Apoyándose en conocidas relaciones entre el cine y las artes visuales, Luis E. Camejo desafió el espacio tradicional de exhibición de la pintura –en este caso, un enorme Pabellón situado en La Habana moderna, dedicado para la ocasión al recién finalizado 33 Festival de Nuevo Cine Latinoamericano– para proponer nuevas lecturas de instantes, momentos, o mejor dicho, fotogramas de memorables filmes de todos los tiempos.
Muchos años atrás ya se habían hecho visibles su interés y pasión por el séptimo arte, y pudiera decir que la mayor parte de su pintura cercana está marcada por el cine y originalmente por la fotografía, al asumir la imagen y su composición bidimensional como fragmentos de obras mayores, plenas de referencias culturales y una cuota generosa de afectos y memoria que nos sitúan casi siempre más allá de lo estrictamente visual.
De ahí que ahora sus relaciones e intereses específicos como creador se articulan para ofrecernos un híbrido entre cine, fotografía y pintura que funciona como un todo orgánico, coherente, capaz de mantener a su vez las especificidades de cada uno de sus componentes: diríase que una sopa grande, un ajiaco, un puchero donde saboreamos la totalidad a boca llena e identificaríamos sus ingredientes si se nos preguntara.

Cuando nos detenemos ante cada una de las pantallas portátiles de proyección que Camejo ha usado como soporte nuevo en su trayectoria, y nuevo también para nosotros en cuanto espectadores, y reconocemos en primera instancia el uso de un material pictórico convencional como el acrílico, sobreviene seguidamente en nuestra percepción una mezcla inusitada de asombro y expectación: ¿qué contienen realmente estas pantallas móviles? ¿Pintura, así, a secas? ¿Fotografías alteradas, diluidas, borrosas? ¿Dibujo rudo, informal? En principio, se trata de la expresión física y cultural de un objeto intervenido por un creador que carece de prejuicios respecto a la pureza del hecho artístico: un iconoclasta menor que parece haber encontrado una nueva forma de manifestarse en medio de un mundo donde ya nada parece nuevo, donde ni la forma se sabe hoy qué cosa es a ciencia cierta.
Y cuando estamos a punto de abandonar esta inquietud, descubrimos de pronto a Giulieta Massina melancólica y triste a la salida de un nightclub, a Robert de Niro fisgoneando por el retrovisor de un taxi neoyorquino o a Sergio Corrieri caminando cabizbajo por la amplia acera del malecón habanero en busca de respuestas a su atribulada vida: cada uno “pintado” en blanco y negro en esa pequeña pantalla móvil que descubrió Camejo, como para llevárnoslos a casa y continuar así alimentando recuerdos y asociaciones que tiempo atrás nos sobrecogieron en alguna de las miles de salas oscuras y misteriosas de cine que pueblan el planeta. 'Pintura para llevar, para recordar, para vivir', pudiera haber sido también el título de esa exposición sui géneris en el complejo panorama del arte cubano contemporáneo, a tono con esas infinitas acciones a que estamos sometidos hoy en nuestro comportamiento ciudadano.
Pero no sólo el artista nos remite a grandes caracterizaciones y personajes de la historia del cine sino a otras escenas donde el reconocimiento de ellas se basa en una cierta cultura de la imagen en movimiento que el espectador debe poseer con tal de descifrar si estamos frente a un fragmento de Cantando bajo la lluvia, Ladrón de bicicletas o Blade Runner. De ahí que Camejo exige, inconscientemente o no, una participación activa de la mente del espectador, una suerte de complicidad cultural que nos remita de manera abierta al gozo del descubrimiento, de la duda y de la buena memoria.
Aunque desde finales del siglo XIX esa relación entre cine y pintura había permeado la carrera de notables artistas, cada cual en busca de influencias vivificantes y multiplicadoras de sus oficios respectivos, Camejo se asoma desde otro ángulo a esta hibridación o maridaje para ubicarse en una perspectiva diferente, acorde con una mayor y más sedimentada cultura de lo imaginístico y cinematográfico que poseemos en los albores del siglo XXI, sobreabundante diría yo. Por ello, la exaltante familiaridad que nos depara cada pieza.
Camejo suma así otro capítulo más a una persistente obra pictórica familiarizada con el realismo fotográfico, en un acercamiento singular a aquella corriente dominante en los años setenta que alimentó la producción simbólica de un grupo ferviente de jóvenes creadores entonces, y que le valida hoy un lenguaje único en el panorama nacional.
NELSON HERRERA YSLA
