Comienzo este paneo crítico sobre el Encuentro Internacional de Medellín MDE11: Enseñar y aprender, lugares de conocimiento en el arte citando al artista colombiano Adolfo Bernal –q.e.p.d.– y al título de su última obra de arte público, Caballos de hierro: no lugar, a lugar (2007) coincidencialmente enmarcada en el evento precursor de éste, el MDE07.
Y lo evoco desde la nostalgia y desde la pertinencia: la nostalgia de no contar con su presencia lúcida y la pertinencia para el arte latinoamericano de un artista pedagogo, guía; destello para las nuevas generaciones que buscan desconcertadas sus señales. No en vano, fue el conjunto de la obra de Bernal la que indujo a José Roca en 2005 –ante la invitación formulada por el Museo de Antioquia para convocar un evento de gran aliento en el contexto de las artes visuales contemporáneas–, para así definir el concepto rector del Encuentro, bajo la sigla MDE1, con la que se ubica y refiere a Medellín en el mapa internacional como un lugar de destino o procedencia.
Arropado bajo el concepto de la hospitalidad en sus múltiples acepciones, el Encuentro de 2007 cumplió su cometido. El evento de larga duración –6 meses– y baja intensidad, diseminado en el tiempo y en diversos lugares de la ciudad con el Museo de Antioquia y la Casa del Encuentro como ejes de exhibición, permitió poner de nuevo a Medellín en el circuito internacional del arte y propiciar reflexiones importantes sobre las contradictorias realidades urbanas, tanto locales como globales, a las que se ven enfrentados los ciudadanos en sus formas de convivencia, cohabitación y aceptación del otro.

Toda comparación es odiosa, como se dice coloquialmente, pero para hacer un balance del Encuentro de Medellín MDE11 es necesario poner el retrovisor al certamen precedente y construir con los datos y con el análisis austero una cartografía de los trayectos y los desvíos. Es desde esta perspectiva que se desprenden algunos cuestionamientos.
¿A lugar o no a lugar a las pedagogías como eje de un componente expositivo? ¿Debe valerse el arte como una experiencia estética autónoma o ser asistido necesariamente por un protocolo didáctico que asegure su interpretación? ¿Qué buscan la institución-museo o la institucionalidad local al convocar a un evento de formación artística y ciudadana donde, en el afán de lograr una masiva participación, deje de lado la pertinencia de una efectiva apropiación? ¿Logró el equipo curatorial seducir a la comunidad académica, foco de la reflexión, en la participación directa y sustantiva del encuentro? ¿Se allanó el reto de poner a dialogar los saberes expertos con los saberes de las comunidades barriales, de tú a tú, sin jerarquías, recíprocamente? ¿Se enfrentó finalmente el desafío de “fomentar una conciencia crítica de su condición en los oprimidos”, a través del arte y la educación, como lo señalara Paulo Freire en su postura de la transformación social responsable desde el arte? Éstas son algunas preguntas que quedan flotando de lo acontecido en el pasado Encuentro internacional de Medellín MDE11 y que proponen una reflexión nacional más atenta y profunda en torno al concepto curatorial y a los alcances del evento más importante de las artes visuales en Colombia.
Si bien el arte mismo es pensamiento y como producto de éste deviene en conocimiento, su esencia está en ser aprendido e instruido, servir de dispositivo de comprensión de las realidades en las que habitan el sujeto y su comunidad. Enseñar y aprender, en suma, no sólo implicaba una metodología de trabajo curatorial sino también una estructura conceptual de interés ciudadano que se preguntara acerca de las posibilidades de un evento de estas características y para el cual se convocaba a todas las instancias académicas y no académicas para que se involucraran y propusieren su reflexión a esta construcción de conocimiento.

