Para Nelson Leirner, la creación devela un amplio, variado e incierto panorama de imágenes que la vida establece y elabora como recurso para nuestra supervivencia.
Provocar, subvertir expectativas, barajar los niveles de comprensión y, decididamente, invertir en el humor cotidiano son la tónica que mueve la poética visual de este maestro de las asociaciones.
La muestra Nelson Leirner 2011-1961 = 50 años, presentada en la Galería de Arte del SESI, en São Paulo, reúne, en un ambiente caleidoscópico, un sinnúmero de esas asociaciones ideadas por el artista en el discurrir de cinco décadas.
En medio de los períodos de la muestra organizada por la curaduría, la convivencia con la producción reciente del artista resulta acentuada en cada lugar de invención creado para pensar las crónicas de lo cotidiano.

Entre pinturas, objetos e instalaciones, el visitante recorre, en cada ambiente del espacio expositivo, las estrategias de un creador ácido, necesario para lo contemporáneo, agente de muchas narrativas.
La operación quirúrgica de profundo corte, que mueve al artista en el coleccionismo de la cultura de masas, es marca e itinerario de muchas inquietudes estéticas legibles en la curaduría de Agnaldo Farias.
De acuerdo con la propuesta del crítico de arte, la muestra que celebra la vitalidad de Nelson Leirner, ese creador incansable, está compuesta por tres momentos de una poética visual en permanente actividad: “obra […] considerada como una de las más provocadoras en la historia del arte brasilero, con trabajos iconoclastas, fundamentados en el persistente desmontaje de la noción de arte”.
Desde mediados de los sesenta, Leirner deja la pintura y se torna un atento oyente del potencial de los objetos industrializados. Su audición fluctuante sigue los ecos de las poéticas dadaístas.
Actuando como agente activo en cada encuentro promovido por el acaso, el artista se dedica a buscar objetos variados e insistentemente enmaraña el sentido de la comprensión usual de lo cotidiano.
Entre las obras expuestas, seguimos la trayectoria de un momento específico –entre 1965 y 1994–, mediante un registro contundente, que se opuso a la violencia instituida en el país después del golpe militar de 1964.
En ese recorrido encontramos la obra titulada Ud. hace parte II, 1964 –construida en acero cromado, espejo y madera recortada con dieciséis cerraduras y quince llaves–, que revela la alteración de la norma: un recorte abierto, cerradura sin llave, vacío calculado, mientras el fondo refleja el rostro del espectador que se reconoce como protagonista en la crítica al momento político vivido en el país.
¿Cuántas veces en su trayectoria Leirner cuestionó el statu quo del ambiente artístico, confrontó lecturas cómodas y prosiguió su lucha política, estableciendo frentes de combate?
La muestra conocida como Exposición-No-Exposición, el montaje de la clausura de una galería de arte, en São Paulo, en 1967, puede ser interpretada como una estrategia ideada por el artista para subvertir las expectativas.
El cierre de la Rex Galería –espacio abierto por Leirner y un grupo de amigos (Carlos Fajardo, José Resende, Wesley Duke Lee, y otros) para cuestionar el sistema del arte– culminaba con la apertura de una muestra del artista en el mismo espacio, prevista como acto de resistencia política y conceptual.
Ante la repercusión del montaje, en el ambiente artístico de la época, el acontecimiento ganó importancia entre los miembros de una generación que no creía en el sistema artístico imperante y proponía la incorporación de poéticas de proceso.
Leirner rindió testimonios, en medio de realidades construidas por el deseo consciente e inconsciente de convivir con la imagen, sobre algunos aspectos de la precariedad de lo contemporáneo.
El uso constante de stickers en sus obras –sellos autoadhesivos que contaminan especialmente el imaginario infanto-juvenil– incorpora asociaciones fértiles en su poética visual.
En su emblemática muestra de coleccionismo visceral, la inédita instalación Hobby (Uno, ninguno y cien mil), 2011, realizada por el artista a lo largo de los últimos quince años, reúne soportes de toda clase –invitaciones, postales, billetes, revistas, libros, estampillas, fotografías– con las marcas y las cicatrices de una apropiación reinventada por el collage de los tales stickers.
Cada pieza, cada soporte –ya sea una invitación para la apertura de una exposición de arte, o una tarjeta postal–, recibe una intervención calculada –uno o más stickers–, como señal que libera la imagen y le permite al espectador, convidado por el artista, contar sus propias historias.
Como en la obra de Luigi Pirandello, Vitangelo Moscarda, el protagonista de Uno, ninguno y cien mil, puede ser resultado de la “coexistencia de los opuestos”, de ese dato ineludible, de ese destino repleto de maniobras que ciertamente desconocemos.
En su instalación más reciente, Nelson Leirner exhibe una vez más la vida, esa enorme vitrina que recibe las piezas de su coleccionismo y muestra, de hecho, algunas reglas del juego de la naturaleza humana recreada.
CLAUDIA FAZZOLARI
