Exposición Individualdic 2011 - feb 2012· Por Elizabeth A. Watson

Rubén Ortiz-Torres

Museo de Arte de San Diego

Tres autorretratos de Rubén Ortiz-Torres, de finales de los ochenta, que revestían una cerrada curva que llevaba al espacio principal de la exposición, definían su carácter autobiográfico. El artista colaboró con el curador Amy Galpin para presentar 44 obras, que incluyeron pinturas al óleo y aguadas, bocetos a lápiz, nuevas impresiones fotográficas y dos videos creados a partir de negativos y película Súper 8 del período. Las obras estaban agrupadas por medios y temas en el espacio principal; en un pasillo contiguo un video y siete fotografías en blanco y negro formaban una ordenada fila.

El título de la exposición, Portrait of the Artist as a Young Man, presentaba la novela autobiográfica de Joyce como apropiada piedra de toque para examinar el panorama del exitoso desarrollo del artista entre 1983 y 1992. La orientación tradicional de la enseñanza privada que recibió y los estudios de arte que realizó en la UNAM de Ciudad de México eran evidentes en los desnudos, los retratos, los paisajes, los temas mitológicos y el simbolismo católico de la muestra. La selección de obras tempranas no dejó dudas sobre su dominio de la fotografía y la pintura al óleo ni sobre la carácter experimental de sus incursiones en el cine.

Exposición Individual: Rubén Ortiz-Torres — imagen 1
Rubén Ortíz Torres. Aura (Retrato de Natasha), 2011. Fujiflex (negativo, ca. 1992).

La aptitud de Ortiz-Torres para las fusiones sugestivas aparecía en estas primeras obras como un conflicto creado por su reafirmación de la propiedad contemporánea sobre temas conservadores. Por ejemplo, pequeños desnudos ejecutados con fluidez en gouache estaban acentuados con una rociada de pintura plateada o con elementos de un Letraset. El video Leda y el cisne (2011) mostraba a una mujer con ropa normal parada en una tina mientras dejaba caer plumas sobre sí misma. Un macho andrógino, sin camisa, aparecía como Zeus, una extraña personificación con pantalones bombachos y cabello teñido. Aunque la imagen se derivó de un mito clásico, el rudimentario montaje sobre el techo de una residencia hacía que se viera inesperadamente mundana.

Mientras que el protagonista irlandés de la obra de Joyce sufrió por la imposición de la lengua inglesa, Ortiz-Torres adoptó la forma musical británica del punk rock en la década de 1980. A pesar de que para la época los conciertos de rock estaban prohibidos, varias fotografías nos recordaban la activa escena del punk rock de Ciudad de México. Sobre una pared había grandes fotografías en blanco y negro, incluida una imagen espléndidamente texturada de un grafiti de 1984 titulado A, que sugería que la convencionalidad del anarquismo fue la base para el arraigamiento del punk rock. En retratos más pequeños y desordenados, el artista captó a diversos amigos con atavíos punk, rodeados de botellas de Peñafiel, una máquina de café o paredes decoradas. Una de las pocas fotografías a color mostraba a un hombre no identificado, con una camiseta para conciertos, parado en un cementerio al atardecer. La imagen, recortada de tal forma que no podíamos ver el rostro del hombre, lo mostraba flanqueado por una tumba elevada y adornada con flores frescas. La camiseta, que proclamaba a "The Clash", conllevaba sonido, mientras que definía el encuentro de lo tradicional y lo moderno.

En la historia de Joyce el escritor alcanza la madurez después de dejar su ciudad natal. Ortiz-Torres salió de Ciudad de México en 1989 o 1990 para asistir a Cal Arts. Flanqueando una entrada abierta de la galería principal, dos óleos creados en Los Ángeles después de su llegada transmitían su experiencia de la migración como una brecha corpórea. Al lado izquierdo, el retrato Passport mostraba la mitad de la cara del artista con las caras de otros compañeros de clase extranjeros ensambladas para componer la otra mitad. Al lado derecho, Passage representaba a la artista Daniela Rossell con una cortada en la parte superior del brazo, una herida que sufrió la antigua novia del artista justo antes de que él se fuera. Aunque Passport sugería una conciencia compartida con otros que han dejado atrás sus países nativos, las dos pinturas transmitían una pérdida de coherencia personal demostrada en términos físicos.

A diferencia del alienado protagonista de Joyce, el joven Ortiz-Torres se benefició de un círculo artístico de Ciudad de México que tenía ideas afines. Páginas de un cuaderno exhibían bosquejos a lápiz de Diana Hardwicke, Carlos Amorales, Carlos Arias y Gustavo Marcovich, quienes le sirvieron de inspiración y le brindaron apoyo al estudiante de arte. Ellos y otros procedieron a formar una especie de diáspora en ciudades como Los Ángeles, San Diego y Tijuana, donde, junto con Ortiz-Torres, continúan produciendo películas, arte, música y exposiciones.

Una repercusión de haber dejado el capullo de Ciudad de México se sugería en su fotografía de Natasha Fuentes tomada en Londres en 1992. Sentada junto a una pintura que mostraba una cabeza sin cabello, similar a su corte al rape, ella imitó la sobresaliente mandíbula inferior de la figura. Fuentes, que falleció en 1995, parecía identificarse con una imagen de México en el exterior. El título de la fotografía, Aura, tomado de la novela de Carlos Fuentes de 1962, brindaba otra base para interpretar las obras de la exposición. Al encarar la mortalidad, Aura proponía el retrato fotográfico como un registro inmutable de una juventud desenfrenada; desenfrenada en términos del amor pero también en el sentido usual de liberarse.

ELIZABETH A. WATSON

Rubén Ortiz-Torres, por Elizabeth A. Watson | artnexus