Pero ¿hasta que punto, a qué nivel –haciendo un símil con el hervido de una sopa–, a qué grado de cocción debería la curaduría llevar su idea para no echar a perder su receta? Allí está el punto.
Sin desestimar el conocimiento en el campo y la actitud entusiasta que imprimieron los cuatro cocuradores en casi dos años de planeación y activación –Nuria Engüita, Eva Grinstein, Bill Kelley Jr. y Conrado Uribe–, con la sombra de José Roca, desde el inicio abstraído en el encargo de la Bienal de Mercosur; como resultado, al MDE11 por “querer coger la sartén por el mango”, se les quemó la sartén. El interés no es criticar en sí la estructura propuesta por la curaduría, clara en sus componentes y pertinente en su empeño por articular al campo local, con sus ejes: Laboratorio, Estudio y Exposición. La impecable puesta en exhibición, la dinamización de los Espacios Anfitriones –circuito de espacios autogestados por artistas– y algunas de las propuestas en espacio público que lograron atraer la atención ciudadana.
La observación radica en el concepto, mas no en la forma; aunque ésta termine irremediablemente supeditada a la rigidez del concepto. Concebir un encuentro o evento de artes con el enfoque de las pedagogías como propuesta de transformación social no está descentrado de las lógicas actuales, pero signar a un evento púbico de arte con la pretensión de convertirlo en modelo pedagógico sí está desviado del enfoque plural de las artes y camina por el peligroso filo del discurso conductista y autocentrado.

El problema radica en el afán de las curadurías por controlarlo todo: los protocolos, la imagen, los plafones, la invitación directa, las fichas, la didáctica, los medios, el espacio, el tiempo, el personal, a la institución-museo, a los sponsors, y hasta la reflexión. Algunos dirían que hasta a los artistas. Yo me reservo esta apreciación, en cuanto valoro el trabajo de ambos, su autonomía e independencia. Pero es allí donde está el meollo. El MDE11, con el mismo músculo financiero y apoyo institucional del MDE07, no tuvo la resonancia, articulación social y cobertura de públicos que el de 20072. Algo pasa en el evento más importante de las artes visuales en Colombia –incluso más que el moribundo Salón Nacional de Artistas–, ya que el público no fluyó como se espera, en comparación con la inversión de los patrocinadores.
El ejercicio curatorial debería ser (no estamos incidiendo sobre una unívoca posición) un acto transparente, silencioso, respetuoso y a su vez potenciador del discurso y la obra del artista, dialogante y consecuente con las estrategias museales o institucionales que lo acogen, autónomo en su proyecto global pero consciente de las lógicas locales. ¿Qué fue entonces lo que no funcionó del MDE11?
Si bien José Roca y su equipo quisieron signar al MDE11 con un criterio formativo –aterrizando los elementos del pensamiento y la creación artística a los terrenos más fecundos para fortalecer el campo artístico local y en parte el nacional privilegiando el sector académico3, que en el evento de 2007 fue apático o estuvo absorto en el menú que se le ofrecía, con un concepto puntual como el de Enseñar y Aprender, lugares de conocimiento en el arte y como agentes invitados–, no se entiende por qué aun con un platillo para degustar de la apetencia de los comensales de las facultades de arte y demás interesados no logró cautivarlos, ellos que eran y han sido siempre los primeros llamados al concurso de una agenda atractiva y consecuente con su proyecto de actualización y reflexión. Parece contradictorio que cuando un concepto y, por tanto, su arquitectura, es decir, la horma para el zapato, se hacen a la medida de las comunidades focales o en pro de la formación, aun más, dirigida (pensada) para los públicos, se caiga en un desinterés generalizado. En el propósito de acercar al público con estrategias más pedagógicas, terminó ahuyentándolo. ¿El cuestionamiento de esa displicencia no debería ser también para los directivos de las universidades, los docentes y los estudiantes como futuros artistas?

