestionamos junto con el artista? Él devuelve la cuadrícula a la vida real a través de la pintura y transforma las proezas de ingeniería y arquitectura en el lienzo del artista. Luego imbuye la cuadrícula de anonimato, y con éste, una sensación de fascinación y pérdida”.
Esa sensación de pérdida tiene mucho que ver con Cuba, con el recuerdo y con la nostalgia por la tierra pérdida, la cual abandonó en 1991 para ir a México, luego a España y finalmente a Miami, donde reside en la actualidad. Puede que Cuba sea el lugar en sus mapas, sin precisar exactamente un discurso cartográfico abocado al accidente de lo perdido o a una recuperación que resulta ansiosa y frustrante al cabo. Incluso cuando representa otro sitio, como pueden ser ciudades en las que ha vivido y compartido experiencias vitales que marcan su acervo como ser humano, Cuba estaba allí en un principio, y es desde donde comenzó su travesía para explorar ciudades y mares, reales e imaginados, haciendo de la pintura un relato de aproximación y de locura, de éxtasis y de reconciliación con la memoria expandida por el viaje. Como muchos de sus contemporáneos, vuelve una y otra vez sobre Cuba para capturar y preservar su historia y su recuerdo, fijarlo en un tejido complejo que deja de ser axiológico para convertirse en estrictamente personal y humano. Al cabo de muchas imágenes, del paisaje y del mar, ha sido capaz de aventurarse a especular otros sitios, que ahora son importantes en su vida y que participan de ésta en el carnaval de un ensayo de recuerdos y de superposiciones. En estas obras suyas, reconocemos a La Habana y a Miami, así como fragmentos de otras localidades que bien podrían estar en cualquier parte o en ninguna. No perder de vista que su trabajo juega, disfruta con la construcción y la fabulación como recursos exponiendo sus propia lógica refundada en esa nueva escena o ciudad que marca un lugar en el mapa, real o imaginado. El ambiente urbano, con todo lo que tiene de simulacro, impostación, concertación de la pose y arbitraje de ideales infundados, se vuelve un teatro, un escenario potencial para cierto tipo de relaciones que ocurren y se desvelan ante nuestras miradas, sin compartir las intimidades que desearíamos conocer desde lo alto.
No sabemos qué ocurre detrás de estas escenas, qué historias o acertijos se tejen en el centro mismo de estas representaciones insinuantes y que galopan frente al ojo como lo hace el cine. Sin embargo, podemos intuir, presagiar algo, algo que está a punto de suceder o ya ha sucedido, algo que quizá nos toque de cerca, al tiempo que nos paraliza. Los interiores y los exteriores se fusionan en este complejo drama de la existencia en el que –de repente– podríamos ocupar el lugar de la marioneta sin apenas advertir que hemos sido objeto de una manipulación inteligente y audaz. Y es que de eso está hablando Duda. Su propio título ya anuncia el sentido primero y último de estas piezas.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
