En el medio de las cosas es una propuesta desde lo escultórico, donde Soledad Pinto (1978) recrea un registro particular de objetos cotidianos con estrategias de artificio que terminan por develar ciertos sentidos ocultos del mundo de lo “cósico”, no tanto en el sentido abstracto del término como de nuestra contemporaneidad. La artista cuenta con una década de trayectoria, pero unos años estudiando en Londres y sus exposiciones internacionales la hacen recién visible en Chile.
Una serie de antiguos instrumentos y artefactos del ámbito de la industria, de lo doméstico, de la ciencia y las telecomunicaciones, ocupan el espacio en una instalación que es posible recorrer como si de un gran taller se tratara. Son “cosas” en desuso, depositadas aparentemente al azar con óptica dadaísta. Así, podemos encontrar una polea suspendida junto a una especie de radiador sobre un trípode de metal, un ventilador, una caja fuerte, un radiotransmisor, un bidón de combustible, una zapatilla de casa, una escopeta de juguete en el borde de una silla de madera, persianas colgando del muro y otras en el suelo, al lado una plancha, y más allá una escalera con un libro abierto sobre un peldaño, donde sólo se lee una cita de William Faulkner: “¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?”, referida por el escritor Roberto Bolaño en su obra Estrella distante (1996).

En esta panorámica de objetos abandonados, la artista combina piezas reales con otras construidas de tal modo que, con vista incauta, no percibiríamos el engaño. Se trata de volúmenes a escala real hechos con papeles impresos “serigrafías e impresiones láser a todo color” a través de dobleces, pliegues y ensamblajes tipo Pop Up. Están toda la complejidad y riqueza visual de las formas, pero las propiedades materiales “la pintura descascarada, las manchas del plástico, los óxidos y el brillo opaco del metal” han sido sustituidas por registros de alta calidad, por fotografías que se resisten a la pérdida. En la recuperación de los objetos, recurre a la reproductibilidad técnica; también a un proceso manual que reviste a las cosas de un cierto aura que va más allá de la expresividad nostálgica de lo antiguo y desechado. En tensión frente a lo tecnológico, la artista rematerializa la experiencia del objeto y la vuelve sumamente frágil. Logra una fisicidad reducida a pura superficie y vacío; a la posibilidad de deconstruir, de desdoblar o amuñar el papel, y terminar por anular el cuerpo.
Sobre objetos descontextualizados y recontextualizados con perplejidad, Soledad Pinto invita a mirar dos, tres o más veces, si fuera necesario. Hay múltiples capas de lectura que apuntan a una zona resbaladiza.
En el sentido heideggeriano, una “cosa” está conformada de materia y forma, donde lo "cósico" radica en su materialidad. Siguiendo la lógica del filósofo alemán, en la muestra habría entonces objetos útiles y obras de arte. Los objetos han caducado, y en las piezas escultóricas la posibilidad de desaparecer es inminente. Sobresale la materialidad, y esta es engañosa; presa del tiempo, imita o se hace pasar por el objeto como una cáscara sin contenido. Entre uno y otro papel pegado o plegado creemos ver objetos. La pieza de arte nos hace mirar en los intersticios, en las fisuras de forma y materia, permitiendo descubrir cómo lo “cósico”, en el fondo, se desvanece. Desde los ámbitos de donde extrae estas piezas, Soledad Pinto nos sitúa en el contexto de consumo contemporáneo. Aquí la materialidad es más susceptible que nunca de caducar y desaparecer. La obsolescencia del objeto tecnológico la vuelve más bien presencia o huella. Como dice un texto de la exposición: “Los objetos son siempre quasiobjetos, materia vibrante o fuerzas con trayectorias que atraviesan la experiencia de lo humano”.
Las operaciones de la artista son de imitación, de ocultamiento y desocultamiento, procurando revelar qué hay en el medio de las cosas, ya que, suponemos, es algo más que nuestro paso en el mundo. En el thriller La cosa, de John Carpenter (1982), “la cosa” es algo que se oculta bajo una estrategia de camuflaje: un extraterrestre que, para atacar a unos exploradores en el Polo Sur, adopta forma humana. Surge entonces la duda constante, la desconfianza entre los miembros del grupo sobre quién es realmente el que está a su lado.
Volvemos ahora al libro olvidado en un escalón en la galería y que, suponemos, es de Bolaño. De ser así, la historia oculta también nos remite a una operación de encubrimiento: trata de un torturador que vive bajo la figura de un poeta, mitificado y desaparecido, una especie de encarnación del mal que le permite al autor referirse a la poesía ausente y a la dictadura en Chile, y donde lo “cósico” entraría en el terreno de la naturaleza perversa del ser humano. Todavía en suspenso queda la pregunta: “¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?”.
CAROLINA LARA B.