Como toda apuesta curatorial, es un riesgo que se toma, pero en el fondo, como evento pensado igualmente para interconectar a Medellín con el circuito internacional del arte y propiciar una programación atractiva para las ciudadanías culturales, tampoco lo fue. En estas dos últimas estrategias no sólo falló el equipo de la cocuraduría, también el Museo de Antioquia como convocante y responsable del aparato de comunicación pública e interinstitucional. El Museo sigue siendo mezquino frente a la solicitud angustiosa de la curaduría de hacer extensivo el evento a los medios internacionales, traer por intermedio de la Agencia de Inversión y Cooperación de Medellín o del Ministerio de Comercio Exterior e Industria periodistas o especialistas de centros de producción cultural claves para la proyección del proceso, la ciudad y el país.
En este punto quiero aclarar y valorar que el Museo de Antioquia haya liderado un proyecto mayúsculo desde 2007, cuando Medellín estaba aislada y náufraga en su propio destino, y logró posicionar, pese a su vocación de museo histórico y regional, una iniciativa arriesgada y consecuente con las prácticas artísticas contemporáneas, emular las pioneras bienales de Coltejer y apostarle precisamente a la redefinición de ese modelo de bienal internacional.

Lo que se cuestiona, más allá de lo acertado de la estructura, de la selección de obras y procesos de artistas, de su pertinencia como dispositivo pedagógico, es que no logró el magnetismo, no atrajo, no comprometió, en el caso de otros eventos, como el predecesor o los que en el ideal puedan ser posibles.
No quiero con mi análisis llevar a la horca al equipo de comunicaciones del Museo, ni mucho menos subvalorarlo. Como ciudadano recibí periódicamente y por múltiples canales la información de cada actividad o acción en el territorio que programó el MDE11. Se tuvo un web site generoso y permanentemente actualizado4, contó con información impresa y reporte de los medios aceptable, un equipo logístico acorde con el empeño y el apoyo del Gobierno local y en menor cuantía de empresas locales, pero no convocó en la meta esperada. Algo está pasando, y es importante que para una tercera versión, o bien, para potenciar el modelo o reformularlo, se cuente con la anuencia del Museo de Arte Moderno de Medellín, que vive un renacimiento esperado y clamado por todos los agentes del campo artístico.

Pero más allá de esta disquisición sobre la pertinencia o no de un evento de magnitud como éste, se me ha pedido una descripción e ilustración para los lectores de lo que aconteció con la mise en scene del MDE11 que transcurrió entre el 1° de septiembre y el 10 de diciembre de 2011 en 25 espacios, con la activación de 140 eventos y la presencia de 104 artistas, colectivos y académicos invitados de 24 países.
Cómo se mencionó al comienzo, el MDE11 propuso tres núcleos: Laboratorio, Estudio y Exposición, los que a su vez se subdividieron y potenciaron zonas de activación no sólo en el Museo de Antioquia y en la Casa del Encuentro, sino en diversos lugares del área metropolitana de Medellín, en la siguiente lógica: el núcleo Laboratorio convocó a colectivos y agentes diversos, desde la academia hasta los contextos de trabajo comunitario para integrar y fortalecer intercambios futuros; se destacan la hospitalidad y el activismo desarrollado por los Espacios Anfitriones –espacios autogestados por artistas receptores de pares de otras ciudades–, con programación permanente de exposiciones, conversatorios, talleres, películas y relaciones comunitarias, en la cual Casa Imago recibió a L’Appartament 22 de Marruecos y a la Galería La Mutante de Bucaramanga; Casa Taller Sitio (Plazarte) fue el anfitrión de Lugar a Dudas de Cali y Proyectos Ultravioleta de Ciudad de Guatemala; Casa Tres Patios, espacio para albergar a San Art de Laos y Antimuseo de Madrid; Taller 7 acogió al Club del Dibujo de Rosario y a Estación Tijuana, y el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, el único ajeno por su estructura institucional, recibió a Slanguage Studio de Los Ángeles y a Tranvía Cero de Quito.

