La coherencia de la obra de Carola Bravo puede percibirse desde diversos puntos de vista: la integración del dibujo y el espacio (dibujo “instalativo”), la consolidación y correlación entre sus recursos expresivos y los materiales (el mármol y la línea), la demarcación de territorios (cartografías imaginarias) y, recientemente, en la muestra presentada en Caracas en la Galería Fernando Zubillaga, el manejo de otros referentes como lo corporal, lo rítmico, y la tradición moderna del arte vista en los Coloritmos de Alejandro Otero.

A primera vista, Carola Bravo parece desviarse del sentido cartográfico de obras anteriores. Esta impresión se debe a que las piezas actuales presentan, formalmente, un sentido más estructural que las topografías irregulares que ha realizado en otras ocasiones. En aquéllas –serie conocida como Cartografías imprecisas– podía sentirse el proceso “invasivo” de las líneas sobre el mármol, extendiéndose a la pared y el techo cuando la artista integra la obra a la arquitectura. Pero en la muestra que nos ocupa –conformada por sus series Estrías, iniciada en 2005, y Listones– no se dan estos trazos en una aparente “deriva”. Por el contrario, existe, en efecto, una demarcación territorial, ya que el espacio y los trazados siguen teniendo rol protagónico, sólo que ahora subsiste una expansión espacial mucho más mesurada. La yuxtaposición de lajas o listones de mármoles intervenidos con el dibujo, dispuestos serial o sistemáticamente uno al lado del otro, ocupa sin duda un espacio, y éstos adquieren sentido si los vemos en conjunto. El resultado, lejos de los anteriores mapas o trazados topográficos, es una suerte de pentagramas ficticios o discursos ilegibles cuyas líneas –unas más intensas, otras menos– producen gradaciones de valor que generan una lectura rítmica visual de fuerte intensidad. A esto se suman el tamaño y el grosor de las láminas, cuyos salientes, también variados, acentúan este efecto de “contrapunteo rítmico”. Esta alternancia de alta, media o baja intensidad de luz en cada uno de los listones, y su disposición en la pared como relieves, son las que establecen la sintaxis de la obra. Se trata de piezas que se sostienen mediante una gramática de tonos, semitonos y diversas intensidades gráficas, basados netamente en el tamaño de las piedras y en el valor, es decir, el mayor o menor grado de luz, de las líneas.
La ausencia del color acentúa estos efectos. Con la sola línea se interpretan las sonoridades de la piedra. Esta cualidad existe en su trabajo precedente como un código visual, especialmente en su serie de mapas. Sin embargo, en estos 'Registros intuitivos' se produce un cambio. Éste se da porque la artista parte de otras motivaciones: los trazos corporales en la piel (las estrías) y los Coloritmos de Alejandro Otero. En el primer caso, una circunstancia personal –la transformación del cuerpo por la maternidad– es seguida como “marca” en la piel, tal como la artista en otros momentos ha seguido las “marcas” de los territorios en sus cartografías. En ambos procesos –en estas Estrías, así como en los mapas– la veta del mármol induce la direccionalidad de los trazos, recorrido que no es más que una metáfora del devenir. En las Estrías, casualmente, la piedra utilizada presentaba vetas verticales. Al intervenirlas con las líneas, se hizo evidente la relación estructural con los Coloritmos de Otero.
Esta relación es posible por la direccionalidad de las líneas trazadas de acuerdo con las vetas del mármol. Sólo que son estructuras similares, pero despojadas de color. Carola Bravo se centra en estas estructuras propiamente dichas. Una pieza aislada presenta en sí misma un ritmo. Al yuxtaponerlas, acentúa la significación rítmica del conjunto. La serie se percibe como un lenguaje cifrado de poderoso impacto rítmico.
Hacer una obra sustentada en el ritmo implica asimismo considerar no sólo al espacio; también al tiempo. Cada una de las series extendidas sobre la pared tiene una lectura rítmica y temporal. Son piezas que se leen como saltos en el tiempo porque presentan variaciones en medio de elementos rigurosamente ordenados. Estas variaciones son las intervenciones lineales que tienen mayor o menor intensidad. Esta “irregularidad” tonal es la que produce precisamente este ritmo visual.
Por otra parte, las piedras condensan una importante carga energética que proviene del ambiente, como también del tiempo. El mármol es una piedra idónea para estas obras, pues su grafismo natural propicia nuevas e ilimitadas significaciones en manos de la artista. Carola Bravo ha utilizado esta rítmica natural para crear una gramática particular que sugiere sonoridades, siendo la piedra a la vez un mineral silente. De allí que se trate de un discurso –pentagrama o texto visual– indescifrable. La piedra, entonces, se torna en testigo inmóvil, a la vez que es contenedora de sonidos. También de historias, de circunstancias.
SUSANA BENKO
