El escultor argentino Pájaro Gómez está exponiendo en la galería Laura Haber un conjunto de quince esculturas de reciente realización y, en un ámbito un poco separado, dos obras de 1989.
Resulta interesante confirmar que, a través del tiempo, los factores cualitativos que definieron su relevancia como escultor no sólo se han sostenido, sino que han alcanzado madurez suprema.
Pocos escultores como él organizan el ámbito de su exposición concebido como un todo, desarrollando ideas –en líneas explícitas e implícitas– que continúan de una a otra obra.
La energía asume un protagonismo avasallante en las obras de este artista, el cual se sirve de un mínimo de elementos para una carga máxima de tensiones.

Nada es visualmente estático en ellas: ni los volúmenes, ni las coordenadas, ni los giros posibles de las articulaciones, que difícilmente se agotan en una dirección, sino que recurren a distintas posibilidades de movimientos en el espacio.
En su vida personal, antes de practicar arquería pasó horas percibiendo táctilmente la tensión del arco. Lo obsesionaba esa fuerza contenida a la que le costaba desencadenar para llegar a un objetivo.
De esa experiencia permaneció en él la necesidad de cargar de energía la materia, y también una serie de trabajos con alguna referencia a la forma de ballesta.
Además, tienen una formidable carga energética la forma triangular y el ángulo agudo, de constante recurrencia en él. Triangulares son las puntas de las flechas; los planos se conjugan formando ángulos agudos; los tensores dibujan triángulos sobre las superficies vítreas. Como decía Kandinsky, el ángulo agudo es más tenso, más cálido, y sumamente activo.
Se crea así un espacio en el cual se percibe una energía latente que lo recorre suscitada por las formas y la alusión a las armas antiguas y a las herramientas.
Como desencadenador fundamental de esa inquietud, actúa la inestabilidad de las obras, siempre estructuradas con base en diagonales, desniveles, equilibrios circunstanciales.
Es muy interesante ver cómo utiliza la escultura metálica evadiendo los parámetros tradicionales del constructivismo, así como concilia el peso del metal con la liviandad aparente del vidrio.
Sus obras parecen tener siempre un carácter ingrávido, liviano, llenas de fuerza y elegancia, debido a la estructuración de sus articulaciones móviles o a los planos que no marcan oposiciones sino que, por su condición transparente, se comunican, se relacionan sin cerrar, multiplican la mirada. Los tensores que desmaterializan al máximo su presencia contribuyen al vuelo de la imagen visual.
La energía irradiante de estas esculturas hace que, vistas en conjunto, adquieran un carácter musical por su deslizamiento rítmico.
Es una exposición que marca la presencia de uno de los escultores de primera línea en este momento en Argentina.
NELLY PERAZZO
