En el Museo Amparo de Puebla se exhibe una colectiva cuyo hilo conductor se determina gracias a una museografía elocuente y limpia que facilita el discurso de las curadoras Angelie Scherf y Ángeles Alonso Espinosa. De fondo se respira la consabida pluralidad en este tipo de muestras, aunque subyace algo muy familiar y reconfortante: reconocer que la vida cotidiana está en el arte. Es satisfactorio ver piezas cuyo concepto es intrínseco a la representación, cuya factura y tratamientos están bien ejecutados y cuya coherencia es palpable a lo largo del recorrido museístico.
En la exposición se entretejen diversas micronarrativas que conforman nuestro diario vivir con historia(s), denuncia y humor. Además, se puede tener acceso a la muestra desde una doble perspectiva: de lo global, o general, hacia lo particular, casi íntimo, y viceversa. Resisting the Present, como título de la muestra, encarna una doble posibilidad de lectura: resistir como soportar; resistir como contrarrestar. Y en los diferentes ejemplos presentados (tanto en los amplios y ajardinados exteriores del ex-Hospital San Juan de Letrán de 1538 como en las salas blancas) se respira esta misma dualidad: se irrumpe en la tradición, sin exterminarla, como es el caso del códice reescrito por Mariana Castillo Deball (Ciudad de México, 1981). El dónde estoy va desapareciendo, de 2011, es una instalación que incluye una vitrina que se extiende por varios metros y que contiene las hojas desplegadas de un códice de tradición netamente precolombina, aunque con acercamientos a símbolos, ideogramas y estructuras pictográficas de muchas y muy diversas culturas tanto occidentales como orientales, antiguas o clásicas, con o sin perspectiva, en tinta negra y en acordeón, explayándose para que se muestre casi en su totalidad. La artista insiste en querer encontrar los orígenes en otra instalación que, aunque mucho menos atractiva visualmente que el códice, contiene una belleza sublimada: hojas blancas couché tamaño carta muestran los dobleces que formarían una antigua máscara con tradición extinta, pues la cultura fue colonizada, abatida o cooptada, en Visage Faux, de 2008.

Por otro lado, y en este mismo sentido de “doble lectura”, Jorge Méndez-Blake (Guadalajara, México, 1974) construye en Das Kapital, de 2009, o más bien, apila tabiques (pues no tienen aglutinante que los una), para formar un muro que mide cerca de 170 cm de alto por seis m de largo, y en cuya esquina inferior última se encuentra, como un posible sostén, una copia en alemán de El capital de Marx.
Cerca del muro, llama la atención una mesa redonda parcialmente partida en su tangente para embonar con una casa de pájaros. Encima de la casa, una columna de libros de exposiciones de “arte mexicano contemporáneo” de las dos últimas décadas, bajo una jaula pequeña y vacía, como un homenaje o una sátira y con mucho significado en el título: Epílogo, de 2011. Aprisionado entre la madera de la mesa y el muro, un boleto de entrada al museo, que iba yo a retirar pensando que era basura, cuando se me dijo amablemente que era parte de la obra. Oh. Se trata de la instalación de Jonathan Hernández (Ciudad de México, 1972).


Increíblemente, los dibujos originales de las Fábulas pánicas (1960-70) de Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, Chile, 1929) acompañan una proyección que el mismo chileno hiciese, pero cuarenta años después: frases, aforismos, reflexiones y catarsis de un artista maduro que convive con su herencia: los dibujos en serigrafía sobre papel de Bayrol Jiménez (Oaxaca, México, 1984), y enmarcadas en el muro con un grafiti in situ en técnica mixta. Tanto los pósters como el mural condensan el universo visual de una cultura pop contemporánea. Jorge Satorre (Ciudad de México, 1979) y Érick Beltrán (Ciudad de México, 1974) presentan un detallado complejo dedicado a Fantomas, la amenaza elegante. Tanto en el primer caso como en éste, se ofrecen “trozos” de las piezas como souvenirs –de hecho, la pieza de Jiménez se titula Recuerditos, de 2011–, más que como un gesto relacional, aunque con una interacción bien lograda.

