En septiembre de 2011 Leo Battistelli, artista rosarino, inauguró Dádiva, su primera muestra individual en esta ciudad después de haberse mudado en 2007 de vivir en Rosario, su ciudad natal, a Río de Janeiro. Al artista le interesa mantener una asidua relación con Argentina, pues no solamente sus obras se ven a menudo en salas de exposición, en ArteBA, en colecciones privadas, sino que él vuelve también a trabajar a Rosario y producir, por ejemplo, piezas en la fábrica Verbano, lugar de manufactura de la porcelana, como lo hace de manera paralela en Luiz Salvador, de la ciudad carioca.
Battistelli pertenece a una generación en la cual algunos artistas han retomado el tratamiento de la cerámica como material de realización de sus obras de un modo totalmente renovado. En el medio del arte argentino hasta diez años atrás esta milenaria tradición parecía totalmente agotada y en apariencia impedida de nuevas propuestas de parte de los artistas, y menos aún entre las generaciones jóvenes. Sin embargo, no tanto tiempo atrás pero sí el suficiente como para registrar desarrollos consistentes desde puntos de vista técnicos, creativos y conceptuales, se comprueba un saludable resurgimiento.

Uno de los primeros rasgos que se distinguen en Dádiva con respecto a sus muestras anteriores en esta ciudad es la utilización del color. El blanco pareció ser por momentos su color emblemático. Además, poco tiempo atrás, decíamos que en su obra a los componentes básicos del agua y la arcilla, materiales ancestrales, se agrega naturalmente, el fuego, elemento que contribuye a la cocción que finalmente fija las formas, que se convierten en piezas cerámicas. Desde el comienzo en la producción de Battistelli parecería haber existido una simbiosis semántica entre los materiales utilizados para realizar sus obras, los rasgos naturales y culturales de estos y el sentido de sus obras. Entrelazados con su experiencia vital, unidos a su memoria heredada, obtenidos de su entorno, estos elementos le fueron sugiriendo la recuperación de un sentido simbólico para su creación artística. A esto se agrega la significación del los diferentes entornos que lo han rodeado, como el río Paraná en la ciudad de Rosario y su trabajo como guardavidas en su costa años atrás, como la ineludible consustanciación con el océano en Río de Janeiro en la actualidad. Además, para el artista no existe separación entre arte y objeto de uso cotidiano.
Entre su vida y su obra existe un continuum ligado a su cosmovisión en la cual, tal como los antiguos, por ejemplo, los cuatro elementos –tierra, agua, aire y fuego– están presentes en la concepción básica de una realidad esencial o son comprensión del cosmos donde convive todo lo existente. Battistelli no sólo trabaja de manera permanente al menos con tres de ellos, sino que le interesa enfocar más los estados de esos elementos, como la liquidez, solidez, plasmación, evaporación, que evocan procesos de transformación. En concordancia con este sentido y la implicancia del ser humano en esos pasajes es que refirió algunos momentos de su producción artística a la alquimia, que justamente ha tenido y tiene como objetivo salvar al hombre y al cosmos. Esos niveles de la realidad no soslayan la existencia de una realidad superior invisible y de poderes que pueden actuar sobre el entorno concreto pero que residen más allá de la apariencia visible de lo real, como lo es la magia en el caso específico de las piezas de esta exposición.
Dádiva se relacionó una vez más con esta manera de ver el mundo por parte del artista, a lo que se agregó de manera insoslayable la evidencia de su traslado geográfico.
Camila do Valle, poeta, doctora e investigadora, quien escribió el texto del catálogo, relacionó esta muestra con 11571, realizada en Fundación Klemm, Buenos Aires, en 2004, cuya cifra refería a la cantidad de sus días vividos. Todas las piezas eran blancas y se aludía a la alquimia. Había una relación con la biografía del artista, y de alguna manera en Dádiva también la hay, ya que se registra en ella su mudanza hacia otro territorio, Río de Janeiro, y a otra cultura. El color es novedad en este nuevo conjunto. Y en su traslado personal se preferiría no hablar de fronteras entre países, sino de una vivencia de otro origen: la reconexión con la naturaleza. Por otra parte, parecería que los colores utilizados están relacionados con los correspondientes a los orixas, mortales que devinieron en divinidades en la religión afrobrasileña yoruba. El lazo de unión entre lo actual y lo anterior en Battistelli es su creencia y plasmación en sus obras de un sentido de transformación. Cada pieza de esta exposición implicaba un hecho, un ritual, de transformación ofrecido. La pieza mayor es una figura humana que disemina la espuma del mar. Una devolución, un agradecimiento, una simbiosis.
Gota de agua, Gota de sangre, Fuego y piedras de trueno, Espuma, Hoguera, La danza sin fin, son algunos de los títulos de las obras que constatan el mundo del artista.
La obra de Battistelli continúa ligada a la idea de comunión entre el hombre, la naturaleza, los territorios, y a la maleabilidad de los procesos que él vuelve evidentes a través de la materia misma del universo que manifiesta a través del material artístico: la cerámica y la porcelana, a los que vuelve simbólicos.
MERCEDES CASANEGRA
