Una característica que siempre he admirado en los artistas y que me ha fascinado por muchos años es el impulso fundamental de hacer arte. Existen veintenas de pintores que pintan todos los días sin haber vendido un cuadro en años; fotógrafos con archivos llenos de impresiones que nunca verán la luz del día; el grabador que publica una serie más de impresiones que nunca se verán. Al haber observado este fenómeno en algunos amigos, durante muchos años, me ha quedado claro que, en muchos casos, no es tanto un impulso como una necesidad: más bien como respirar.
La sugestiva exposición Antonio Manuel: I want to act, not represent!, en la Americas Society, ilustró en forma gráfica esta necesidad primaria de crear, a la vez que planteó una serie de cuestiones profundas con relación al acto de la creación y los posibles efectos de la creación artística sobre una sociedad o una cultura. La muestra, documentada con la publicación, en el mes de noviembre, de un extenso catálogo, estaba enfocada en los años más atroces de la dictadura militar de Brasil, 1968-1974. Fueron años durante los cuales casi todo intento de Antonio Manuel por exponer su obra, ya fuera dentro o fuera de Brasil, era, de algún modo, impedido por el régimen. El artista, a su vez, reinventó la forma en que presentaba obras de arte. No sólo encontró nuevas formas de expresarse sino nuevos sustratos sobre los cuales presentar las obras.

Aunque la muestra se organizó teniendo en cuenta la cronología, la exposición incluyó obras en papel, fotografía, películas y esculturas, y documentación de intervenciones. Este último medio proporcionó, en realidad, un sustrato virtual para toda la exposición, ya que estos actos de intervención fueron los que le permitieron al artista (como se comentó en el comunicado de prensa) “[…] infiltrar activamente un sistema opresivo que estaba impulsado a mantener inactiva la obra subversiva”. Debido a que Antonio Manuel no es ampliamente conocido en Estados Unidos (ésta fue su primera exposición individual allí), el espectador ocasional debía concentrarse por unos minutos para ubicar al artista dentro del panorama del arte de las Américas, y luego, tener un momento de reflexión histórica para reducir el alcance a tiempo y lugar. Una vez hecho esto, las obras ofrecían un admirable resumen de la actividad de este artista durante los años que abarcaban, y forzaban al espectador a extrapolar a partir de allí la influencia de estas obras más allá de Brasil, a finales de los sesenta y setenta. El catálogo se convirtió en un documento vital en virtud de lo poco que se ha publicado sobre Manuel en inglés, aunque fue incluido en Inverted Utopias, de Houston, y en Brazil: Body and Soul, del Guggenheim.
Especial mención merecen las series flan y Corpobra (The Body is the Work), enmarcadas físicamente entre la temprana obra casi lírica hecha sobre papel periódico y la exquisita y subliminalmente violenta Urna Quente (Hot Ballot Box), en el espacio de la galería de la Americas Society. El flan al que se hace alusión aquí es un molde flexible de tipo de imprenta desarrollado en el primer cuarto del siglo XIX, que permitía transferir un tipo plano al tambor curvado que en realidad imprime sobre el papel. La imagen de texto y fotografías sobre este molde es una positiva, es decir, se puede leer como un periódico. Antonio Manuel reunió estos moldes desechados y los intervino resaltando y oscureciendo el texto y la imagen. Entonces, como obras de arte, presentaban fascinantes imágenes visuales y hacían marcadas declaraciones políticas y, en efecto, introducían un nuevo medio. Corpobra estaba en el punto crucial de la exposición. Era una escultura interactiva/con participación del público, que documentaba un momento de performance en el que, después de haber sido eliminado (censurado) por completo del Salón Nacional del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro en 1970, Manuel se desnudó durante la apertura y subió la escalera principal. La escultura presentaba una imagen del artista casi desnudo. Al soltar una cuerda por detrás de la imagen que se encontraba en un cajón, el espectador podía develar al artista como apareció en la inauguración, totalmente desnudo. Este acto dio en el corazón de la exposición: actuar es crear.
La exposición, con obras seleccionadas y curadas con esmero por Claudia Calirman y Gabriela Rangel, tenía mucho más para mostrar e interesar al público, incluidos dos absorbentes cortometrajes y copias de Clandestinos traducidas al inglés, que el público podía llevarse. Hay que elogiar a la Americas Society por haber presentado una exposición que, aunque no necesariamente atrajo al visitante de museos promedio, sí llevó a Estados Unidos a un artista que se rehusó a ser silenciado y que continúa contribuyendo en gran manera a la estructura cultural del Brasil moderno.
CLAYTON KIRKING
