La obra de la artista Cristina Canale revela una legítima libertad. Es libre, porque se mantiene fiel a su propia escogencia: la pintura. Y legítima, porque tiene un compromiso permanente con la investigación estética y con la construcción de un trabajo vigoroso y coherente, inserto en el largo recorrido histórico del arte occidental. Hace más de treinta años esta carioca que vive y trabaja en Berlín viene delineando una obra singular, dedicada casi exclusivamente al oficio meticuloso de la pintura, a contracorriente de los lenguajes contemporáneos, en gran parte vinculados a las nuevas tecnologías y los soportes diferenciados. En las telas presentadas en la exposición Sin palabras, que tuvo lugar recientemente en la Galería Nara Roesler, en São Paulo, Cristina Canale muestra cómo combina color y línea, materia y figura, para crear un universo a la vez sereno e intenso. Sin pretensión de originalidad, pero con extrema cohesión de lenguaje y repertorio, su trabajo revela, sobre todo, la autenticidad de la belleza.
Esta ha sido la baliza poética de la artista que, en 1984, participó en la muestra “¿Cómo va Ud. Generación 80?”, en Río de Janeiro, referencia fundamental para la comprensión de las artes visuales en aquella década. En este evento, Cristina ya ponía de presente su preferencia por las posibilidades plástico-cromáticas de los colores al óleo. Sus pinturas eran matéricas. Hasta sus dibujos tenían peso y materialidad. La artista, que hacía parte del grupo de jóvenes alumnos de la Escuela de Artes Visuales del Parque Laje que integraba la exposición, se convirtió en uno de los nombres más importantes de la generación que apostaba por el resurgir de la pintura en Brasil.

Como algunos de sus colegas, Cristina Canale creó obras en que sugería matices del Expresionismo Abstracto por medio de espesas capas de color y grafismos gestuales. En este período su obra tiene semejanzas con las de Arshile Gorky (1905-1948), Jackson Pollock (1912-1956) y Philip Guston (1913-1980). En los años 1990, la obra de Cristina Canale todavía se nutría del Neoexpresionismo alemán, influencia acentuada en sus primeras incursiones por Europa. En 1993 ganó la beca de artes del Estado de Brandeburgo para realizar actividades en el Castillo Wiepersdorf. Y, en seguida, la beca del Deutsche Akademischer Austauch Dienst (DAAD) (Servicio Alemán de Intercambio Académico), para estudiar hasta 1995 en la Academia de Artes de Düsseldorf. Actualmente, la artista conserva un taller en Río de Janeiro, pero optó por Alemania como sitio de residencia.
Entretanto, si el gran gestualismo y las capas de colores fueron la característica del inicio de su carrera, cuando llegaba hasta depositar los pigmentos directamente con el tubo de color sobre la tela, posteriormente Cristina Canale filtró los excesos. La Generación 80 pasó, pero su obra se mantuvo. Después de un largo proceso de refinamiento, que todavía transluce hoy en el “conflicto armonioso” entre figura y materia, entre volumen y contorno, su obra llegó a la etapa actual con coherencia y vigor. El color se puso de su lado, es más, se tornó esencial para crear situaciones espaciales e integrar figura y materia en un mismo conjunto formal.
Manchas, líneas, luces, transparencias y superposiciones ocuparon el espacio antes modelado por la pasta pictórica. Con la técnica de los colores acrílicos, la materia ganó fluidez. Siempre hay áreas en blanco que confieren brillos puntuales y el equilibrio del conjunto. Paisajes, retratos, escenas cotidianas, se convirtieron en temas recurrentes que puntean su relación con la Historia del Arte, en términos técnicos y simbólicos, dándole un sentido secular a la posición de su trabajo. Se pueden descubrir semejanzas con el imaginario tropical de artistas modernistas brasileros como José Pancettti (1902-1958) y Alberto da Veiga Guignard (1896-1962), y con maestros europeos de fuerte impronta cromática como Henri Matisse (1869-1954) y Paul Gauguin (1848-1903). Especialmente Matisse, que en la obra de la pintora subyace en los arabescos profusamente coloreados, como en la tela Detalles (2011), en la que apenas la cabeza de una niña, de espaldas al espectador, muestra una enorme profusión de detalles.
La misma levedad dada a la plasticidad de las telas puede comprobarse en las temáticas escogidas para los trabajos más recientes de la artista. Son escenas cotidianas, como retratos de personajes situados en ambientes interiores poblados por muebles y papeles de colgadura de color. Un abuelo orgulloso con su nieta, un gato promiscuamente echado en el piso, un perro con su mirada profundamente fiel y vacía. Algunas telas presentan apenas los escenarios, y no los personajes, como si estos hubieran abandonado el lugar poco antes. Así, poltronas solitarias y piscinas vacías aparecen para señalar la trascendencia prosaica y silenciosa del cotidiano.
Cuando los cuadros están más “poblados”, como la tela Vecinas (2011), en la cual se retratan tres mujeres, los rostros se deshacen en manchas blancas, los otros elementos se geometrizan, dando una armonía cadenciada, en una síntesis que también parece sacralizar la banalidad. En el trabajo de Cristina Canale hay, sobre todo, una mirada femenina, dócil y sensible. La exposición Sin palabras presentó obras que enfocan exactamente este universo. Se trata de una visión que contempla las cosas pequeñas como si fuesen únicas y finales. Un amor dedicado a lo cotidiano, a las personas y a la intimidad. Así, sus pinturas –por ser pinturas– revelan no solamente la nostalgia del objeto estético, sino también la saudade de una belleza perdida, de la calma y la vida interior que ya no caben en este ruidoso mundo.
ALESSANDRA SIMÕES
