El Museo del Barrio, con locaciones en Chashama edificio Donnell de la Biblioteca Publica, Socrates Sculpture Park - Queens, Lehman College Art Gallery - El Bronx, Times Square Alliance, Northern Manhattan Arts Alliance y Bric Rotunda Gallery- Brooklyn
Paradojas políticas, vida urbana, compromiso social y lúdicas realidades utópicas son los temas que edifican el argumento de El Museo's Bienal: The (S) Files 2011 en El Museo del Barrio. El tema escogido por los curadores, Rocío Aranda-Alvarado, Trinidad Fombella, Elvis Fuentes, y la curadora centroamericana invitada Juanita Bermúdez, para esta sexta versión fue la calle, un aspecto perceptible desde dentro y desde fuera de cada una de las exposiciones. Literalmente, The (S) Files 2011 toma la calle con un extensivo programa que se inició el 14 de junio de 2011 y terminará el 8 de enero de 2012, presentando la mayor cantidad de artistas y colectivos de su historia (75 en seis escenarios diferentes de la ciudad de Nueva York). Como al momento de escribir esta reseña no todas las exposiciones se han inaugurado, solo comentaré sobre aquellas ya abiertas al público.
Siendo probablemente la exposición más popular del programa curatorial de El Museo, la versión actual de The (S) Files, llega con un año de retraso, debido a la renovación de las instalaciones de la institución. La muestra reconecta directamente a El Museo con sus espectadores inmediatos, los artistas latinos e hispanos de la región. Se podría afirmar que la idea es una versión con cierto enfoque étnico de Artists in the Market Place: The Bronx Museum Biennial, que este año celebra tres décadas de existencia. Es de considerar que desde las tres últimas ediciones de The (S) Files, se ha llevado a cabo una interesante innovación, una exposición a cargo de un país invitado. El foco de este año, acorde con el tono at large que persiguen los curadores, es aún más extenso pues se invitó a la región de Centroamérica, estableciendo un diálogo con la renovada Bienal de Artes Visuales del Istmo Centro Americano; diálogo verdaderamente interesante y refrescante, ya que raras veces es posible encontrar exposiciones que muestren el trabajo de los artistas de la región como un todo.

Chashama en el edificio Donnell, una vitrina en la acera opuesta al MoMA, abrió la bienal. Este ingenioso escenario de gran visibilidad pública ha presentado un interesante despliegue de obras relacionadas con la armamentística. Una enorme acuarela de Armando Mariño, que representa una bomba atómica en la cual crecen hongos, plantea un comentario irónico sobre la fe y uso de este tipo de arma. Alberto Borea, interesado en el tiempo y la historia de los objetos que crea, utiliza como medio un material menos tradicional, mostró una serie de artefactos bélicos fabricados con bolsas de plástico negro; relacionando así el uso cotidiano de bolsas y armas en la realidad callejera. Su obra Rainbow, expuesta en las galerías de El Museo, es un mural que exalta la diversidad: construido con bolsas plásticas multicolores, parece en target, pues se exhibió en el preciso momento en que el matrimonio gay fue aprobado en el estado de Nueva York, días antes del Desfile del Orgullo Gay.
La exposición en las galerías de El Museo no permite a los espectadores distinguir a los artistas centroamericanos invitados, se esfuerza más bien por presentar una museografía temática y establecer un diálogo cohesivo entre las obras. No obstante, un posible recurso didáctico que los curadores hubieran podido utilizar es resaltar la filiación de los artistas en las etiquetas de la exposición, las cuales son bilingües sólo en algunas locaciones. El resultado es una exposición coherente que muestra de manera satisfactoria una extensa perspectiva general de los temas y medios, en que los artistas latinos e hispanos están trabajando, un diálogo armónico a pesar de sus diversos países de origen y de las diferencias generacionales, ya que todos centran su atención en temas estéticos y sociales que les son comunes.
Como una contrapropuesta a la violencia en su nativa Guatemala, Jessica Kairé diseña y crea objetos de guerra en forma de esculturas blandas para hacer que el público se relacione y familiarice con ellos, comercializándolos a través de internet mediante su ficticia compañía CONFORT. Donna Conlon, en cambio, emplea bolsas plásticas de diversos tamaños y colores para explorar el uso y re-uso de objetos y la creación de desechos por parte de la sociedad, a través de un video de una acción cotidiana repetitiva: ir abriendo bolsas que están contenidas unas dentro de otras.

