Conozco y he estudiado la obra del artista Melvin Martínez (San Juan, 1976) desde que se estableció en 2004 como uno de los pintores abstractos jóvenes más prometedores de Puerto Rico. Sus lienzos de gran y mediano formato exponían una efectiva combinación de originales libertades, un lirismo apasionado y unas muy bien pensadas armonías. Su obra gustó y los más educados coleccionistas locales apostaron por ella. En su exposición a principios del año 2005 en la Galería Viota, junto a sus cuadros donde presentaba interesantes experimentos dentro de discurso tradicional, expuso una pequeña pintura en rojos donde había hecho un corte/cicatriz y había puesto detrás de la perforación un tipo de tejido brillante, también en rojo. A mí me encantó la obra y se la compré por un precio muy razonable. Esta obrita sería el eslabón que eventualmente llevaría a Martínez a comenzar a pintar sus extraordinarios y controversiales cuadros: dramáticas composiciones hechas con escarcha (brillos, glitter) sobre pintura y resinas, composiciones que dialogan con muchos de los protagonistas del New York School, específicamente Jackson Pollock y los maestros del dripping; composiciones llenas de luces, ritmos y profundidades, composiciones donde los colores y las texturas se complementan creando sensaciones visuales únicas.
El nuevo discurso estético de Martínez –discurso que pudiera definirse como una inteligente y embriagante fusión de arte kitsch y Postmo-POP– lo separó de todos los pintores abstractos de su generación y de las otras tres promociones que le anteceden en Puerto Rico. Lo que estaba haciendo era atrevido, innovador, distinto. No obstante, su cambio de fortuna no vino hasta que, a fines del mismo 2005, Martínez ganó el Primer Premio del prestigioso Certamen de Pintura de Castellón, en España (un premio de 60.000 euros). Todo comienza a cambiar en su vida y el artista es invitado en 2006 a participar en ARCO (España), CIRCA (San Juan), y en la exposición Kitsch Utopia, en Düsseldorf (Alemania). Luego expuso en Art Bassel (Miami) y en varias capitales europeas.

Después de digerir y aceptar su éxito, Martínez continúa experimentando en sus obras mediante atrevidas combinaciones de colores y decide incorporar distintos materiales para crear nuevas texturas y juegos visuales. Hace obras verdaderamente asombrosas tanto por su tamaño como por sus energías. También experimenta con la tridimensionalidad, exhibiendo enormes y apetitosas tartas de cumpleaños. En Puerto Rico y fuera de la isla el nombre de Melvin Martínez, ya representado por Yvon Lambert en Francia, se ponía junto al de artistas de la talla de Allora & Calzadilla, Arnaldo Roche Rabell y Rafael Ferrer. Entonces llegó la crisis económica mundial, y la venta de sus obras, como la de todos los artistas locales –establecidos o emergentes–, se vio afectada. Y es entonces que surge el proyecto de El material, que reseñamos en esta edición de ArtNexus.
Desafortunadamente, la isla de Puerto Rico se ha convertido en uno de los puentes (en este caso, por vía aérea) más importantes en el tráfico de drogas desde América Latina hacia los Estados Unidos: sólo lo superan Colombia y México. Los narcodólares son parte integral de la economía del país y el consumo de drogas –marihuana, cocaína y heroína– y las guerras entre los capos por la defensa de sus “puntos” de drogas dejan chiquito el Chicago de Al Capone.
Como una crítica a esta triste realidad, y para llegar a un público que no puede comprar los lienzos de Martínez, el artista y el agente cultural y galerista Alexis Figueroa desarrollaron el concepto de vender la escarcha/brillo/glitter que usa en sus obras como si fueran drogas: sacos/bags de marihuana, de cocaína y de heroína, kilos de marihuana, cocaína y heroína, pequeños espejos con “líneas” de cocaína.
Según Martínez, esta propuesta también nos muestra el mundo del arte “como una adicción”. Cree que hasta cierto punto para los coleccionistas las obras de arte que compran, aunque no tengan dónde ponerlas, es su droga. “Por lo tanto”, nos dice el artista, “decidí usar el bajo mundo y el ciclo del tráfico y venta de drogas como referencia y convertir la escarcha –en este caso, tres colores, los de la marihuana, cocaína y heroína– que uso en mis obras como la droga/‘el material’ que se compra en la calle: el arte como droga, mi imitación de la droga como arte”.
El proyecto ha sido todo un éxito, ya que, como en el mundo de las drogas, puedes comprar “el material” en “el punto” de drogas o te las pueden llevar a tu casa o tu trabajo. Las bolsitas/bags de escarcha/brillo/glitter se venden individualmente o el que las compra puede construir su propia obra: repeticiones enmarcadas o simplemente puestas sobre una mesa o en un pote/envase, como decía la célebre canción de Simon and Garfunkel, Mrs. Robinson.
MANUEL ÁLVARES LEZAMA
