La reciente exposición de Víctor Lucena, realizada entre el 29 de mayo y el 17 de julio, marca de algún modo el reencuentro del artista con el público venezolano, después de veinte años sin mostrar su trabajo en nuestro país. Él siempre ha contado con una audiencia atenta e interesada en su obra, consciente de la importancia de su trabajo en el ámbito internacional. Por estas razones, la muestra se constituyó, desde la fecha de apertura, en un lugar de encuentro entre conocedores de su obra y el mundo cultural caraqueño.
Lucena pertenece a esa generación de creadores que a mediados de la década de los setenta, en plena euforia de los intensos procesos de cambio que se dan en el universo de las artes plásticas, descubre, en dos vertientes distintas, el Minimal Art y el Neoconstructivismo, pero coincidentes desde lo conceptual: el espacio de creación en él que decide actuar. Allí centra su atención y afirma su necesidad de hacer arte, diseña el camino por seguir y construye la obra que lo identifica y le da reconocimiento como uno de los venezolanos más comprometidos internacionalmente con la causa del arte como proceso cognoscitivo, que le ofrece al espectador la posibilidad de comprender, de un modo más amplio, el mundo que lo rodea.
En la exposición de La Cuadra, Lucena exhibe una obra que no propone novedades ni cambios significativos en relación con su trabajo anterior, sino que, por el contrario, se presenta como una continuidad en el tiempo que tiene en consideración su experiencia de más de treinta años de investigación y creación en el tema del espacio, y de manera particular se relaciona con su obra expuesta en el Museo de Bellas Artes, en 1989. En ese sentido, el artista comentó: “Los planteamientos de esta exposición son los mismos que vengo proponiendo desde mis inicios como artista, sólo que han venido sintetizándose”.
Se trata de una búsqueda que también se ha complejizado y profundizado con la incorporación de nuevos conceptos y teorías como lo es la del Space Shock, que en términos amplios podemos entenderla como el de las interpretaciones del espacio que resultan de situaciones antagónicas o encontradas, y que desde lo expresamente visual se fundamenta en las distorsiones perceptibles de la linealidad y el volumen.
La mayoría de las obras expuestas son de carácter bidimensional, realizadas en láminas de materiales como aluminio, bronce y cobre, con las que artista construye una suerte de instalaciones bidimensionales en las que contrapone la regularidad de las formas ortogonales clásicas: el cuadrado y el rectángulo, a las formas circulares y elipsoides, y propiciando percepciones ambiguas, en la medida en que crea cortes y dobleces que abren la posibilidad de incorporar los muros del recinto a la dialéctica de la obra. En las realizaciones sobre papel, este recurso de estimulación de la visualidad es tal vez menos intenso que en las anteriores, pero igualmente sugerente y estimulante del fenómeno perceptivo, en cuanto se fundamenta en el uso del color y la organización sobre el soporte de las formas que configuran la obra.

La obra que podríamos considerar como la protagonista principal de la exposición es Space Shock Dimensión N, 1986-2011, realizada en materiales diversos y conformada por dos piezas: un gran círculo en aluminio de 220 cm de diámetro situado en medio de la sala, y otro componente integrado por dos triángulos rectángulos, exactamente iguales, unidos por uno de sus vértices pero dispuestos en planos diferentes (vertical y horizontal), hecho que crea la percepción de una forma tridimensional que no es tal; es sólo un artificio conceptual que desarticula por momentos la racionalidad del espectador. Ambas piezas juegan a una suerte de unidad y desencuentro en el espacio, conforme a su disposición, y en la medida que el espectador se desplaza por el lugar, cambiando dramáticamente su aspecto de figura plana a forma tridimensional. El círculo perfecto, desde la mirada frontal, incorpora visualmente los dos triángulos, y desde otra posición se distiende para convertirse en una elipse, propiciando variaciones, a veces imperceptibles entre una forma y otra. Este es, tal vez, el ejemplo más evidente de ese concepto del Space Shock que Lucena ha incorporado a su obra.
Se trata de una exposición cuidadosamente concebida por el artista, que se “acomoda” de manera armónica a los espacios de la galería, un conjunto que es producto de una profunda reflexión, del amplio conocimiento adquirido por el creador y de su aguda mirada del arte, así como de una clara comprensión de su finalidad. Parafraseando el comentario de Umbro Apollonio sobre la obra de Lucena, podemos expresar que su obra es lúdica desde una voluntad reflexiva e igualmente desde la comprensión irónica del hecho perceptivo.
FREDDY CARREÑO
