Exposición Individualmar 2012 - may 2012· Por Carlos Jiménez

Emilia Azcárate

Distrito 4

El arte venezolano es impensable sin esa “tradición de lo moderno”, antes que simplemente de lo “nuevo”, que diría Harold Rosenberg, que se inicia y establece en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Son los años de la dictadura militar y del desarrollismo económico, y los de la renovación y la expansión de Caracas bajo la guía de los principios urbanísticos del Movimiento Moderno y también los de la irrupción del arte geométrico, en su versión cinética, de la mano de Alejandro Otero, Carlos Cruz-Díez y Jesús Soto. Un arte que pese a su aparente o real exotismo en un país mestizo, turbulento y tropical, caló hondo, hasta el punto de que hoy mismo son muchos los artistas jóvenes venezolanos que cultivan su legado, actualizándolo, reinterpretándolo. Entre ellos se cuenta Emilia Azcárate, que inauguró en diciembre pasado, en la galería Distrito 4 de Madrid, una magnífica muestra de su trabajo más reciente. Ella ya había utilizado decididamente la geometría en esas construcciones visuales suyas compuestas de tapas de bebidas gaseosas recogidas en las calles y en las playas de la isla de Trinidad, donde residió unos años, pero esa vez antes que rendir tributo al geometrismo moderno tout court ella se lo rindió a la geometría simbólica de los mandalas. Al fin y al cabo, fue en Trinidad donde se hizo adepta del hinduismo del que durante años fue una practicante convencida.

Exposición Individual: Emilia Azcárate  — imagen 1
Emilia Azcárate. Sin título, 2011. Lona sobre lona. 154 x 154 cm. (60 ½ x 60 ½ pulgadas). Foto: © José Luis Municio.

Esta ganga religiosa ha desaparecido sin embargo en los cuadros y en las esculturas que expuso en la galería Distrito 4, en los que la abstracción geométrica es asumida exclusivamente como un punto de partida puramente formal, estético si se quiere, que le permite abordar en esos mismos términos su personal apropiación y reelaboración de la vasta tradición moderna. Y no sólo de la venezolana sino también de la internacional. En concreto de Lucio Fontana, cuyos cortes con bisturí de las superficies monocromas son evidentemente los antecedentes de la filigrana de cortes realizados por Emilia Azcárate en la superficie igualmente monocroma de los cuadros ahora expuestos. Filigrana que en los casos en los que está sometida a una clara y firme disposición geométrica evoca los célebres dispositivos trampantojos de Cruz-Díez o Soto. Y en los casos en los que los cortes producen lengüetas que cuelgan flácidamente de la tela pintada remite a la obra de Eva Hesse, esa discípula de Josef Albers en la legendaria Escuela de Arte y Arquitectura de Yale que un día decidió que los hilos, las cuerdas, las tramas e incluso las cosas colgaran en sus obras flácidamente. Emilia Azcárate sujeta por el contrario tan firmemente la flacidez que no deja abierta ni la más mínima posibilidad de que la misma se confunda en sus cuadros con la chorreadura, como sí lo consentía en cambio Eva Hesse en las obras en las que coquetea abiertamente con el dripping, el azaroso procedimiento pictórico elevado a la categoría de sistema por Jackson Pollock, como bien se sabe.

La exposición también incluía un par de esculturas, la una en metal y la otra en metacrilato, compuestas con el mismo procedimiento de cortes limpios y regularmente repetidos con el que estaban hechos los cuadros, aunque el resultado son formas abiertamente tridimensionales que evocan las grandes hojas naturalmente perforadas de ciertas plantas tropicales. Puestas directamente en el suelo, sin ninguna plataforma ni podio, apostaban por el radicalismo con el que Carl André ha utilizado el suelo para disponer directamente sobre él las piezas que forman sus esculturas.

CARLOS JIMÉNEZ

Emilia Azcárate, por Carlos Jiménez | artnexus