Una buena curaduría y un excelente montaje han permitido objetivar críticamente la trayectoria de la artista a través de las últimas décadas y colateralmente lo que hoy significan los planteamientos de su generación respecto a la generación de Obregón, Botero, Roda, Negret. Lo primero que queda de nuevo en claro es la decisiva influencia del Pop Art en su obra y en algunos compañeros de generación. El reconocimiento internacional del Pop a partir de 1964 señala el final de las llamadas vanguardias modernas y la legitimación de experiencias estéticas locales: el dominio visual de la publicidad, el nuevo paisaje urbano, la preponderancia del objeto, de lo icónico por encima de lo plástico.
Rosenquist incorpora la eficacia del trazo en la imagen publicitaria, Rauschenberg renueva el concepto Dada de ready-made. En Los amantes del Sisga (1964) Beatriz González parte del efecto documental de la foto pero trasciende lo meramente informativo para construir con los colores de la realidad, y no de la gama de color de la academia, una medida de la sensibilidad ante un hecho trágico que ella ha rescatado del escándalo periodístico para convertir en reflexión sobre el amor y la muerte a partir de las premisas que le planteaba una sentimentalidad ignorada hasta entonces pero recuperada con los códigos visuales de un relato que de manera específica, ubica y define a sentimentalidades que escapan a los códigos de lo que seguimos llamando alta cultura en oposición a las llamadas culturas populares.

La imaginería popular fue el fundamento de Berni y lo ha sido de la obra de Juan Camilo Uribe, de formas de vida transformadas en un nuevo lenguaje visual. La tecné del arte académico da paso a una manualidad a través de la cual se rescata la dimensión artesanal del oficio. Esta transición es la que Beatriz González introduce en el arte colombiano en el proceso de desarrollar una estética como la que crea objetos y fotogramas de prensa, narrativas subterráneas de seres y forma específica de vida.
Al romper con el dogma académico de lo moderno Beatriz González se instala en el innúmero espacio de lo contemporáneo, en el acontecimiento y no en la historia, en lo real-real y no en las fórmulas de los llamados realismos sociales, étnicos, o, sea bajo el perverso enfoque de la llamada “identidad latinoamericana” manipuladas políticamente. El ejercicio de relectura de algunas obras consagradas de la pintura moderna la lleva a desarticular un sistema de signos plásticos convertidos en recetas al uso. De ahí la búsqueda de un inicio al sumergirse en el color local, en los términos de un diseño sin autor, en la crispación de la calle, en los colorines de la estampa popular, con el fin de legitimarlos, de rescatar una tradición estigmatizada, de convertirlos en premisa exploratoria.


Quien ahonda en el desarrollo de unas premisas va abriéndose a nuevas expectativas sin temor de ser calificado de repetitivo. La lectura de un dibujo de Ingres puede devenir en un trazo de dibujo que se identifica hoy con Hockney. La semantización a partir de estas premisas no conduce al kitsch sino a lo Camp, en la definición de Susan Sontag, una rica e inesperada tradición donde camas, objetos, televisores, gracias al color que se apropia de ellos, adquieren nuevos e insólitos significados, y estos objetos ya son más que un ready-made, que una referencia antropológica, eludiendo el caprichoso calificativo de cursi pero adentrándose en los términos de la cursilería como dato veraz de la estética específica de grupos sociales que han permanecido al margen del llamado gusto exclusivo, del Design y en medio de algo inevitable como la industrialización de los objetos, sacaron a éstos de la indiferencia del producto fabricado en serie, mediante la intervención con un color inédito, mediante el ensamblaje, lo que supone una verdadera apropiación estética y la construcción y transformación de otros significados.
Incorporar el esmalte sobre una lámina metálica, incorporar como hecho estético las camas de los mercados populares –1972– le permiten desarrollar estas búsquedas, cuyo evidente peligro es caer en el folclorismo. Telones, terracotas religiosas como nuevos soportes le permiten adentrarse en los espacios de una estética que se renueva sin cesar y dentro de la cual marcha paralelamente una sociedad que el arte oficial niega o convierte en parodia cultural. Las descripciones de escenas de poder político, de acontecimientos sociales de las élites, de sucesos que son deliberadamente trivializados por los medios de comunicación, como el crimen callejero, las masacres campesinas, le permiten a Beatriz González confirmar un territorio estético donde la pintura, la escultura, el objeto, trascendidos a través de las poiesis de estas tecnés rescatadas, ya han dejado de ser dibujo, pintura, escultura, para convertirse en un ámbito visual diferente y reconocible dentro del panorama del arte colombiano contemporáneo.


Se ha logrado, con esta retrospectiva, aquello que debe ser un objetivo y convertirse en la tarea de un museo de Arte Moderno cuando no se limita a las exposiciones individuales o colectivas de artistas contemporáneos o, a las muestras de arte internacional tan necesarias para romper con nuestro aislamiento cultural sino también a estas retrospectivas de una obra personal, para hacer posible, mediante la investigación historiográfica, formal, la oportunidad de reflexionar sobre lo que suponen unas propuestas estéticas a través del tiempo, en lo que, generacionalmente implican respecto, tanto, a las generaciones anteriores como a las generaciones más recientes para establecer referencias necesarias. Creo, entonces, que es urgente detener la sola producción de actualidad y crear los espacios que hagan propicio un análisis formal, histórico, en la reconsideración de lo que debe ser la historia de nuestro arte contemporáneo, de lo que han supuesto predicados estéticos como modernidad o posmodernidad, finalmente convertidos, en muchos casos, en clichés al uso.
Conocida fragmentariamente a través de Salones Nacionales, colectivas, de muestras individuales en algunas galerías comerciales, la obra de Beatriz González como la de los más destacados artistas de su generación y en general los artistas colombianos, hay que admitirlo, entró en la invisibilidad que trae consigo la inexistencia de verdaderas políticas oficiales de difusión del arte colombiano, la ausencia de una verdadera pedagogía crítica al respecto, para tratar de aclarar lo que han significado estas propuestas. Hacerlo como se ha hecho en esta retrospectiva es recordar, por lo demás, las condiciones históricas, políticas de extrema dificultad en que se ha producido y se sigue produciendo el arte en nuestro país.
Fotos por Andrés Sampedro
DARÍO RUIZ GÓMEZ
Profesor de Historia de la Arquitectura y la Ciudad, Crítico de Arte y Literatura, escritor y ensayista.