Irvin Morazán se interesa en las mitologías precolombinas de su nativo El Salvador, y las vincula con temas contemporáneos de identidad que sobreviven en los nuevos inmigrantes latinoamericanos. Sus performances tienden un puente entre los rituales mayas y las prácticas de las pandillas urbanas. Los suntuosos trajes utilizados y los videos de las acciones son mostrados como documentación. Identidad, raza y autodefinición son también temas que inquietan a Firelei Báez y Rachelle Mozman, cuyas obras son comentarios, revisiones sobre paradojas sociales actuales. Báez, una mujer afrocaribeña de República Dominicana, se representa a sí misma en numerosos perfiles frontales dorados, con diferentes peinados, en tanto sus ojos son el único motivo que se repite en cada representación. Ella no obstante manifiesta que su intención es evitar declaraciones políticas y etnográficas, pero su ruptura y cuestionamiento de la categorización social actual expresan todo lo contrario. Por otra parte las fotografías de Mozman, técnicamente imperfectas, profundizan en la relación entre posicionamiento social y color de la piel. La misma mujer, su madre, posa como tres personajes diferentes en un ambiente de clase media alta. Cada personaje está definido por el color de la piel y el característico vestuario del grupo social que representa.
Significativo por su uso tradicional de la pintura, de cierta forma raro en el arte contemporáneo, es el trabajo de Geandy Pavón. Su serie de retratos estrujados de presidentes norteamericanos, cada uno amarilleado y envejecido en correspondencia con su época presidencial, deviene un comentario ambiguo sobre el valor de los presumidos ideales políticos estadounidenses, y representa acaso un arribo a la etapa de madurez de su carrera artística. Hatuey Ramos-Fermin utiliza multimedia para explorar las condiciones laborales de las comunidades de taxistas locales de algunos de los vecindarios más pobres y más densamente poblados de la ciudad. Su obra es el techo de un taxi colocado en el piso, al que se le han conectado parlantes que repiten comunicaciones de radio reales entre los conductores y su base. En un monitor un videoloop muestra expresivos testimonios de los conductores, brindando a los espectadores una idea de primera mano de la vida en las calles.

Exponiendo por vez primera en el Museo están algunos de los pioneros artistas del grafiti, los cuales han llevado su obra de la calle al estudio. La invitación a estos artistas, notoriamente mayores en edad que el resto de artistas de la bienal, es sin duda una forma de homenajearlos, aunque esta intención no quede del todo clara. Su presencia se siente fantasmal y críptica probablemente porque sus obras ya no poseen la misma fuerza y energía. El ensayo de Aranda-Alvarado en el catálogo es explícito en detallar aspectos de la historia del grafiti y el relevante papel que estos artistas han desempeñado dentro del género, señalando quizás a El Museo, institución que todavía no le ha dedicado la debida atención a esta forma de arte en la que los artistas latinos e hispanos han sido primordiales.
La exposición en Lehman College Art Gallery, de forma general, reúne obras de artistas que han tomado al arte del grafiti como inspiración. La obra de Gerard Ellis es un claro ejemplo: expone su mundo interior, personalizando sus ansiedades a través de recuerdos de la niñez y usando personajes de la cultura popular. Sacando a flote personajes ficticios creados en su niñez, Sandra Mack-Valencia, los utiliza para exaltar y dar vida a sus experiencias adultas y sus visiones femeninas.
Una voz particular por su interpretación e idiosincrásica exploración formal del paisaje es Leonor Mendoza. Sus deconstrucciones escultóricas tienen una cualidad "femenina", cuando a los mapas les dan nuevas formas y los coloca sobre mesas, listos para ser degustados y redescubiertos. Los excelentes materiales que usa, y la detallada construcción contrastan con la pobreza de recursos que se ven en la exposición. La recesión económica ha sido un reto para la producción de arte, y los artistas han estado considerando el uso de "nuevos materiales" para mantener vivo el diálogo. Se han enfocando, sobre todo, en construir utopías intelectuales, más que jornadas de militancia.
En The (S) Files 2011, la tradición de la bienal sobrevive y se siente robusta, fresca y diversa, como la comunidad artística latina e hispana de Nueva York.
RAFAEL DÍAZ CASAS

