Meyer Vaisman (Caracas, 1960), artista venezolano de origen rumano-ucraniano con una importante trayectoria expositiva de más de 30 años, exhibe esta temporada su más reciente cuerpo de trabajo, Superflat Donkeys and Zoom, siendo ésta su primera muestra individual en Estados Unidos desde 2001.
No resulta fácil resumir en pocas líneas la vasta carrera de Meyer Vaisman. Creció en Venezuela y luego se trasladó a Nueva York, donde estudió Diseño y Bellas Artes. Allí se formó como artista, y, además de una prolífica carrera expositiva, fue cofundador de la galería International with Monument en 1984, junto a Elizabeth Koury y Ealan Wingate. Se le vinculó con los neoconceptualistas de mediados de los ochenta y con un grupo llamado Neo-Geo, conformado también por Ashley Bickerton, Peter Halley y Jeff Koons, en esa época conocidos como los “Hot Four”, que cuestionaban –a partir de estrategias visuales muy diferentes– el mito de la originalidad en la obra, la desmesurada comercialización del arte, e incorporaban objetos cotidianos y procesos no convencionales o masivos en la producción de la obra, y, en muchos casos, abordaban temas de contenido político y crítica social.

La muestra Superflat Donkeys and Zooms está conformada por siete obras bidimensionales realizadas en tableros de madera laminada pintados con tintas de impresoras industriales que combinan tanto elementos fotográficos como pictóricos, a modo de ensamblajes visuales. La serie parte de dos fotografías de un conjunto de burros manipuladas digitalmente e intervenidas con pinturas. Las intervenciones pictóricas consisten en el bloqueo con formas geométricas de los ojos, las patas y las orejas. Además, algunos ojos han sido exageradamente magnificados y ovalados a la manera de los cómics japoneses, emulando justamente al óvalo que tanto usó Vaisman en sus primeras obras.
Vaisman ejecuta piezas que parten de la obra matriz de la que sustrae los fragmentos geométricos, y con estos elementos seleccionados construye otras nuevas. Parece como si el artista entablase una conversación privada con la historia del arte, a través de la abstracción reductiva que hace de la figuración inicial. ¿Qué vemos cuando observamos una obra? ¿En qué nos detenemos a mirar? ¿Qué retenemos de esa mirada? Son obras que reflexionan sobre el acto físico de mirar y las intersecciones de la mirada, que hablan también sobre el desplazamiento creado por el efecto del zoom que nos acerca a los elementos que componen una obra. Con ello, Vaisman logra el salto de la figuración a la abstracción y sugiere la asociación de imágenes contiguas por parte del espectador. Lo que importa en este caso es el proceso del artista, de la configuración de un cuerpo de trabajo que, sin pretensiones, presenta esa relación singular del artista con su obra. El paralelismo que existe entre el proceso de concepción y ejecución de la obra con el de la percepción del espectador dentro de la sala es, en este caso, similar: una relación ciertamente oscilante. Vaisman deconstruye el palimpsesto de imágenes y las depura en forma de grandes geometrías. Así, del ojo del burro ovalado surge un gran cuadro con un óvalo que nos recuerda sus primeras pinturas; del cuadrado que censura la mirada de otro burro –como cuando tachan el rostro de los niños en las revistas para proteger sus identidades– surge un gran cuadrado naranja a la manera de Rothko, y así sucesivamente, con la intención de des-hacer el collage de la imagen original. En casi todo el cuerpo de trabajo de Vaisman encontramos que existe un diálogo entre realidad y representación, entre lo industrial y lo manual, lo artificial y lo verdadero.
A través de la impecable articulación de las imágenes que utiliza, su obra en general tiene que ver con el simulacro y con la manera como reemplazamos la realidad con la construcción de nuestras propias realidades particulares. En algún momento Vaisman comentó que detestaba el mundo del cómic y las historietas animadas, pero es justamente ese elemento sincrético del cómic el que ha empleado como estrategia o comentario satírico a través de los años. Esto se aprecia tanto en su trabajo pictórico como en los gobelinos de caricaturas, las monedas con retratados, y ahora con los burros intervenidos. Por otra parte, son varios los cuerpos de trabajo en los que Vaisman utiliza animales a lo largo de su carrera; recordamos el corral con gallinas vivas que presentó en la II Bienal de Guayana, en 1991; las pinturas en las que dibujaba a modo de caricaturas las cabezas-trofeo de animales de cacería, o la serie de los pavos taxidérmicos vestidos con pelucas de los comienzos de los noventa, así como las posteriores esculturas de los esqueletos de pavos. Al igual que los pavos o las gallinas, los burros son considerados por la mayoría como animales que se supone son poco inteligentes, sosos, o si se permite, “menores”, en el gran esquema del mundo animal. En este caso particular, los burros son además conocidos por ser testarudos, a la vez que sumisos trabajadores. ¿Estará el artista haciendo un comentario acerca del potencial y a la vez de las limitaciones del problema del rol del artista contemporáneo? En todo caso, con Superflat Donkeys and Zoom, Vaisman pareciera intentar conversar desde varios lugares: el de la obra (y de la historia del arte) que se desdobla para reconstruirse de nuevo, el del artista cuya obra es espejo de la realidad que percibe, el del espectador que se ve reflejado, y el de la sociedad que se ríe de sí misma.
AMALIA CAPUTO
