El fotógrafo brasileño Valdir Cruz es bien conocido por los retratos de los indígenas Yanomami, Makuxi, Kaxinawa, y otros. Con el mismo ánimo de honrar y preservar que lo ha caracterizado, ha entrenado su lente para captar la naturaleza en las regiones de Bonito y Raizes, en el estado de São Paulo. Patrocinado por el Gobierno en un esfuerzo por documentar árboles en vía de extinción, el artista creó un "bestiario arbóreo" con enormes fotografías en tres tonos.
Promoviendo la ecología a través del arte, su compendio hace alusión a múltiples inspiraciones. Audubon, John Muir, Edward Curtis y Walker Evans son piedras de toque. Ecos de imágenes devocionales tradicionales le agregan una dimensión extra de posibilidad interpretativa.

Árboles extraños, marchitos y retorcidos continúan extendiéndose. Majestuosas, incluso arrogantes, las icónicas reliquias surgen imponentes, impartiendo nociones de sabiduría, perseverancia y complicidad; rasgos humanos, sin duda, pero susceptibles de ser hallados en estos parientes lejanos. Emanando personalidad y resistencia, un torso marcado por un rayo y desprovisto de corteza, se mantiene en pie, contra viento y marea, depositario del tiempo.
Se incluyen varias escenas acuáticas en las que la luz plateada se cierne sobre una laguna de profundidad reflectiva. Bajo la superficie, un banco de peces está detenido en medio de la corriente, en un interminable diseño fractal.
Temas de individualidad y lucha se asocian con un dinámico manejo de forma y tamaño. La restringida paleta concentra el impacto, aumentando la energía y la fuerza a medida que Cruz les imbuye a sus silentes sujetos infinita compasión. Emoción y vida gritan en estas escultóricas imágenes, evocadoramente envejecidas y enrarecidas al ser representadas en blanco y negro. Cruz capta en forma monumental la “cosa ciega” que nos mira fijamente.
En su viaje de más de 16.000 kilómetros, el fotógrafo estuvo acompañado de un pequeño equipo, incluidos un botánico y algunos guías. Uno puede de inmediato calcular la edad de cada árbol y, en forma subliminal, reconocer la distancia recorrida desde la última toma. El tiempo y el espacio se refunden. La épica visión de la búsqueda se hace evidente a medida que cada imagen revela su detalle y singularidad.
La cacería y el heroísmo que conlleva siempre han sido leyenda. Aquí, Cruz cambia la dirección de la primera y redefine el segundo. Estos trofeos dan vida a sus sujetos, en lugar de quitársela.
Aunque el objeto supremo todavía son la supervivencia y la prolongación del tiempo, nuestra relación con la naturaleza debe ser la de nutrir, en vez de la de conquistar. Lo que necesita ser conquistado son las insensibles actitudes de la gente acerca de nuestra condición en la vida. Estas fotografías son un puente vital hacia ese entendimiento; nos reconectan con nuestras raíces.
Manteniéndose fiel a la metáfora de las raíces, James Enyeart escribió en la revista de fotografía Nueva Luz (Volumen 12 #3) que “las fotografías de Cruz revelan que la naturaleza y la humanidad son una sola, basadas en una relación simbiótica de irrefutables consecuencias”.
Metáforas como las raíces están cargadas de simbolismo mítico e inherente reverencia. Cruz ejecuta una hazaña de transferencia, por cuanto da vida a capas de subjetividad, de tal modo que los especímenes son revelados como los personajes de una obra. Es como si el paisaje interior del artista hubiese sido aprehendido e incrustado en la imagen.
Rodeado de pasto marchito, un viejo árbol de Ipê-amarelo se yergue; sus vecinos selváticos hace tiempo se marcharon. Áridos brazos imploran, elevados. Una tira de flores tardías se ha quedado en la copa de las quietas y desnudas ramas de primavera. Las lianas cubren su leñoso tronco. Es un sucinto y noble ícono de la gloria solitaria y sufrida.
El antropomorfismo se detecta contra una retícula de ecuaciones abstractas. Verticales y horizontales, singulares e infinitas, la oscuridad y la luz danzan en tensos duetos.
En una elemental interacción de formas, una Palmeira-imperiale corta de derecha a izquierda en una enérgica franja diagonal. Sobre la alta palmera, un ramillete de hojas brota como plumas en un exuberante tocado. Salen del hundido pináculo con regocijo. Al lado opuesto, en el cuadrante superior izquierdo, una tenue nube se curva, como si estuviera sosteniendo un diálogo parentético. La vertiginosa posición estratégica crea una confusión colgante entre comedia y peligro, entre aislamiento y comunión.
“La mano del artificio ha consagrado la mirada omnipotente”, es el elogio de Lélia Rita Euterpe de Figueiredo Ribeiro en la introducción a Bonito (uno de los dos libros que registran el proyecto de Cruz). La “mirada omnipotente” ejemplificada en estas fotografías nos brinda una ojeada de nuestro yo interior en términos con los que podemos estar de acuerdo.
Por último, Cruz le permite al espectador conjurar la sensación de ser observado. Al activar el campo visual, crea una nueva experiencia de proyección y sensibilidad.
En el prólogo de Raizes (el segundo libro), el autor, Ignacio de Loyola Brandão, demuestra una destreza asociativa en personificaciones de los árboles deliciosamente imaginativas y poéticas. “La palma real brota de la tierra y toca el cielo, convirtiéndola en un gigante cetro real que se impone con majestuosidad”.
Es tentador atribuirles estas características a todos los amigos selváticos de Cruz, arrugados moradores y fornidos gigantes por igual. Dejando de lado la fantasía, bajo la belleza y el misterio, Cruz insiste en la moralidad. Le hace la corte a la profecía mientras registra y dignifica el acelerado acto de desaparición de las especies. Las imágenes, fastuosas y austeras a la vez, nos recuerdan nuestra temporalidad. En las inmortales palabras de Pete Seeger, esta inquietante obra debería ser “un timbre de advertencia”.
JEFFREY CYPHERS WRIGHT
