Exposición Individualmar 2012 - may 2012· Por Félix Suazo

Dámaso Ogaz

Galería de Arte Nacional -GAN-

La exposición Dámaso Ogaz. Mail art, poesía visual y conceptualismos, primera muestra póstuma que se dedica a este artista, reúne un conjunto de collages, dibujos, pinturas y objetos, a los cuales se suman postales, sellos, diapositivas, publicaciones fotocopiadas e impresos artesanales. Bajo la curaduría de Félix Hernández, con museografía de Clemente Martínez y el apoyo documental de Ana Victoria Sánchez, Lorena Concha y Jesús Osilla, el proyecto presentado en la Galería de Arte Nacional entre septiembre de 2011 y enero de 2012 reconstruye la vastedad interior, implosiva y meticulosa, del trabajo de Ogaz a lo largo de casi tres décadas. Su obra está en el epicentro inaugural de una genealogía en la que se inscriben más tarde, y con diversos matices, los Fotoinformes, Acu-pinturas y mapas intervenidos de Claudio Perna, las expresiones y Poemas de acción de Diego Barboza y los Eventos informacionales de Marco Antonio Ettedgui.

Víctor Manuel Sánchez Ogaz, nombre completo del artista, nació en Santiago de Chile en 1924 y falleció en Caracas en 1990. Hizo estudios de arte y diseño en su ciudad natal, donde también inició su actividad expositiva en 1960. En 1961 viajó a Venezuela con el propósito de organizar el Museo de Arte Contemporáneo Americano de Trujillo y dirigir el Taller Experimental de Artes Plásticas de dicha institución. En 1963 viajó a París, y allí expuso en la Galería Lambert. Para 1967 se estableció definitivamente en Venezuela, vinculándose con la agrupación artístico-literaria El Techo de la Ballena, junto a la cual presentó parte de su trabajo (ensayo, poesía, dibujo). A partir de 1968 ejerció la docencia en distintas localidades del país, y fundó la Escuela Experimental de Diseño de Valera (1976). Fue creador de las revistas experimentales Cisoria Arte y Ediciones La Pata de Palo, ambas a inicios de los años setenta. Igualmente, mantuvo contacto frecuente con algunos de los principales representantes del arte correo en el continente. Entre los que se destaca Clemente Padín.

Exposición Individual: Dámaso Ogaz — imagen 1
Dámaso Ogaz. De la serie La mosca, sin fecha. Impresión de arte postal sobre cartulina. 11 x 16 cm. (4 ¼ x 6 ¾ pulgadas). Colección: Ana Victoria Sánchez.

Sobria e ingeniosa, la exposición presenta alrededor de 350 obras y documentos, dispuestos en vitrinas y dispositivos móviles de plexiglás, así como textos, publicaciones facsimilares y gigantografías desplegadas en las paredes y el piso. En el conjunto destacan los dibujos y pinturas de cuerpos guillotinados que gesticulan erráticamente, cual marionetas sin amo. Estas criaturas de apariencia mixta, en las que a menudo se advierten rasgos zoomórficos y prótesis maquinales, se debaten entre el desdén y la lujuria. Por su parte, los poemas táctiles –de talante más sereno y estructurado– conceden mayor importancia a las soluciones combinadas, resaltando la presencia intrigante de los signos en el espacio.

Armada con piezas de pequeño y mediano formato provenientes del legado familiar, colecciones particulares e institucionales, la muestra funciona como un collage interactivo. El recorrido transcurre entre epígrafes y malabarismos tipográficos, recreando el refinado desorden que dominó el trabajo de Ogaz. Cierto que la monumental escala de la nueva sede de la Galería de Arte Nacional produce un contraste desconcertante con las ínfimas proporciones del material expuesto en la Sala Temporal 1; nada extraño si se considera que en su momento Ogaz rechazó los soportes tradicionales y la pomposidad institucional, para ensayar modelos de producción y circulación alternativos. Gracias a esta afortunada paradoja –sin la cual este cuerpo de obras aún permanecería relegado– es posible un primer acercamiento a la trayectoria de este artista.

De temperamento solitario y anárquico, Ogaz cultivó la erudición y el humor negro, construyendo una imaginería híbrida, de figuras desarticuladas y ásperas caligrafías. En el ensayo La ballena, Jonás y lo majamámico (1967) definió su propio credo, describiéndolo como un acto ilícito, sin recetas ni máscaras, del que se derivan “las integraciones y libertades esenciales”. A partir de esta divisa, hizo de la irreverencia un antídoto contra la taxidermia académica y propuso “la búsqueda bajo lo ilegal de una realidad no deformada, no traicionada, no parcelada, en suma, una célula cancerosa a los ojos del buen vivir oficial”. No buscó adhesiones ni recibió elogios, excepto la complicidad militante de los escritores y artistas de El Techo de la Ballena, jonases imaginarios como él, consagrados a la ebriedad de lo absurdo. Fue devoto del surrealismo pero intentó ir más allá de los juegos oníricos, frecuentó la literatura canónica pero prefirió la conjunción caótica de las letras y de las imágenes, abogó a favor de un arte subversivo pero, tal como observa Juan Calzadilla, marcó distancia del testimonio político.

En Ogaz se superponen la sordidez ilustrada de la contracultura con elementos de la nueva figuración y el informalismo, además de ciertas reminiscencias del esquematismo brutal de un Dubuffet. Tales fuentes aparecen disueltas en el torbellino de imágenes y letras que se acumulan en sus collages, dibujos y experimentos postales. Allí las palabras fluyen, libres de puntuación, con las sílabas rajadas como si quisieran sustraerse de la univocidad de las convenciones semánticas. Arte(f)actos, C(art)a, (art), Co(reo)arte, son apenas algunos ejemplos donde el lenguaje convulsiona entre lo lúdico y lo racional. En ocasiones, sin embargo, esa oscilación del sentido tiene como polos extremos el humor y la solemnidad, tal como se advierte en uno de sus collages, donde aparece la inscripción TE BI or not TE BI.

Al decir de Juan Liscano en el prólogo al libro de poemas visuales Pauta para el uso (1975), Ogaz nos coloca ante un “colmo de afán desorganizador, de anarquía sistematizada”. En tal sentido, su propuesta se desarrolla en un horizonte paralelo, al margen de las “normalidades sofocantes” y de las jerarquizaciones disciplinares. Nada de lo que allí ocurre se reduce a un significado único, incluso las tachaduras deliberadas y el tartamudeo irregular de los caracteres tipográficos que se disputan la superficie. Letras e imágenes ingresan a la ambigua rotación del mundo ocular, configurando una plasticidad fragmentaria, de ilimitadas connotaciones.

FÉLIX SUAZO

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