Del núcleo Laboratorio igualmente se desprenden los componentes Trabajo de Campo y la Medialab; el primero operó bajo lógicas similares al de los espacios anfitriones, con la diferencia de que los receptores son plataformas de trabajo comunitario no propiamente desde el arte en todos los casos, y, en consecuencia, logró una retroalimentación fértil y consecuente con el propósito de integrar intereses diversos para futuros intercambios: espacios como la Corporación Nuestra Gente, Territorio Sonoro, Comuna 8/Ciudad Comuna, Red de Hip Hop La Élite, Casa de Integración Afro, Toke de Salida, Plathoedro, entre otros, fueron estaciones de trabajo para colectivos internacionales como Ala Plástica, Eloísa Cartonera, Frente 3 de Fevreiro y pensadores del urbanismo social como Teddy Cruz.
Desde la Casa del Encuentro, la Medialab se activó como laboratorio de medios con el encargo del registro, edición en tiempo real y comunicación de las actividades del MDE11 a través de la página web oficial www.mde11.org; en su dinámica recibió a cuatro colectivos especializados en producción medial: Escuelab de Perú, HiperBarrio de Medellín, Medialab de Bogotá y Nicolás Malevé/Rafaella Houlstan-Hasaerts de Bélgica, los cuales generaron una programación de tres a cuatro semanas cada uno, de gran interés entre los jóvenes, que incluyó talleres, conferencias, discusiones y encuentros sobre asuntos relacionados con el papel de la tecnología en el desarrollo del conocimiento común.

Por su parte el núcleo Estudio estableció cuatro componentes de activación: el Taller de Construcción, que seleccionó por convocatoria pública a doce jóvenes artistas de las facultades de arte y con los cuales el equipo de curadores acompañó el proceso mediante un workshop intensivo durante el mes de noviembre; el proyecto Transductores, liderado por los españoles Jorge Rodrigo y Antonio Collados, quienes han investigado y articulado varios campos educativos en ciudades como Chicago con el proyecto Temporary Services, en Estambul, con DDA Projesi, en Dublín, con CYMArts + Fatime Group United, en Buenos Aires, con Ala Plástica, en el Reino Unido, con Plataform, y en Granada con Aula Abierta, dispositivos que investigan y activan iniciativas en las que se vinculan de manera flexible las prácticas artísticas, la intervención política y la educación, a partir de la acción de colectivos interdisciplinares donde se generaron diversos mapeos sobre el estado del campo de la formación artística en Medellín y la multiplicación de los procesos en diferentes centros educativos y escuelas. Finalmente, la puesta en ejercicio de un exitoso y concurrido Diplomado en Culturas Musicales Callejeras como plataforma de diálogo entre comunidades diversas y autoexcluidas como el punk, hip hop, metal y otras –que con frecuencia permanecen distantes entre sí–, y entre éstas y el saber formal de la academia.
La puesta más ambiciosa del núcleo Estudio fue el Aula Dialógica, nombre con el que se denominó a la tradicional agenda académica que acompaña este tipo de eventos, bajo dos temas centrales: Pedagogía, arte y academia y Pedagogía y comunidades, con la presencia de reconocidos teóricos y especialistas en las temáticas como Carmen Mörsch, Don Baron Cohen, Grant Kester, Juan Luis Moraza, Luis Camnitzer, María Lind, Rolf Abderhalden, Sara Diamond, Víctor Laignelet, Gustavo Buntinx y William Ospina, entre otros. Sin embargo, pese a lo atractivo de los invitados, no hubo una asistencia regular ni llenos desbordantes como en ocasiones anteriores, y algunos desfases en la programación acabaron por hacer desertar a los más interesados.

