Exposición Individualmar 2012 - may 2012· Por Christine Frèrot

Rafael Lozano-Hemmer

La Gaîté Lyrique

Presentada por una asociación franco-mexicana que trabaja para la difusión del la cultura y el arte mexicanos en Francia (Inc. France-Mexique), Trackers es la primera exposición monográfica en este país del mexicano-canadiense Rafael Lozano-Hemmer (México, 1967). En cuanto a La Gaîté Lyrique, antiguo teatro de finales del siglo XIX consagrado a la opereta (Offenbach fue uno de sus directores), comprado, renovado y transformado por la Ciudad de París, fue reabierto en marzo de 2011, después de una larga agonía de casi cuarenta años, para convertirse en el último “templo” de las artes digitales y músicas actuales (centro de documentación, sala de concierto y magnífico “bar de artistas” restaurado). Es apenas hoy que el público francés puede descubrir el trabajo que Lozano-Hemmer viene desarrollando, desde hace más de veinte años, en torno a las artes electrónicas, a pequeña y gran escala. Con exposiciones e intervenciones en todo el mundo –por ejemplo, representó a México en la Bienal de Venecia en 2007–, los numerosos textos de críticos de arte sobre su obra y sus propios escritos, ya era hora de que este artista de gran celebridad fuera finalmente expuesto en París, cuna del arte cinético en los años sesenta.

Exposición Individual: Rafael Lozano-Hemmer — imagen 1
Rafael Lozano Hemmer. Frecuencia y volumen, 2011. Fotografía. © Maxime Dufour.

La muestra, que ocupa la totalidad del espacio de exposición en dos pisos, reúne trece obras realizadas en el curso de los veinte últimos años. Con la utilización de cámaras en directo, para captar la presencia y el comportamiento del público, Trackers (rastreadores) plantea, en tiempo real, una interacción directa, efímera y eficiente que permite ampliar la variedad de públicos para este, su primer contacto con la capital. Lo que le interesa desde hace años –comenzó a trabajar con sistemas de reconocimiento informático (tracking) en 1991– es, ante todo, la devoradora y alienante imposición de los avatares de Big Brother en la sociedad contemporánea. Desde los sistemas de videovigilancia que abundan en las calles, museos, grandes almacenes o transportes públicos, etc., hasta las emisiones de realities televisivos en espacio cerrado, pasando por los teléfonos celulares con cámara, webcams y demás plataformas electrónicas, el acecho es constante y lo privado se convierte en público. Una especie de puesta entre paréntesis de la identidad y/o de la personalidad humana se efectúa insidiosamente con el pretexto de la fluidez y democratización de los diálogos y comunicaciones. No hay que olvidar que los sistemas de detección de movimiento se perfeccionaron para llevar a cabo las últimas guerras tecnológicas, cuyo primer eslabón fue la guerra del Golfo.

Apenas entramos en la exposición, un ojo enorme nos mira fijamente (Surface tension, 1992, pantallas de doble cara). Ya estamos advertidos: nada podrá escapárseles a quienes nos observan. Cuando nos acercamos y luego nos desplazamos delante de él, este ojo nos sigue y quedamos “prisioneros” de su mirada dominante. En las videoesculturas del norteamericano Tony Oursler, los “ojos-cuerpos” inquisidores interrogaban ya nuestra conciencia.

En el primer piso, apreciamos una mezcla de breves irrupciones sonoras que se combinan, se superponen, se cortan y desaparecen para renacer de inmediato. Frequency and volume (2003) ocupa una inmensa pared donde se proyectan las sombras de los visitantes y las frecuencias de radio captadas a través de su desplazamiento. La obra, creada en el momento en que el Gobierno mexicano clausuraba las radios piratas de las comunidades autóctonas, interroga ese espacio público invisible, acaso más político que comercial, que consiste en la atribución de una frecuencia de onda. En una sala cerrada, el visitante, dentro de una persecución contraria a la realidad y, por lo tanto, absurda aunque lúdica, busca “inscribirse” en los círculos de luz blanca proyectados en el suelo, los cuales, de hecho, están programados para evitarlo (Apostasis, 2008). The year’s midnight (2011), que toma su título de un poema de John Donne, juega con el reflejo. Los ojos del observador aparecen en un falso espejo y se esfuman de pronto, creando una imagen angustiosa y lúdica a la vez, que tiene como fuente las representaciones tradicionales de santa Lucía. Por último, Make out (2009) se proyecta sobre otra de las grandes paredes. Constituida por 2.400 videos provenientes de internet, la proyección pone en escena parejas de hombres y mujeres besándose y famosas escenas de besos del cine. Estas imágenes reaccionan con el desplazamiento del público ante la pantalla.

Frente a las imágenes, el trabajo sobre el texto y las palabras ocupa un lugar importante en la exposición. Third person (2006) es una pantalla interactiva que transforma la sombra de cada visitante en palabras que desfilan, una de las cuales domina la pantalla en forma aleatoria. Con la instalación Reference flow (2009), paneles luminosos con la palabra EXIT, y la flecha que indica la dirección, giran siempre hacia la izquierda de la persona que pasa, sea cual sea su trayectoria, creando así una confusión más mental que visual.

Dentro del manejo particular que opera sobre los sistemas de vigilancia y las imposiciones urbanas, el arte de Rafael Lozano-Hemmer nos invita, divirtiéndonos más que atemorizándonos, incitándonos más que amenazándonos, a tomar conciencia de este entorno inquisidor que nos sumerge, y a sopesar y tratar de comprender lo que conlleva toda esta escalada tecnológica que, en la mayoría de los casos, nos supera.

CHRISTINE FRÈROT

Rafael Lozano-Hemmer, por Christine Frèrot | artnexus