Pocas veces el título de una muestra define con tanta precisión los presupuestos conceptuales y formales que alientan la producción en ella exhibida. Hace más de dos décadas que Wifredo Díaz Valdez comienza a desarrollar esta tarea de construir deconstruyendo, de concertar prodigios carpinteriles instaurando primero el asombro y, de inmediato, un poderoso deslumbramiento. Si se ha utilizado la palabra prodigio es porque sus esculturas terminan convocando una atmósfera de sucesos extraños capaces de barrer límites regulares, reconocibles, de transformar elementos naturales, absolutamente cotidianos, en hechos de una increíble singularidad. Un objeto banal, aún un viejo desecho, puede devenir un suceso especial, de una seductora rareza, de una poética sustentada mediante un áspero lirismo. Si en cada una de las piezas no demostrase de manera rotunda sus destrezas hacedoras, podría pensarse en algo cercano a lo mágico, a una especie de prestidigitación defendida por estrategias rigurosas, y no gracias al artificio ingenioso, a la trampa tan encantadora como efímera. Al mismo tiempo, de no verificarse las recién mencionadas calidades hacedoras en el plano de una carpintería de pretensiones míticas, el espectador pensaría que está frente a una experta mezcla de ingeniero mecánico y obsesivo disecador. Porque todas sus narraciones formales parecen pretender el desarrollo de una mecánica vehemente, porfiadamente obsesionada por desentrañar la piel de lo aparente. De ser posible, un deshacedor de misterios que en su tarea investigadora termina generando misterios mucho mayores. Esos sí difícilmente desentrañables.

Los criterios hacedores son en realidad simples. Se trata de tomar un objeto, un mueble cualquiera, eso sí, en madera, excepcionalmente con alguna parte metálica, y comenzar a mirarlo detenidamente, en una especie de ceremonial comunicativo, entre objeto y artista, entre elemento material y quien va a configurar los prodigios. A propósito de prodigios, el primero, quizás el más importante de todos, es la capacidad para ejercer una creación que a lo largo de casi toda una trayectoria ha sabido mantener rasgos caracterizadores, que no persiguen variantes visibles y, sin embargo, logran una impecable lozanía. Manejar recursos casi invariantes con una notable capacidad de reinterpretación, sabiendo mantener una fidelidad autoral al evitar rutinas y agotamientos, sabiendo vivificar maneras dicentes al acceder a una seducción vigorosamente renovada. El artista lo ha dicho muchas veces. No tiene miedo a la repetición porque un mismo recurso formal –el mismo juego deconstructivo, aplicado en objetos diferentes– genera resultados o prodigios, diferentes. Obviamente, porque se tiene la capacidad de seccionar planos, de multiplicar trabazones provocando el asombro renovado, la emergencia siempre inaugural. De seguro, porque los alardes técnicos están defendidos por una fuerte vocación lúdica, un despliegue inagotable de juegos y contrajuegos llevados a un extremo de intenciones coreográficas: “La parte lúdica, que es lo que uno aprende en la medida que uno va viviendo: que todo es un juego. La parte de divertimento de la vida; que las cosas no están establecidas rígidamente. Me ha llenado de mucha curiosidad ese asunto de la dinámica de saber que las cosas que son hoy o a lo que hoy le damos una patente de verdad, eso es muy transitorio. Vale hoy, pero de pronto no valía ayer ni quizás valdrá mañana”, argumenta desde la entrevista que Hans Michael Herzog, curador de la muestra, hace en el catálogo. Esos desvelos lúdicos se hacen patentes en las deconstrucciones que intenta con una especie de clava para ejercicios gimnásticos capaz de convertirse en una nave espacial manejada invisiblemente por un “agauchado” héroe espacial, un muy latinoamericano y solitario tripulante que orbita eternamente un planeta donde todo puede ser una deliciosa feria de antigüedades, un gozoso paraíso de juguetes igualmente antiguo. También en un antiquísimo juego de bochas, en otros tiempos popular deporte practicado en el área rioplatense, que se va desdoblando en planos imprevisibles, multiplicados, permutando la esférica placidez original en un rítmico e imparable despliegue, que van descubriendo interiores rojizos, casi carnales, concretando maravillosos ritmos espaciales. También, un sillón de pasado opulento, aún lujoso, que ahora redime su deterioro jugando a la transformación en un ser de pretensiones casi titánicas, despertando una rara mezcla de perturbación y vacilante humor. Conste que se ha hablado de ejercicios lúdicos, y no de resultados lúdicos. Se trata, sea el objeto que sea, de un proceso deconstructivo guiado por el disfrute y la investigación persistente. Pero el resultado, el prodigio finalmente construido, es de una conmovedora y áspera fuerza poética.
Wifredo Díaz Valdez no es un creador capaz de inmiscuirse en las grandes espesuras teóricas, fenómeno casi abrumador en buena parte de los protagonistas conspicuos de la contemporaneidad latinoamericana. Sin embargo, su obra está sustentada en un discurso visceral, entrañable, vivido y aprendido en las poco amables destemplanzas del medio rural uruguayo, específicamente, en el departamento fronterizo de Treinta y Tres. Que trata de nutrir ese discurso sabiendo hacer de las carencias hallazgos prodigiosos; de lo desechable, una fuente creativa constantemente remozada. Lejos de los herméticos laboratorios de la alta erudición artística. Cerca, muy cerca, de una vitalidad olida, palpada, aún digerida. Sin perpetrar los facilismos de un populismo malamente antropológico. “Todo el mundo quería saber cuál había sido mi escuela. Fue un proceso muy largo, un proceso de vida. Ahora, con la distancia, uno puede resumirlo y comprimir el tiempo, y entonces aparece como algo espontáneo, como si de repente se hubiese prendido la luz. Pero no, no se prendió la luz. Aquí no hay nada genial. Lo que hay es mucha dedicación, mucha perseverancia, mucho trabajo”, afirma en el mencionado reportaje. Más adelante, puntualiza: “Para esta tierra que yo piso, eran mucho más auténticas las piezas que tenían su origen estético en el campo. Ésa era una forma de buscar una identidad”.
Recorriendo la impecable selección de piezas, jerarquizada por un austero y aireado montaje, se perciben claramente esos presupuestos creativos. Lentamente, se tiene la sensación de que Wifredo Díaz Valdez es uno de los creadores uruguayos de identidad más nítida. Sin grandes luces prendidas de manera operística. Con el lento y sabroso desgranar de los días, de toda la utilería que ha acompañado la travesía de esos días. Con la magia, capaz de convertirla en una fascinante instauración de prodigios.
NOTA
1. Wifredo Díaz Valdez: Construir deconstruyendo. Museo Daros. Zúrich, Suiza.
ALFREDO TORRES
Profesor jubilado de la enseñanza pública, teórico de arte con actividad en centros privados.