Dentro del núcleo Exposición se plantearon dos plataformas de exhibición: Taller Central y Taller de Fundición. El primero incluyó al grueso de los artistas nacionales e internacionales invitados tomando el nombre del dispositivo pedagógico creado desde los inicios de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín; la puesta en escena se dio en su gran mayoría en las salas del Museo de Antioquia, aunque activó varios proyectos específicos en diversos espacios públicos de la ciudad; entre los más impactantes se destacan los de Thomas Kilpper tanto con su xilografía en gran formato en el piso del foso del Teatro Pablo Tobón Uribe como con la impronta de la misma exhibida en la fachada externa de la Casa del Encuentro como un mensaje retador al estado de negligencia en un país indolente; Suzanne Lacy revivió, literalmente, su proceso adelantado junto a Pilar Riaño y un grupo de artistas y profesionales de las ciencias sociales de Medellín en 1998 denominado La Piel de la Memoria; a propósito de la memoria, no pasó inadvertida la ópera satírica del colectivo Chto Delat de Rusia con el documental Partisan Songspiel. A Belgrade Story sobre los vejámenes de la guerra y las violencias, tan confrontantes para la sociedad colombiana; una obra impactante, la propuesta audiovisual, sublime y paradójica a la vez, de la tailandesa Araya Rasdjarmrearnsook; sus piezas Dos planetas y La siesta de Van Gohg y aldeanos tailandeses, junto a Seminario sobre la muerte, no pasarán inadvertidos por los ojos de quienes visitaron las salas de Museo de Antioquia; la instalación Papaver somniferum de Juan Fernando Herrán encajaba perfecta entre el guion que permitía el trayecto. Finalmente, es importante mencionar las piezas de Carla Herrera-Prats, Edwin Monsalve y Esteban Peña, que le aportaron calidad y seriedad al evento.
Entre las propuestas más retadoras y arriesgadas en activar el espacio público y generar interacciones con comunidades focales, se destaca la Escuelita del mal del colombiano Paulo Licona, que logró atraer a los jóvenes skaters y a otros públicos con una propuesta contundente y lúdica en el cuestionamiento de las plataformas educativas y sus estrategias conductistas hacia el aprendizaje. Igualmente, el colectivo Provisions Library, con la Casa blanda, logró cautivar a los usuarios cotidianos de la Plaza Botero, anexa al Museo de Antioquia, con una casa amable y acogedora provista de diversas actividades de formación ciudadana, parodia del poder y de la imposibilidad.

En cuanto al Taller de Fundición, fue la plataforma de exhibición que el Museo de Arte Moderno de Medellín aportó en la interlocución con el MDE11. En la nave central del nuevo museo se activó un proyecto in situ del artista colombiano Oswaldo Maciá, que propuso una interacción por parte de los diversos públicos entre formas y sonido en una temporalidad de dos meses continuos como plataforma pedagógica.
Queda entonces una pregunta como conclusión y como insumo para la continuidad del evento ¿Qué alcances tuvo el Encuentro en la formación de públicos ciudadanos y en el fortalecimiento de los espacios de aprendizaje? ¿Quién pudo sacar partido de estas propuestas pedagógicas? ¿Qué papel cumplen los museos y los centros culturales en estas estructuras masivas y dónde se ubican los artistas y el público? La reformulación del modelo de bienal internacional tiene a Medellín y al Museo de Antioquia como uno de sus precursores. No obstante, de la fórmula exitosa se puede pasar a la decepción. El experimento puede hacer explotar el laboratorio.
NOTAS
1.La utilización por Bernal de carteles impresos con máquinas rudimentarias de tipos, la reiteración entre muchas analogías de la sigla MDE, la intervención sistemática de muros y fachadas con la palabra MEDELLÍN y la emisión en el espectro sonoro en clave morse del mensaje MDE S.O.S. fueron las premisas para el curador José Roca en la denominación del Encuentro MDE07 como un llamado, desesperado o atrayente, y convertirlo para los artistas, curadores, academia, instituciones y público en un destino referente para la reflexión en torno a las prácticas artísticas expandidas.
2. La versión de 2011 tuvo una afluencia de público a los veinticinco espacios activados de 60.000 personas, en tanto en 2007 se reportaron 125.000 asistentes en 41 espacios activados. En 2011 se realizaron 140 actividades entre exposiciones, acciones, conversatorios, conferencias y talleres, y en 2007 el Encuentro reportó 312 actividades. En cuanto a las cifras de artistas, colectivos artísticos y ponentes invitados o programados, las diferencias también son sustantivas: el MDE11 tuvo 104 invitados y el MDE07 248, 75 de ellos internacionales.
3. Medellín, la segunda ciudad más poblada de Colombia posee tres facultades de arte con carreras de artes visuales, dos más en proyecto; una carrera técnica en arte
CARLOS URIBE
Artista y curador independiente