En esta misma línea dual, Marcela Armas (Durango, México, 1976) sorprende con I-Machinarius, de 2008, y que consiste en un mapa de México al revés, delineado por cadenas en movimiento que chorrean petróleo por el muro y hasta el piso del museo, que aloja un charco aceitoso cada vez mayor y que genera más tristeza al hacer la analogía que todo el petróleo mexicano se va para quedarse en Estados Unidos, igual que sus mejores personas. Desangrante la pieza, pues es visualmente fuerte, fea, dura, “macha”, y en el fondo es frágil, endeble, lenta. No obstante el golpe repentino, descansamos con la pléyade de imágenes que nos regala Diego Berruecos (Ciudad de México, 1979): el expresidente de México, López Portillo, en su mejor momento; registro increíble por lo que significan su localización y su ubicación para La solución la tenemos todos, de la serie PRI: genealogía de un partido, de 2011. Es decir, ¿cómo logró el artista reunir esas imágenes y acomodarlas para generar un ambiente festivo, optimista, de un México que nunca fue? (Como paréntesis, la exposición se muestra simultáneamente con las precampañas políticas en México). Y frente a su muro “portillista glorioso”, Berruecos tiene una gélida mirada para retratar unas remosadísimas Lomas Taurinas en 2008, lugar en donde le dispararon en la cabeza al priísta Luis Donaldo Colosio, en plena campaña presidencial, hace 18 años.

Otra pieza sorprendente: la instalación (literal) de Héctor Zamora (Ciudad de México, 1974) de banderas en una playa de Nueva Zelanda, y la implicación de los maoríes como apoyo a su derecho de tradición en White Noise (con videos y banderas). La instalación se traslada a la sala angosta y oscura del museo, en donde adquiere mayor solemnidad, exuda respeto y casi veneración, hasta el momento en que se atraviesa junto a ella y se descubre que la sensación de libertad que se respira en el video de las banderas ondeando en la costa está definitivamente ausente de aquellas mantas inertes que cuelgan impotentes en sus mástiles de madera y que se exhiben sencillamente como Sin título, instalación in situ de 2012.
Gonzalo Lebrija (Guadalajara, México, 1972) nos arrebata la certidumbre de creer conocerlo todo en Lamento de 2007: su “hombre reflexivo” de pulcra porcelana y que se lamenta sobre su brazo, con una luz indirecta, iluminándolo –paradójicamente– en los lugares (in)correctos, proyectando una sombra siniestra sobre el muro “de las lamentaciones”, cuestión que nos imprime un nuevo tipo de tristeza. Un sentimiento casi tierno al ver la figurilla de menos de 50 cm de altura que es capaz de hacernos sentir absolutamente míseros, junto a su “big brother” de la Colección Jumex que es de vidrio, mide 175 cm de altura y se titula Big Lamento, de 2008.

Juan Pablo Macías (Puebla, México, 1974) se vale de los medios electrónicos para conseguir textos “inconseguibles” sobre la anarquía; los descarga, imprime y encuaderna en tapas duras forradas de lijas negras de punto áspero. Los 200 libros pueden ser leídos y devueltos a los estantes en el muro para no dejar incompleta la Biblioteca de anarquismo y anarquistas, de 2009-2010.
En los muros exteriores de los pasillos cercados por arcadas, en torno al típico jardín con fuente central del siglo XVI, se presenta la obra del trío regiomontano Tercerunquinto (colectivo formado en 1996 en Monterrey, México): un falso muro integrado perfectamente al original presenta “cañonazos” que deletran USD $50,000…; dinero para artistas, frente a los millones para la guerra, y la confesión/advertencia que destila su título, No hay artista joven que resista un cañonazo de 50,000 dólares, de 2011. Y en un patio adjunto, Capital suspendido, de 2011, la megainstalación de Arturo Hernández Alcázar (Ciudad de México, 1978), conformada por piezas de muebles, utensilios, juguetes, y un grande etcétera, que se perdieron en la explosión de San Martín Texmelucan, por una fuga de gas en los ductos de Pemex (Petróleos Mexicanos), y que dejó más de una decena de muertos, además de automóviles, camionetas, casas y árboles calcinados, en diciembre de 2010. Los objetos fueron encontrados en basureros, y, aún no quemados en su totalidad, Hernández los pinta de negro y cuelga de una telaraña gigante que se expande desde la azotea del edificio y configura una enorme nube que “techa” el segundo patio del complejo arquitectónico, y que contrasta con el cielo poblano casi tan azul como el del DF. Cada objeto contiene una historia particular que se ha extinguido en la vastedad de nuestro mundo. Perdura el sentimiento de una pérdida generalizada, sin poder conocer las intrínsecas realidades de cada balón, escalera, silla, puerta, viga, tablón, caja, mesa, o lo que sea, que se une a la totalidad de la “nube de la tragedia” negra, toda negra y en silencio.
La exposición irá del Museo Amparo de Puebla al Musée d’Art Moderne de la Ville de París.
LUZ SEPÚLVEDA

