En la muestra la artista reúne muchos años de experiencia en el trabajo con las impresiones serigráficas, usando hojas de plástico y pegamento para superponer en la pintura sobre lienzo. Desde sus comienzos, durante la llamada Geração Oitenta (Generación de los Ochenta), armonizó sus pinturas con colores fuertes y llamativas pinceladas. Beatriz Milhazes forma parte del modernismo brasileño.
La obra pictórica de Beatriz Milhazes se inicia con una confluencia de movimientos artísticos de su entorno sociocultural que van desde el tropicalismo hasta la Bossa Nova, danzando al ritmo de la belleza sublime y exótica de su natal Río de Janeiro. Ella recrea el legado ancestral del romanticismo dulce carioca fusionado con los avatares de la realidad contemporánea.
Muchas de las primaveras floridas de color, que vemos en las pinturas de Milhazes se originan en su
estudio pequeño y compacto, donde se estableció desde 1987. Está situado justo al lado de frondosos jardines botánicos de Río de Janeiro, ciudad donde nació en 1960; e inevitablemente, las formas y los patrones de las flores y remolinos delicados y formas semejantes a hojas han encontrado allí sus inspiraciones para sus trabajos.

La artista también ha tomado influencias de la atmósfera de la ciudad, con su rica mezcla urbana, incorporando chitão (o zaraza, la tela barata del Brasil colorido), joyas, bordados y simbologías de la cultura pop. Otras influencias van desde la arquitectura, específicamente, la obra de Roberto Burle Marx, el paisajista y diseñador de jardines que creó el paseo marítimo de Copacabana de la playa en Río; también, los íconos pop como los patrones de Emilio Pucci, de tela. La inspiración pictórica viene del siglo XVII, del artista europeo Albert Eckhout, que viajó por el Brasil colonial, y la brasileña Tarsila do Amaral, modernista, así como Matisse, Mondrian, Le Parc, Bridget Riley y Frank Stella.
Para Milhazes, sus flores no hacen referencia, justamente, a colores, estampados, arabescos o decoraciones huecas, pero sí a su rol en los rituales, conceptuando una pasarela vital de la estampa de su medio cotidiano; de ahí que sus inspiraciones emanan de la transculturación y sus posibilidades estéticas ilimitadas.
El arte de Milhazes se apoya en los preceptos de la tradición pictórica serigráfica fusionando y experimentando con técnicas mixtas del arte contemporáneo. Sus pinturas nos desvelan una diversidad de lecturas y paradigmas estéticos, estableciéndose así su juego a la conceptualización, donde su obra pone de manifiesto que la descripción sobra, porque pueden arruinar la libertad interpretativa de una imagen artística.
Los títulos de sus obras tienen una cualidad lirica que está conectada con la poesía y la música brasileña. Toda esta fusión se estructura en un barroco tropical exuberante donde se acumulan pequeños mundos, creando grandes fantasías, mitos y fabulas socioculturales. Sus títulos son importantes, pero esto no quiere decir que tengan que explicar su trabajo. Milhazes es una pintora abstracta del geometrismo latinoamericano, que habla un lenguaje internacional; pero su interés radica en rituales y creencias que sólo pueden encontrarse en su Brasil.
Beleza pura (la belleza pura), es el título que Beatriz Milhazes le dio a la pintura a partir de 2006, al parecer de programación de la obra de la artista.
“La palabra es decorativa, normalmente peyorativa cuando se aplica al arte. No tengo ningún miedo a la belleza”, declaró Milhazes en 2006. El título se refiere también al éxito del mismo nombre por el cantante Caetano Veloso, una de las figuras principales del movimiento Tropicalismo de los años sesenta. Sin ser explícitamente político, la energía vital de este movimiento de artistas y músicos fue dirigida contra la monotonía cultural, ya que se propagó por el régimen militar de Brasil en ese momento. Elementos del folclor mezclado con influencias americanas y europeas también están presentes en su obra.
Sus pinturas son el producto “[...] de la lucha loca entre la figuración barroca y la construcción rigurosa”, como lo formula Richard Armstrong, el actual director del Guggenheim de Nueva York. Armstrong fue uno de los primeros fuera de Brasil en tomar nota de la artista. En 1995, él la invitó a tomar parte en el Carnegie International, la exposición que la llevó a su éxito internacional. En 2003 Milhazes representó a Brasil en la Bienal de Venecia.
Su obra navega hacia el círculo danzante del amor. Ese carnaval de pasiones, rodeado de exuberantes playas y música bohemia, nos ofrece el sabor y el ritmo versátil de su Olimpo tropical, donde el realismo mágico latinoamericano fecunda el santuario de su creación, proponiendo un mestizaje fascinante donde se funden orishas y ángeles en perfecta armonía. El carnaval de Milhazes es una confluencia de poéticas que emanan del alma, evocando el lirismo cálido que seducen al arco iris glamuroso de su Río interior.
Este glamur se debe también al inusual proceso de trabajo de Beatriz Milhazes. Trabajó con el collage temprano en su carrera mediante la introducción de telas en sus pinturas. A finales de 1980 comenzó a dibujar los contornos de sus flores y mandalas sobre una lámina de plástico transparente, a colorearlos con pintura acrílica y luego a cortarlos hacia fuera después de que ésta secó. A continuación va cambiando estas formas por el lienzo hasta que encuentran su posición final, donde Milhazes se adhiere a la superficie con el lado de color hacia abajo y luego se quita la cubierta de plástico, que a menudo se utiliza para otras obras. Esta es la razón por la que son diferentes las formas idénticas que a menudo aparecen en las pinturas.
Desde hace una década la gama de sus pinturas se ha ampliado aún más. Se ha ido de nuevo a sus primeros collages, esta vez añadiendo el papel de diversos colores a sus obras; en vez de telas, usa el brillante azul metálico, papel de envoltura de caramelo, papel de envoltura de mármol y envolturas de chocolate. De esta manera, se intensifica aún más la sobreabundancia de estímulos visuales que caracteriza toda su obra. Dirige la mirada del espectador en torno a la superficie del cuadro, sin brindar un lugar en el que descanse. Las pinturas de Milhazes rondan entre una gran belleza ornamental y una sobrecarga de formas, colores, estilos y presupuestos artísticos.
Su floresta carioca es un jardín multicolor donde conviven ritos, naturaleza, sensualidad, moda, influencia arquitectónica y vivencias de su cultura y su gente, realizada, además, con precisión y delicadeza.
Ese Joga bonito de la creación de Beatriz Milhazes nos cautiva irresistiblemente, siempre que tenemos la posibilidad de disfrutar su obra.
SILVIA MEDINA
