Después de varios años de ausencia de los espacios expositivos de Buenos Aires, pues partió a Europa largo tiempo atrás y luego se instaló en Brighton, Inglaterra, Claudia Fontes realizó la exposición El sonido del árbol caído en Ignacio Liprandi Arte Contemporáneo. Y, justamente, el contenido de la propuesta tiene que ver con miradas desde estas tierras –América Latina– hacia aquellas –Europa–, y viceversa, en un juego poético que no deja de incluir el dolor de las migraciones de un continente a otro y el dolor del estado del mundo en el presente.
No podríamos, sin embargo, decir que la muestra para la cual instaló cuatro situaciones diferentes en cada uno de los ambientes de la galería tuvo un contenido meramente biográfico. Si algo de ello hubo, fue porque tocó una fibra más abarcadora, colectiva, y que yace en la profundidad inconsciente. En la primera sala, la imagen bordada de un ciervo con gran y desproporcionada cornamenta, que, según el texto de Gabriela Salgado, evoca aquellos repetidos trofeos, en la mayoría de los casos sólo ornamentales, de tantos hogares de estas latitudes. Un modo un tanto impostado de evocar los lazos de un origen europeo –tanto de esa especie de cérvidos del hemisferio norte como de los orígenes de la población inmigratoria– en estas tierras subtropicales. A través de los efectos transmutatorios del arte, Fontes revierte esa acción seudoburguesa en casi un mito. Pero, la figura protagónica en ese ámbito de ingreso es, paradójicamente, la pequeña escultura blanda negra de un ciervo recién nacido, con la particularidad de que una cantidad de largos hilos también negros –cordones umbilicales, según Salgado– se derraman por el piso y parte de la pared. Es cuando se ha percibido este primer conjunto que el espectador con estas mínimas señales se siente dentro de un clima de ensueño. La artista nos ha conducido a terrenos simbólicos.

En la sala contigua, un dibujo se delinea en la pared, trazado por hilos que se confunden con el mismo grafito; luego bajan. Se trata del árbol al cual refiere el título de la muestra. Los hilos se entraman en una instalación en donde aparece nuevamente la figura del pequeño ciervo, y ramas rotas que cubren en su conjunto el piso de la sala. A través de esta iconografía la artista nos condujo de manera directa al vínculo entre el ciervo y el árbol de la vida, presente en varias tradiciones. “Simboliza la fecundidad, los ritmos de crecimiento y los renacimientos”, nos dicen Jean Chevalier y Alain Gheerbrant en su Diccionario de los símbolos. Agregan, además, que “el ciervo es el heraldo de la luz que guía hacia la claridad diurna”; curiosa y paradójicamente, las figuras del ciervo son negras. En esta sala es donde se encuentran entonces el intercambio y asimilación entre el mundo animal y el vegetal, que hunde sus raíces en el mundo mítico que subyace al humano que habitamos.
De un mundo íntimo e interno se pasa a una gran sala donde se yergue Montaña, única escultura construida por mil cuatrocientas varillas de delgadísima madera de pino, en cuyo coronamiento se lee la frase: “El momento del derrumbe revela puntos claves de la construcción”. Iluminada con dos haces de luz circulares, la estructura proyecta su sombra en una pantalla blanca. Casi sincrónicamente, esta parte de la exposición parece traer la narración al presente de este año 2011 de sismos económicos y sociales en Europa y países siempre considerados como fuertes. Sin embargo, se vuelve nuevamente en la última sala al mundo del ensueño con Training, un video filmado por la artista en un parque de Brighton, cerca de su casa. El bosque, sus fuertes árboles, la llovizna y un perro que salta y juega. A éste se le delega la investigación del lugar, y la artista lo convirtió en camarógrafo. Y, nuevamente, la simbiosis, naturaleza, especie animal y humana, se ubican en paralelo. Y, finalmente, una pequeña escultura de porcelana blanca en un rincón, un niño y un perro, en actitud de juego y simpatía, cierran el círculo.
Los temas de la migración, un país eminentemente colonialista como Gran Bretaña y un país inmigratorio como Argentina, el sentimiento de desarraigo, dan lugar para aludir a un orbe en crisis y el consiguiente vapuleo de las conciencias individuales y colectivas. El arte en un tiempo sin dioses, como invocaba el título de un libro de Jorge López Anaya, recibe, como epidermis tanto sensible como sin reglas fijas, los golpes de los estados de las conciencias contemporáneas. Si es cierto que el arte trabaja con el mismo material que el mito, por carácter transitivo, el arte nos puede señalar la necesidad de volver a ciertos mitos o crear otros diversos para este tiempo, que nos rearmen como individuos y nos reconecten con nuestros núcleos vitales; tal la presencia del pequeño ciervo, símbolo –como se citó arriba– de renacimiento, entre otros.
MERCEDES CASANEGRA
