El Espacio Fundación Telefónica funciona frente a una cuidada plaza repleta de árboles; con la instalación de una gran corneta que “emula un radar acústico” y una manguera con auriculares para escuchar lo que ocurre en el parque, Martín Bonadeo (Buenos Aires, 1975) anuncia su espléndida exposición. Su trabajo da cuenta de una mente inquieta y apasionada con las posibilidades del arte, la ciencia y la tecnología. Pero su búsqueda es principalmente artística y filosófica, antes que científica. Igualmente, para llevar a buen puerto la impecable concepción y ejecución de las diez piezas de su individual, Martín Bonadeo. Bellico, el artista realizó sesudas investigaciones y exigentes pruebas durante más de seis meses.
El subtítulo de la exposición, Bellico, es generado por un juego de vocablos entre el apellido del inventor del teléfono, Alexander Graham Bell, y la palabra “bélico”, referida a la guerra. La muestra, entonces, trabaja centralmente con aspectos de la ciencia militar y de la telefonía. “La transformación de objetos de uso bélico en objetos de empleo diario [walkie-talkie, GPS, internet] es paradigmática de las prioridades de los gobiernos y de cómo son asignados los fondos destinados a la investigación científica”, apunta la curadora Alma Ruiz.

Artista, desde el año 2000 desplegó casi una cincuentena de proyectos, exposiciones individuales y colectivas en todo el mundo. Profesor, Bonadeo es fundador y director de Tecat (Taller Experimental de Ciencia, Arte y Tecnología) y Cifra, dos espacios universitarios de experimentación multidisciplinaria en Buenos Aires. Entre otros, el rango de sus intereses lo llevó a acercar El cielo en la tierra (Pabellón de las Bellas Artes UCA, 2010) con inesperadas herramientas, como relojes de arena, lentes, brújulas, termómetros, y a poner en acto el crecimiento de césped artificial en la instalación multisensorial Pasto termosintético (Praxis, 2011).
Doctorado en Comunicación, las obras creadas específicamente para Espacio FT derivan de la telefonía –en cuanto medio de comunicación y en cuanto aparato tecnológico– y visitan su desarrollo e historia a través de una sucesión de progresiones y estadios del hoy imprescindible dispositivo. El mecenazgo de Telefónica no le impide a Bonadeo cuestionar el mal uso que, muchas veces, se le da al teléfono como símbolo de estatus, medio de incomunicación o vehículo invasivo. La instalación Marketing de guerra es sólo un ejemplo. Esa pieza está compuesta por decenas de cables telefónicos adosados a una columna y se asemeja a una enredada con sonido; se podría pensar que está prefigurando un futuro donde la naturaleza fue obliterada del todo y luego recreada artificialmente. Pero no, esta instalación se integra por “una maraña de cables y partes de teléfonos que surgen desde una columna por la que pasan datos de las comunicaciones que maneja la Central Juncal (sede Espacio FT). En los altavoces escondidos entre los cables se escuchan los mensajes que han quedado grabados en el contestador automático del taller del artista. La mayoría de ellos contiene mensajes políticos y de marketing de productos y servicios”.
Marketing de guerra es sólo un ejemplo de la maravilla y la contradicción que ofrece esta exposición, en la que la ciencia y la tecnología ocupan un lugar primordial. ¿Cómo mirar y poner un nombre a la curiosidad y asombro que suscitan obras que viajan en el tiempo y que acuden a copias de grabados del siglo XVII, reproducen una maqueta del avión que rompió la barrera del sonido (inmortalizando “el instante en que el sonido se transforma en imagen”), representan una Fuga de memoria (“vacíos que se forman en un programa de computación”), la pérdida de todos los datos almacenados en un celular? ¿Cómo escribir sobre dispositivos tecnológicos cuyos mecanismos son intuidos antes que, enteramente, comprendidos? ¿Cómo aportar algo más a la detallada descripción y el manifiesto de intención que aparecen en el sitio web de Espacio FT?
Según el conocimiento que posee el visitante, éste podrá decodificar saberes pasados y futuros. Quizá, será cautivado por algunas piezas interactivas –que le auguran resultados inmediatos– o por otras que sostienen más interrogantes que respuestas. Depende, el observador viajará hacia su infancia cuando recorra la estructura de domo de la instalación Resonador (2011), armada con una antigua centralita y teléfonos arcaicos y otros, y escuche el sonido de los teléfonos que repiqueteaban como tales y no como sesiones de rap o cumbia. Logrará seguir la huella de la pampa, en Paisaje telefónico con arcaicos postes (las columnas de FT) y cables y con hilos electroluminiscentes verdes y celestes que incluyen la casita de barro del hornero, e imaginará el horizonte que se intuye infinito.
Perplejo o con certezas, el observador es invitado por el estimulante trabajo del artista a reflexionar acerca de la evolución de los inventos y la relación entre guerra y cotidianidad, sobre lo real y lo virtual y las nuevas realidades que modificaron la vida y la sensibilidad humana para siempre.
VICTORIA VERLICHAK
