Algunas de las pinturas que definen la historia/realidades de Puerto Rico son las Damas a caballo, que representan la pequeña oligarquía de Puerto Rico (siglo XVIII), y El niño Avilés (1808) de José Campeche (1751-1809) (un niño sin brazos que presagiaría la situación política de Puerto Rico como colonia española y luego de Estados unidos desde 1898 hasta hoy). El pan nuestro (1905) de Ramón Frade (1875-1954), un campesino malnutrido que carga un racimo de plátanos verdes, que demuestra la enorme pobreza de la Menor de las Antillas; Goyita (1957) de Rafael Tufiño (1922-20l0), su madre, una mujer pobre pero fuerte y de valores éticos, luchadora y con ganas de futuro; el retrato de Luis Muñoz Marín (posado y pintado en los setenta) de Francisco Rodón (1934-), que muestra a “el Padre” del Estado Libre Asociado (o la colonia “legalizada” en 1952) al final de su vida, cansado, derrotado, frustrado, decepcionado; Transculturación (1975) de Carlos Irizarry (1938-), un magnífico diálogo con El pan nuestro de Frade, donde se ve al puertorriqueño desahuciado por el choque de culturas; Hay que soñar azul (Blue Eyes) (1986) de Arnarldo Roche Rabell (1956-), un autorretrato donde el pintor afropuertorriqueño se pinta mulato, su cara “llena de pinceladas que parecen espinas”, pero con los ojos azules, demostrando, entre otras cosas, su inteligentísima confusión racial, cultural, religiosa y sexual. No obstante, el cuadro iconográfico y más importante de las historia del arte puertorriqueño sigue siendo, sin lugar a dudas, El velorio de Francisco Oller y Cesteros (1833-1917), que se exhibe en el Museo de la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras; ya que, a diferencia de otras sociedades que tienen su gran épica –la Ilíada, La canción de Roldán, El Cid, Martín Fierro, La Araucana, etc.–, Puerto Rico no tiene, hasta ahora, su épica nacional. (Lo más cercano a una épica nacional serían la obra de teatro La carreta de René Marqués y, claro está, El velorio de Oller).

El velorio es una obra monumental (96 x l56,6 pulgadas), en la que se retrata el velorio de un recién nacido, una fiesta tradicional donde se lloraba pero se celebraba que esa familia tenía un angelito en el cielo. Era una excusa para la reunión de campesinos y otros grupos sociales. En el, Oller recoge las miradas y las actitudes de todos los que forman este complejo escenario: desde los padres hasta un viejo ex esclavo, cercano a la muerte, para quien la muerte tiene un significado más profundo. Es una muy bien orquestada actitud/acercamiento a la muerte y la pobreza de Puerto Rico: se habla, se bebe, se llora, se trata de ignorar la muerte, etc. Por esta riqueza, El velorio ha sido utilizado por varios artistas de importancia para crear una obra que rinda tributo y dialogue inteligentemente con lo que está ocurriendo. Las obras más importantes son los homenajes/diálogos del grabador José Alicea, Carmelo Sobrino, Elizam Escobar con (su) Velorio ante los Jueces de la Corte Suprema de Estados Unidos; Martorell en una serie de dibujos y medios mixtos que se presentan en el Museo de Arte de Puerto Rico, y, obviamente, la extraordinaria y provocadora instalación de Rafael Trelles, Visita al velorio (homenaje a Francisco Oller, 1991), parte de la colección permanente del MAPR; obra que entretiene a toda clase de público, ya que Trelles reemplaza muchos de los elementos del cuadro original con cosas contemporáneas: un televisor, latas de sodas, botellas de ron, “ventanas” a los bancos de Puerto Rico.
Antonio Martorell (1939-) –excelente dibujante, grabador, instalador de primera (para este crítico de arte, la mejor instalación que se ha hecho en Puerto Rico es La guagua aérea, de fines de los noventa), performero, pintor desigual y conciencia cultural de izquierda en Puerto Rico, dadas las terribles circunstancias de la criminalidad y desmoralización en su amado Puerto Rico– también ha querido homenajear y dialogar con El velorio de Oller.
La exposición El velorio ahora, como toda exposición de Martorell, está muy bien pensada, ejecutada y presentada, y, como siempre, es una experiencia política y existencial (el artista se la dedica al controvertible terrorista/patriota Filiberto Ojeda, quien murió a manos del FBI el día 23 de septiembre de 2005, día en el que se conmemora El Grito de Lares (Grito de Independencia de Puerto Rico).
Aunque hay excelentes obras que sí dialogan inteligentemente con El velorio de Oller, tales como El negro Pablo, el que por su vejez enfrenta la muerte de una manera muy distinta, y El angelito. No obstante, en esta exposición Martorell no sólo está haciendo un tributo y tratando de dialogar únicamente con Oller, sino con lo que hemos sufrido durante siglos, está dialogando con las muertes a través de la historia de Puerto Rico –políticas y de otra índole–, y específicamente, con los más de 1.000 muertos por asesinato que hubo en la isla en 2011 (El muerto parao). Presentes están “patriotas” desconocidos y el terror del pueblo puertorriqueño, El velorio en la ciudad.
Pero aún más interesante y revelador es que esta exposición es un diálogo con Martorell mismo: su trayectoria, sus recursos como grabador y dibujante, sus temas favoritos. Hasta los retratos que hace de Francisco Oller pueden ser interpretados como autorretratos. Como toda exposición de Martorell, ésta –donde han colaborado muchos artistas, aprendices y creyentes en la causa por un mejor Puerto Rico– es una experiencia válida y que nos hace pensar. La inteligente fragmentación de El velorio de Oller, con los elementos que incorpora Martorell, nos deja entender los velorios que sufrimos hoy.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
