Desde mediados de los años noventa, Román Vitali (Rosario, 1969) comenzó a destacarse en el panorama artístico argentino. Su obra llamó la atención desde un primer momento por un rasgo que la hacía única: intentaba abrirse camino en el mundo de la escultura apelando a una técnica escandalosamente delicada y femenina. Vitali enhebraba cuentas acrílicas de colores como las que usan las niñas para armar sus collares de fantasía. Enhebrando las cuentas en hilo de nailon, el artista construía estructuras semirrígidas que refulgían con el brillo propio del material; creaba pequeñas piezas figurativas o abstractas que comenzaron a imponerse desde su atractiva plasticidad pop. Es necesario señalar que no fue el único de su generación en abrazar -otorgándole un sentido y una dignidad- una técnica ligada al territorio de la artesanía, pero no todos alcanzaron los niveles de sofisticación a los que Vitali llegó, como queda demostrado en cada una de sus exposiciones.

Su más reciente presentación ocupa toda la sala principal de Ruth Benzacar y lleva por título Nieva adentro. Se trata de una suma de piezas que funcionan aisladamente como posibles relatos breves, conformando en el total un relato mayor cuyo guión elude la linealidad y la interpretación unívoca. Cada objeto tejido por Vitali contiene vestigios de un drama real y/o metafórico que podría ocurrir dentro del contexto de un salón familiar: algunas flores se caen de sus floreros (La culpa es de las flores), cabezas humanas cuelgan de las paredes como trofeos (Los cazados I y II), las patas del sofá se sostienen inestables sobre pilas de libros junto a laguitos de sangre que tiñen el suelo de rojo (Caza I y II). Deliciosamente narrativo -una constante que acentuó en su trabajo de los últimos años-, Vitali presenta puestas en escena que recuperan elementos utilizados en sus muestras anteriores, como la secuencia bosque/árbol/tronco, explorando nuevas combinaciones siempre cruzadas por datos de la Naturaleza. Un muñeco de nieve se derrite en un rincón de la sala (Muñeco de nieve), y en otro sector un fuego intenta crepitar sin mucho éxito (Tarde o temprano íbamos a tener problemas con el fuego). Un par de cuadros se vacían de contenido, se vuelven puro marco (Cuadros robados I y II). Es la irrupción de lo siniestro, revolviendo la aparente promesa de confort de un fuego encendido adentro, mientras afuera hace mucho frío. En la mente de Vitali algo se ha trastocado y entonces nieva adentro, los objetos decorativos se visten de escarcha y las personas se visten de fantasma. No hay nada que pueda traer un poco de tranquilidad, ni siquiera el brillo intrínseco del acrílico translúcido con que están hechas las piezas.
Lo que para algunos artistas podría ser un corsé, para Vitali es un trampolín de posibilidades: aferrado a un mismo material año tras año, ha encontrado la manera de complejizar su propuesta, corriendo el límite de lo posible técnicamente (¿cómo representar con materiales sólidos el humo, la nieve, el agua, las chispas que genera el fuego?) y sobre todo conceptualmente (¿cómo contar historias siendo escultor? ¿Cómo lograr que esas historias lleguen al espectador sin apelar a didactismos y evitando provocar lecturas simplistas?). Ajeno al peso de las modas que exigen adscribir a tendencias y movimientos de época, Vitali trabaja, como la nieve de sus últimas piezas, impregnando todo lo que toca y enrareciendo un clima que es más interior que exterior.
EVA GRINSTEIN
