Exposición Individualdic 2011 - feb 2012· Por Julia Buenaventura

Ana María Tavares

Galería Vermelho

Las obras de la exposición Desvíos (de la serie Jeroglíficos sociales) de Ana María Tavares se encargan de revelar, empleando estrategias barrocas, formas de la arquitectura moderna. Esto, frente a un espectador cuya tarea consiste en levantar cada una de las capas que recubren el objeto; bien sea con las manos, bien sea con la imaginación.

Voy por partes. Entre un altar barroco todo cubierto de oro y el muro blanco o desnudo de un edificio moderno existe un juego de opuestos que, al ser opuestos, se atraen. El punto de encuentro radica en que ambos son teatros, pues mientras el primero quiere exhibirse como un ornamento puro –descargado de función–, el segundo quiere ser una función despojada de ornamento. Con lo que, tanto el uno como el otro, terminan por cerrar su campo, trazando un quiebre frente a las cosas mundanas, aquellas en las cuales ornamentos y funciones no estaban separados: las baldosas, por ejemplo, no por contener el agua dejaban de contar historias a través de sus dibujos; así como las columnas, no por sostener los techos, debían dejar sus volutas.

Exposición Individual: Ana María Tavares — imagen 1
Ana María Tavares. Mesa oca, 2011. Metacrilato cristal y acero inoxidable. 85,6 x 70 x 70 cm. (34 x 27 ½ x 27 ½ pulgadas). Edición: 3 + PA. Foto: Flávio Lamenha.

Si en el barroco ganó el ornamento, en la modernidad ganó la función. O el teatro de función, un teatro aún más entreverado que el barroco, pues si ése mostraba su ardid en la pura superficie, el moderno del siglo XX mantiene su ardid escondido.

El primer conjunto de obras consiste en cuatro paneles dispuestos en el suelo y recostados en las paredes del recinto. En formato de rectángulo horizontal, el mismo de las ventanas modernas, estos paneles tienen hojas corredizas que deberán ser abiertas. Sin embargo, la superficie de las hojas, formadas por una cuadrícula de acero, genera cierta extrañeza, pues su desplazamiento no lleva a un exterior, a un afuera (tal como lo haría una ventana), sino, y justamente, a un interior, a un adentro del objeto; a un adentro del muro.

En dos de las piezas –Calypso y Comodoro–, las hojas corredizas son duplicadas, de forma que el espectador habrá de desplazar, ya no una, sino dos capas, para llegar al final del juego: una superficie impresa con figuras de tubos, escaleras, pisos. Tal superficie, sin embargo, en vez de revelar, confunde, pues sus dibujos, que parecen ser hijos de planos (de proyectos), no son más que laberintos. Así, actúan como jeroglíficos, cuyo código se vuelve sobre sí mismo mostrándose puro barroco. Es decir, revelando su artificio.

La quinta pieza de la muestra, siendo de naturaleza diversa, continúa con el juego. La obra titulada Mesa OCA fue concebida sobre el edificio de 1951 de Oscar Niemeyer, la OCA1 y está compuesta por una base formada por parales de acero y veintiséis láminas de cristal (metacrilato) sobrepuestas. Estas láminas, de 70 por 70 de área y 1 cm de grueso, se encuentran “una después de la otra”, tal como le gustaba a Donald Judd, pero el problema surgirá cuando intentemos identificar cuál es la una y cuál es la otra.

Bien, tenemos un objeto compacto, en cuanto da a conocer su profundidad, pero también fragmentado, en virtud de esas láminas, las cuales deberán ser retiradas, levantadas, pero ya no –tal como la hojas de las obras anteriores– con las manos, sino con la imaginación, que es la capacidad de reducir volúmenes, tridimensionales, a imágenes.

Así, una vez el sólido se ha acomodado en la mente, la imaginación comienza su empeño: separar y organizar las planchas, al modo de un mosaico regular formado por cuadros diversos. No obstante, y justo cuando el trabajo comienza, esas partes se rehúsan a ser separadas, pues las fronteras entre las láminas ya no resultan tan claras.

El interior del edificio de Niemeyer aparece ante los ojos: especies de columnas, de pisos y escaleras flotan en el cristal, tal como si levitaran; pues fueron construidos por vacíos en el material, por todo aquello que fue retirado del cristal por medio de cortes de láser. De este modo, justo como un escultor retira pedazos de roca para formar un brazo, Ana Tavares extrae para obtener una forma, pero a la inversa, pues realiza su tarea en el interior de la roca, del cristal. Cosa que es posible porque son láminas, pero láminas que han dejado su carácter de planos, para tornarse en un sólido, es decir, el espejismo de un sólido.

El diálogo con Niemeyer, a quien no le gustan los sólidos, es agudo. Vuelvo sobre la OCA, obra que en un primer momento fue pensada para planetario y cuya sutileza a radica en que se trata de una cúpula que no necesita de base. De esta forma, la estructura no está soportada por ninguna columna, sino que se alza en virtud de un armazón de hierro tan fuerte que consigue ser autónomo; es por esto que parece no tener peso, tal como si, en vez de haber sido construida, hubiera aterrizado en el Parque Ibirapuera, donde permanece hasta hoy. (Y miren la paradoja: es el hierro, símbolo del peso mismo, lo que le otorga esa sensación de levedad).

En la construcción, las columnas mencionadas, los niveles y las escaleras están dentro de la cúpula, pero son independientes; en ninguno de los puntos se encuentran con su estructura. Lo que crea un juego tan increíble como moderno, pues la cúpula, sin ningún tipo de ornamento, limpia de todo contacto con lo terreno, hija de la función, carece de cualquier función, y su única razón consiste en levitar sobre la Tierra.

Ana Tavares se enfrenta a la OCA, la construye: los círculos del subsuelo, un nivel, y luego el otro, y cuando termina todo el interior de ella, le deja al espectador la tarea de culminarla, es decir, le deja al espectador la tarea de levantar la cúpula. Así, el espectador, sumando todo lo que está, avanzando por la estructura, comienza a generarla él mismo: los límites y columnas se comportan como coordenadas, como las instrucciones del juego.

Y es así que ese espectador acierta: la construye, la ve aparecer en el interior del volumen, la ve levantarse sin necesitar soportes, pero cuando ya la tiene lista, la cúpula se disuelve, pues sólo estaba en su cabeza, no en el cristal del objeto.

De esta manera, la cúpula imaginada termina por seguir al pie de la letra esa sentencia de Marx (que le sirviera de título a Berman): “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, pero justamente al revés, porque aquí es el aire, la idea, esa cúpula que no necesita de base, aquello que se desvanece en lo sólido: en el espesor del objeto, en la materia del mundo. Un mundo que no está hecho de ideas y en donde, por consiguiente, los sólidos no flotan, tal como insistían en hacernos imaginar los arquitectos modernos: desde Luis Barragán hasta Vilanova Artigas, desde Villanueva (en alianza con Calder, ¿se acuerda del auditorio?) hasta el mismo Oscar Niemeyer.

NOTA

1. Vale mencionar que en portugués OCA significa “Hueca”, así el edificio es conocido por su nombre popular y no por el oficial: Pabellón Lucas Nogueira Garcez.

JULIA BUENAVENTURA

Ana María Tavares, por Julia Buenaventura | artnexus