Del 20 de octubre al 31 de diciembre de 2011 se llevó a cabo en el Centro de Arte La Estancia la muestra, Jaime Castro – Video Arte. Escenografía de un mundo fabulado, primera exposición de videoarte presentada en este centro cultural.
Como bien lo señala el curador Félix Hernández en el catálogo de la muestra, las piezas presentadas en esta ocasión dan cuenta de la sólida formación de Jaime Castro (San Cristóbal, Venezuela, 1968) como escultor, así como de su interés por el tema del paisaje, al que se acerca desde una perspectiva histórica. Estudia las variaciones que ha experimentado este tema en su representación a través del tiempo.
Castro se ha valido de medios audiovisuales para activar un discurso contemporáneo sobre el paisaje,en el que la fragmentación, la simultaneidad y una recurrencia a la dislocación temporal de la imagen otorgan a sus obras una tesitura de irrealidad que refuerza su aproximación hondamente tamizada por lo subjetivo. El artista ha señalado que sus vínculos con el paisaje parten de la necesidad de registrar sus propias experiencias como viajero y de comunicar lo que podríamos llamar “momentos sensibles” de este contemplar y vivenciar el entorno.

La muestra estuvo conformada por una serie de fotografías de gran formato, videos y una videoambientación, que en su conjunto registran paisajes de zonas densamente pobladas, como alguna ciudad de la India o Shanghái, con lugares desiertos y de extraña naturaleza como el Mar Muerto y la Patagonia, entre otros. Estos contrastes develan un permanente interés de Castro por el estudio de las relaciones “entre lo natural y lo artificial y las mediaciones culturales que las determinan”.
Otro tema presente es el de la ciudad de Caracas, cuya exploración liga directamente a Castro con la tradición paisajística venezolana, que tuvo a la ciudad y, muy especialmente, al cerro El Ávila como motivos especiales de inspiración. El Ávila es retratado como el custodio de la ciudad que tiene a sus pies, en una imagen fragmentada que permite y a la vez impide la simple contemplación y sugiere una dislocación acorde con el tiempo urbano. Pero también Caracas es retratada a través de sus barrios y zonas populares, de las que el artista realiza tomas cenitales que dan cuenta de un tejido que es muy propio de la ciudad, al que acompaña con rostros de sus habitantes tomados en el momento de viajar en el Metrocable, especie de teleférico instalado por el Gobierno para facilitar el acceso a los otros “cerros” que, al igual que El Ávila, son ya signos característicos de la faz de la capital venezolana.
Tanto las fotografías como los videos y la videoambientación reiteran imágenes de paisajes urbanos y naturales que se alternan. Algunas de las fotografías abordan la extrañeza del paisaje, donde el ser humano se ve disminuido o, al menos, enrarecido por la presencia de una geografía alejada de los parámetros turísticos de belleza paradisíaca. En las imágenes captadas de estos “paisajes extremos” de singular topografía (los géiseres, desiertos, glaciares), el formato y la especial técnica utilizada les brindan un sentido de irrealidad, de artificialidad, un distanciamiento discursivo que las emparenta acaso con los fotogramas de las películas de ficción, lo cual dispara su potencialidad comunicativa y, paradójicamente, su subjetivismo.
Estos “espacios escenografíados” surgidos de una excelente manipulación de la imagen son particularmente elocuentes en el retrato de megalópolis como Singapur y Kuala Lumpur, en donde un casi fantástico desarrollo tecnológico parece alejarlas de lo real para introducirlas al terreno de lo fabulado.
El paisaje natural es en ocasiones motivo de un despliegue poético que utiliza la cámara como un instrumento para traducir emociones y sensaciones. La selva tropical que acompaña el camino desde la ciudad venezolana de Maracay hasta el pueblo costero de Choroní es captada por el artista a manera de registro vertiginoso del follaje de los árboles, los cuales, en el transcurrir del video tomado desde un vehículo en marcha, se transforman en sombras, luces, manchas que sugieren una espesura vegetal y también interior.
Escenografías de un mundo fabulado da cuenta de un notable proceso de maduración de las propuestas de Jaime Castro, y recalca una consistente trayectoria en la indagación del tema del paisaje y su incesante experimentación en nuevos medios, lo cual le ha permitido redimensionarlo y expresarlo desde la complejidad del acercamiento contemporáneo.
KATHERINE CHACÓN
