Luciendo su monocromatismo, y como si de fotografías se tratase, la obra reciente de Reynerio Tamayo juega al paisaje. El artista ofrece al espectador visiones desconcertantes donde parodia la geomática, en su estudio de la superficie terrestre. Sus aproximaciones aéreas componen un texto narrativo que se aleja de la interpretación científica de la geografía, en favor del humanismo que trazan los cuerpos de esas metáforas suyas, que toman del arte, la historia y múltiples asuntos de actualidad, al protagonizar los segmentos de su serie Ojo satelital.
Doce pinturas de gran impacto visual fueron reunidas en galería Habana, a propósito de la muestra La tierra comprometida. Vistas como enigmáticas sentencias, eran particular aviso en relación con más de un atolladero que tiene ante sí el mundo contemporáneo. Mediante la reescritura formal del arte pop y a partir, sobre todo, de la apropiación paródica del lenguaje de Google Earth, Tamayo replicaba con sus fabulaciones esa cultura visual global de la que participamos en el presente.

Un sentido manifiesto en la muestra fue su reverencia a la creación. Resultaba así con La Gioconda; primero, en Laguna interior, al reproducirla integrada al trazado urbano de Venecia. En Península, por el contrario, representaba al emblemático ícono creado por Leonardo da Vinci como negativo fotográfico, en estructuras urbanas de Florencia, lugar de origen del Renacimiento y relevante centro histórico, artístico y económico. El último día de Jackson Pollock es un homenaje a la abstracción. La cita, tomada de Google de donde está la casa del artista, fue mezclada con una interpretación del accidente automovilístico en que perdió la vida. En aquella superficie all-over, Tamayo alcanzó a sintetizar la personalidad de Pollock, su proceder gestual y emotividad; mientras que Harakiri encarnó su admiración por la cultura japonesa. El quimono era el centro financiero de Tokio, y la sangre del suicida, el archipiélago japonés, en un fondo semejante a la pintura sobre biombos, mientras que la escena recordaba antiguas xilografías.
Sus comentarios sobre tópicos locales tuvieron su centro en Habana, acompañada de Sexos opuestos, Mito y realidad y Nostalgia. Habana fundía urbe y bahía, reconociéndoles su rol en la historia de la nación: significado político, peso económico, distinción en la identidad y la cultura. Urbe hembra, dama seductora, madre. A ella iban los barcos como células sexuales masculinas. Su ronda, al igual que la apretada cuadrícula urbana elegida para representarla, reproducía el latir metropolitano complejo y sobresaturado del que participamos.
El peso del conflicto geopolítico entre Cuba y Estados Unidos fue convertido en metáfora erótica, en Sexos opuestos. La Habana, con su bahía, y la península de Florida, al ser aproximadas, sintetizaron intereses contrapuestos. Hembra y macho, las partes en oposición fueron, más que una época precisa del conflicto, un antiguo e histórico anhelo de posesión, unido al deseo de superar distancias físicas y espirituales.
En Nostalgia, Cuba, como una banda nubosa, transitaba sobre Florida, próxima a Miami, destino de diferentes oleadas migratorias, reflejo de la añoranza de quienes no viven en la isla. En otra dirección, las estructuras hoteleras de Varadero, en Mito y realidad, dibujaron al Che de Korda, idea que traducía el momento en que el artista descubrió por primera vez la icónica figura convertida souvenir. La imagen incorruptible de Guevara contrapunteaba con realidades económicas contrarias a su altruismo, desinterés y renunciamiento.
Con La playa, Tamayo reveló su inquietud por el destino de la humanidad. Una boca dispuesta a devorarlo todo refería el forcejeo en la dualidad desarrollo/subdesarrollo, la violencia que resulta del trato entre las pequeñas naciones y economías y los países del Primer Mundo. En su juego de sombras, Bombardero remedaba la proyección sobre tierra de las aves de rapiña, y, así, el pájaro metálico con cuerpo de aeronave militar (similar al B-52F) anclaba en el presente un futuro de exterminio.
La isla de los vivos, como una moraleja, ofreció otra perspectiva del paraje ideado por Arnold Böcklin en La isla de los muertos. El interior de aquella ínsula, ahora en vista satelital, era un paraíso del confort, y si el paraíso es una promesa luego de la muerte –parecía decirnos Tamayo–, sería alentador alcanzar esa belleza en vida con un entorno sano, y no con el infierno que el hombre se viene regalando como depredador.
El móvil principal de estas reflexiones de Reynerio Tamayo es el compromiso con un mundo sostenible. Su estrategia, forjada en consecuencia con el ensanchamiento del área de consumo de la información, no oculta su propia fascinación, y tampoco, el gusto por el sorprendente imaginario que de ello resulta. Sin embargo, desnuda –velada, pero sentenciosamente– la sobrecogedora dependencia del computador que tiene el hombre actual. Le inquieta esa realidad sustituta con que el individuo se alimenta a solas, pese a saberla vía de socialización. Teme por esos náufragos que somos –como nos definió Stefanía Mosca– del emponzoñado mar de la información.
CLARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
