En principio, el trabajo de Artur Lescher se esconde en su evidencia, se proyecta desde su lugar en el espacio museográfico como una impertinencia orgánica, de la misma manera en la que se manifiestan las plantas en un jardín, como un porque sí incómodo que surge como un sobre sentido que se impone en el descubrimiento de su ahí, cultivado desde la forma para sorprender desde su incidencia. El trabajo del volumen de sus instalaciones puede derivar de igual manera de lo consistente hacia materias que pudieran considerarse inasibles (la luz reflejada sobre la superficie metálica o su tañido, cual si se tratara de una campana).
Lescher es siempre invasivo, no se dispone en el espacio de la galería, según las adecuaciones de trazo que pudiera sugerir el sentido común de un museógrafo: no es el meramente ahí, sino el impacto, la influencia, el cambio que suponen sus propios cuerpos y líneas en el lugar de exhibición. No es una puesta en escena, es una escena que se origina, como pueden originarse las telarañas y el moho, como un compuesto que ensucia y a la vez embellece su entorno: lo domina desde sus márgenes, lo reduce hasta someterlo a sus necesidades: lo hace habitable.

Así, en la tensión lograda a partir de varias líneas (podría aventurarse incluso una calidad vectorial) materializadas como maderos angostos y oblongos contra la pared se dice como un cuerpo, doblado en sus pliegues (o bisagras) pero también como su reflejo (o mejor dicho, en este caso, su sombra), integrado a la composición como un contrapeso necesario a su evidencia: un fantasma que abre (o rompe) la pared con la proyección de su trazo: un ojo de agua desde donde se percibe una intuición matemática. Lescher consigue una representación lírica, en clave sólo para el avezado, para quien sabe verlo, de los numerales negativos.
Las piezas que constituyen la exposición Metamétricos de Artur Lescher en la Galería OMR fueron hechas ex profeso (e in situ, para seguir con los latinajos) para sus salas. El nombre mismo que define o caracteriza estas piezas, que puede traducirse como la sobremedida, o mejor aún, la medida por encima de la medida. La alusión a una convención de medida puede sugerir que las tramas y ritmos conseguidos en las instalaciones (cabe casi decir, esculturas) con madera y bisagra apelan a un metro (el objeto físico con el que se mide tela, papel y otros materiales) imaginado para tasar aquello que está más allá de una segunda dimensión percibida (y a veces, quiero creer, de una tercera). El prefijo meta (griego, en este caso) señala no un espacio trascendido de la materia sin un espacio señalado desde lo irracional.
No hay espejos, no al menos, de una manera obvia. La superficie metálica del péndulo permite el reflejo mínimo del mundo, convertido en una línea escrita sobre el cuerpo de ampolleta, una forma de barroquismo sintetizado en su mínima expresión.
Esta línea, síntesis de lo dicho en su entorno, vuelve a sugerir –como si fuera un ejercicio tautológico magistral– el contenido abstracto de las cosas, sus diferentes medidas. Menos se puede decir que sea aparente la vocación refleja de las tramas y tensiones que consigue con los maderos, dispuestos sobre las paredes como un mobiliario que se ha visto desposeído de toda funcionalidad (desde el recurso de que resultan semejantes a percheros) que no sea esa funcionalidad que se dice desde su disposición en el espacio.
Así, desde la impronta dada por estas líneas sobre el espacio como vectores que se apropian de un territorio de varias dimensiones desde la mera insinuación de las superficies y proyecciones, Lescher construye una escultura (una verdadera intervención física) para decir y habitar una sala entera, a partir del uso de vigas de metal (lo que indica una paradoja matérica en sus piezas). La cualidad del material que define sus líneas las determina como objeto, más allá de la inutilidad fáctica buscada en su diseño. Existe una ironía posmobiliaria (o metamobiliaria) en sus piezas de madera que se ve conjurada desde el tamaño, peso y color de la línea que atraviesa toda la sala. Las piezas de Lescher no ocupan un espacio, lo invaden, lo hacen suyo, lo redefinen de la misma manera que los flecos redefinen un vestido. Las líneas compositivas de esta pieza (la tensión angular que se repite a escala, como una enseñanza sugerida de líneas de proporción y composición orgánica) suponen una delicia pitagórica (siempre desde la insinuación que se hace de lo trascendente desde la abstracción). Es un monstruo literal en la sala, se asoma en sus umbrales como una presencia que reina y se impone, aunque sólo sea una línea (y aquí peco de redundante) proyectada a la materia.
Es una delicia poderse asomar a los cuadernos de apuntes de Artur Lescher; sobrevive esa contaminación original de la que parecen estar desposeídos sus cuerpos proyectados en el espacio.
RICARDO POHLENZ
