Exposición Individualjun 2012 - ago 2012· Por Alessandra Simões

Bruno Vilela

Galería Laura Marsiaj

La producción más reciente del pintor pernambucano Bruno Vilela, la serie de pinturas y dibujos titulada Ouroborus, revela un vigor sin precedentes. Una parte de estas obras, que estuvo expuesta en la exposición homónima en la Galería Laura Marsiaj, en Río de Janeiro, ofrece a quien la disfruta una propuesta optimista: la fe en la pintura, la confianza en la figura humana, la certidumbre en la narrativa.

No es que estos asuntos sean un propósito de su poética. En ningún momento el artista confiesa eso. Y realmente éste no es un leitmotiv en su obra. Sin embargo, la fuerza de estos elementos presentes a lo largo de casi toda la producción de este joven artista, hoy con 35 años, hace surgir un sentido de esperanza en que el arte todavía pueda servir como ancla de significados en este melancólico mundo posmoderno, donde nuestro conocimiento está completamente mediatizado por la imagen digital.

Realmente, hacer un “meta-arte”, es decir un arte que se refiere a su propia tradición occidental, como hacen muchos pintores contemporáneos, no es un fin, en este caso. El diálogo de Vilela con la Historia del Arte no es un fin en sí, sino un resultado. Finalmente, en su obra está siempre presente el hilo que conduce a la narrativa: la figura de nuestra tradición clásica que la crisis intentó extinguir. Son personajes, paisajes, animales, barcos, entre otros elementos prosaicos, que, reelaborados en pinturas, dibujos, fotografías o instalaciones, se revisten de una poderosa energía simbólica y arquetípica.

Exposición Individual: Bruno Vilela — imagen 1
Bruno Vilela. Golpear la luz, 2011. Óleo sobre tela. 335 x 200 cm. (131 ¾ x 78 ¾ pulgadas).

Vilela afirma que su trabajo es “umbando-rauschenberbergiano”, al referirse a la asociación entre signos de Umbanda, religión afrobrasilera, y la influencia del artista pop estadounidense Robert Rauschenberg (1925-2008). Y esto realmente resulta pertinente al repasar sus primeros trabajos, de hace diez años, muchos realizados con la técnica del collage y cuyo resultado se aproxima a la sintaxis del pop en forma manifiesta. Luego, después de esta fase, el trabajo de Vilela se transforma completamente. Hay una depuración en las referencias, y en el ruidoso espacio de la vertiente rauschenbergiana ingresa la valoración del silencio.

La concentración en determinados puntos lleva su pintura a una madurez vigorosa. ¿Y cuáles son estos puntos? No es difícil citarlos porque están en total sintonía entre sí. Aparecen personajes diversos, que, no obstante, hablan la misma lengua. Entre ellos, hay figuras femeninas de cuentos de hadas. Caperucita Roja y Alicia aparecen no como simples referencias al repertorio pop y como crítica al consumismo cultural. Son figuras espectrales y ofrecen, sobre todo, instrucciones sobre cómo adentrarse en las regiones profundas de la psique femenina y masculina.

Es lo que acontece en la serie La sangre en el vestido de la princesa y del cazador, de 2010, hecha con pastel seco sobre papel, en gran formato. Las niñas nunca muestran sus rostros y parecen estar siempre buscando un sendero que las lleve a la naturaleza instintiva. En una serie anterior, de 2008, con fotografías, titulada Bibbdi Bobbdi Boo, la mirada de Caperucita escapa y encara al espectador, por el costado de su velo rojo. En otras imágenes, ella aparece asesinada, cubierta de sangre; el castigo por escapar del exceso de su domesticación. Figuras humanas, con rostros, pero sin trazos definidos, aparecen también en la serie El cielo del cielo (2009) y en Réquiem sobre papel (2006); en esta última sólo una parte de los cuerpos figura; los rostros nunca aparecen.

En la serie Ouroborus, que en griego significa serpiente que se muerde la propia cola y simboliza la eternidad, es posible en forma aún más precisa ver el rumbo de Vilela hacia una purificación de elementos. Divinidades, una vaca de luz (animal sagrado para los indios), elementos de la naturaleza confluyen en representaciones casi monocromáticas, en que un azul profundo y brillante recuerda el tono que Yves Klein (1928-1962) consideraba como divino. A pesar de este territorio purificado de excesos formales, Vilela domina el dibujo, y eso aún le confiere cierto tono de virtuosismo. En este sentido, es interesante hacer referencia a su formación. Abandonó la licenciatura para estudiar directamente en el taller con un maestro de anatomía y dibujo, el japonés Sunishi Yamada, que vivió en Recife durante algunos años.

Vilela está tan concentrado en su microcosmos que llega a entrar en trance cuando pinta, evocando en este estado “memorias de infancia, sensaciones extracorporales, sentimientos conservados de experiencias en la naturaleza”, como dice en sus propias palabras. Para él, el respeto por esta condición meditativa se tornó imprescindible para el acto de crear. Así, realiza un proceso semejante al que el filósofo Gaston Bachelard definió respecto al universo poético, en el cual las dimensiones de soñar y pensar confluyen en un movimiento pendular entre opuestos, como lo diurno y lo nocturno, la razón y el espíritu. Entendiendo el arte como celebración de las propias estaciones de su psique/alma, Vilela muestra que la comprensión de sí mismo quedará como legado para los que vendrán después.

ALESSANDRA SIMÕES

Bruno Vilela, por Alessandra Simões | artnexus