Desde hace varios años Adriana Marmorek viene trabajando el tema del deseo erótico. Este se hizo manifiesto en cuerpos de mujer trabajados en barro y luego fundidos en bronce. Más académicos en su etapa inicial, estos cuerpos se fueron abriendo y fragmentando, tornándose en eróticos a juicio de sus espectadores. Este insistente señalamiento la llevó a asumir el tema que hoy se ha convertido en una indagación conceptual que la ha conducido a explorar la instalación y la creación de objetos.
El año pasado Hal Foster pasó por Bogotá y habló sobre La primera era del Pop; en la sesión dedicada a Richard Hamilton se enfocó en el tema del deseo, en la erotización que la publicidad ha conferido a los objetos, erotización que velozmente se difundió por el mundo a través de la cultura de masas. Este imaginario que se traza en los años cincuenta aún se extiende bajo formas cada vez más perversas en el mundo tecnificado de hoy, y es este fenómeno el que se interroga en los trabajos de Adriana Marmorek, que en su muestra más reciente, Punto básico: doble nudo, presenta un nuevo estadio.

Adriana Marmorek ha trabajado con objetos femeninos como espejos, estuches, carteras y tocadores; esta vez su interés se centra en prendas interiores, particularmente en el encaje. Ese tejido fino y transparente, cuyos orígenes se remontan a Oriente y que hacia el siglo XVI su uso se extiende por Occidente, con el paso del tiempo ha cobrado un importante simbolismo de carácter dual. Por una parte, por su cercanía con el bordado, labor femenina por excelencia, se ha asociado a un tiempo femenino, el de la espera, como en el caso de Penélope; también con el ocio y con la frivolidad, con lo intrascendente; de hecho, hay un tejido de croché que se llama frivolidad. Hoy el encaje se produce industrialmente y con amplitud se distribuye y promueve en forma masiva a través de la publicidad como un símbolo de feminidad y erotismo; se ha convertido en un medio para incitar al consumo mediante la movilización del deseo.
La muestra estaba compuesta por varias piezas sugerentes que al describirlas van develando su sentido, así como se hace evidente un juego inteligente que la artista entabla entre sus objetos y sus ideas. Al ingresar a la sala el espectador era recibido por una enorme enagua de tejido transparente que pendía del techo; tras ella, un gran mural rojo encendido donde un sutil dibujo formaba un encaje; al acercarse a él se reconocía que, a cambio de flores, el motivo de este tejido eran pezones que se repetían una y otra vez. La enagua invitaba a entrar en ella; una vez adentro, al elevar los ojos, a cambio de la ropa interior o la zona íntima de una mujer, se observaba un video que mostraba el cielo, ese lugar prometido al que todos quieren llegar; nubes vaporosas pasaban ante los ojos que con curiosidad y malicia se acercaban a este mundo deseado, vedado y oculto.
Un brasier de vidrio, de tamaño natural, pendía de la pared con unas delgadas cintas de seda. Esta era una pieza delicada, como lo eran todas las exhibidas, que también traía la presencia del encaje. En otro espacio de la galería se mostró un gran encaje hecho con luz de neón. Su carácter era enteramente diferente del anterior; en el brasier, el encaje era transparente y sin color, y hacía evidente la belleza, la delicadeza y la fragilidad; en cambio, la luminosidad y los colores del neón le conferían a éste un carácter de anuncio, una cierta festividad nocturna altamente peligrosa. Las flores del tejido de encaje chisporroteaban continuamente y con su elevado voltaje tenían algo de amenazante, pues quien las toque se electrocuta.
También hacían parte de la exposición unos dibujos que mostraban distintos tipos de encaje. Al acercarse a estas sutiles piezas se descubría que no son dibujos, sino fotocopias de telas de encaje, en las que Adriana Marmorek enfatiza una posición ante el arte que deja de lado el virtuosismo manual para favorecer la conceptualización.
Como parte de la exposición se incluyeron algunos textos e imágenes que hacen explícitas las fuentes que dan lugar a su proceso. Mostró las últimas palabras del monólogo de Molly, de la obra Ulises de Joyce, donde de manera explícita se nombra el deseo. Recortes de revistas femeninas de los años cincuenta hasta hoy, en las que se publicita ropa íntima femenina, así como postales donde aparece el encaje como elemento de la ropa de hombres y mujeres.
Los encajes de Adriana Marmorek se tejen uniendo dos mundos que conoce muy bien: la publicidad y el arte. Formada como comunicadora, durante varios años trabajó en los medios y en publicidad, campos que abandonó para dedicarse enteramente al arte, para ahondar en ese “oscuro objeto del deseo”, en ese constructo cultural que son el cuerpo femenino y los objetos asociados a él.
MARTA RODRÍGUEZ
