A modo de frontis, una singular vitrina recibía al espectador en la reciente exposición de René Francisco Rodríguez en el Museo Nacional de Bellas Artes. Bajo el arco que tendía el mueble (re)creado, una multitud de hombrecillos conformaba la frase “Beban de mi copa pequeños”. El artista convirtió de esa manera la presentación de su muestra Viejo verde, como ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas 2010, en sugerente convite a trasponer, desde lo público, un sitio donde el erotismo perfilaba lo privado. En este nuevo acercamiento a la temática se daban cita además otros asuntos, delineados a partir de esa amalgama que constituye cada pieza, donde conviven diferentes recursos simbólicos junto a elementos que han venido caracterizando su discurso por más de una década.
En la unidad conceptual propuesta, una figura añosa cuya masculinidad revivía el erotismo luchaba por su virilidad, concentrada en la erección de su falo y el gozo de los estímulos que lo llevaban a ella. Se aludía también a un momento de la vida –una época– que frecuentan obsesiones y manías; un tiempo en que se batalla por atesorar el pasado, teniéndolo como asidero. El “diseño” de este proyecto, resultado del impulso introspectivo del artista y de su experiencia vital, está conectado con la ruta de trabajo que René Francisco Rodríguez definió en 1998, en relación con los planteos de Tubosutra1(alegoría sexual construida a partir del reciclaje de tubos de dentífricos y medicamentos) y de La subasta –pieza inicial de sus pinturas pantalla–, presentada aquel año en el II Salón de Arte Cubano Contemporáneo, y a propósito de lo cual declaró entonces: “La deconstrucción de códigos, símbolos y paradigmas de distinta naturaleza –mediante el manejo de estereotipos sexuales, eróticos– se dirige a la revelación de zonas problemáticas vinculadas no sólo al mercado del arte y sus mecanismos de “perversión” comercial, sino a ciertos aspectos críticos, negativos, polémicos, presentes en el propio comportamiento del hombre en la sociedad contemporánea”2.

La exposición, abierta al público con una performance donde hombres mayores piropeaban a las mujeres jóvenes, tuvo como centro una pintura de gran formato en la cual una especie de fauno seducía a una chica. Dicha pintura hizo notable el hecho de que el color verde, contrariamente a sus más comunes significados, fijaba allí obscenidad y concupiscencia. La historia del arte fue en la pieza, así como en el resto de la exposición, sostén del lirismo y el aura antigua y familiar, que la excelencia del trabajo con la madera completaba, sellando la sensualidad de lo que un día fue novedad y es en la actualidad añejo y tenido como referente.
En aquel ámbito de apariencia neoclásica, caracterizado por la maestría en la ejecución de las obras, se integraban sin disonancias modos de expresión diversos (dibujos, pinturas, artefactos, instalaciones, videoproyecciones). El lienzo que reproducía un momento de la Segunda Guerra Mundial, cuando varios militares suben a un camión una pintura, se completaba con la proyección de fotografías en las que un grupo muchachas con uniforme verde olivo recreaban la acción bajo el título No más soldados. En otra dirección, su escritorio de cristal resultó un grabado erótico japonés, y sobre él un iPad reproducía una interminable secuencia de igual perfil y procedencia diversa. El gavetero se convirtió en una narración contextual lograda a partir de viñetas escultóricas, mientras que un enorme metrónomo integraba su autorretrato a la estructura en madera del instrumento, convirtiendo el péndulo en falo y atributo de poder.
Una parte de las piezas fueron una suerte de mobiliario que definía el ambiente de la exposición. Su teatralidad destacaba el escarceo lúdico entre pasado y presente, al mezclar de forma simbiótica elementos frecuentes en su discurso con la recreación de lenguajes históricamente consagrados que le interesaban, sobresalían: su puntillismo, los tubos convertidos en personajes sexuados o símbolo fálico, y la masa, con sus hombrecillos diminutos, esta vez conformando ventanas (semejantes al sistema Captcha) de piropos picantes.
La aguda ironía que de manera continua ha recorrido las exploraciones de René Francisco Rodríguez en torno a las relaciones individuo/sociedad, arte/vida, arte/política, convirtió también a Viejo verde en jugosa interrelación de referencias y sentidos. Con la historia en que ello se inscribe y su afeite corporal, amén de lo sensitivo, iba también la libertad.
NOTAS
1. Tubosutra –fusión paródica de los vocablos tubo y kamasutra– fue el título de la exposición conformada por esculturas de pequeño formato realizadas a partir de tubos de pasta dental reciclados (también instalaciones, dibujos y pinturas), presentada en Cuba en galería Habana, en 1999, y en 2001, en el Museo Goch, en Alemania.
2. René Francisco Rodríguez, en catálogo II Salón de Arte Cubano Contemporáneo. Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. La Habana, Cuba/ Alezio-Lecce, Italia, 1998, p. 106.
CLARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
