Durante ocho días del mes de junio, los neoyorquinos pudieron optar por someterse a una serie de tratamientos terapéuticos concebidos por Pedro Reyes. Su Sanatorium, instalado en la vidriera de una ferretería con los postigos cerrados, en el centro de Brooklyn, fue el primero de una serie de proyectos a nivel de la calle, encargados por el Museo Guggenheim. Con Sanatorium, una clínica temporal para el estrés, el artista continuó ejerciendo su fértil práctica social, utilizando los contextos artísticos para presentar intercambios entre personas y objetos que perturban los medios habituales de percepción, situándolos de nuevo en los sentidos.
Sanatorium empezaba con una entrevista de admisión. Una atenta mujer, con una bata de laboratorio y una cofia de enfermera, prescribía tratamientos después de evaluar el estrés de los visitantes. Jocosos toques decorativos como la cofia y una brillante "cruz roja" transformaban el espacio en una clínica y nos recordaban que estábamos participando en un proyecto artístico. El grupo de "empleados", compuesto por veinte personas, incluido el artista, usaba batas de laboratorio. Las paredes del enorme salón estaban cubiertas con las blancas tablillas horizontales existentes en la ferretería o con una capa fresca de pintura azul claro. Afiches bien diseñados, relojes redondos de pared y pulcros sitios para las terapias le daban al visitante la sensación de estar entrando en un espacio que, aunque improvisado, era profesional y ordenado.

La belleza formal de los objetos en los puntos donde se hacían las terapias incrementaba la sensación de orden visual. (Había 15 estaciones en el piso principal y una en el sótano). Por ejemplo, un enorme dado, en la estación Philosophical Casino, eran hermosos y complejos poliedros. Sonidos tranquilizadores también llenaban el transformado espacio. Conversaciones susurradas, el claro timbre de un martillo - para imprimir tarjetas con tipografía- y una campana que marcaba intervalos de 20 minutos agregaban una sensación de ritual organizado.
En mi primera visita, en busca de alivio para la ansiedad inducida por el trabajo, me prescribieron Anagrams, Acronyms, and Aliases, donde cambié de posición las letras de mi nombre con fichas de Scrabble; Philosophical Casino, donde planteé preguntas al enorme dado, en el que había inscritas citas de Platón, Schopenhauer, y otros; y The Tuning Effect, en donde el terapista Mel. S. Kimura-Bucholtz nos guió a unas 15 personas a través de ejercicios de meditación para observar nuestros cuerpos con el fin de volver a calibrar los sentidos. En mi segunda visita, debida a un conflicto amoroso, el consejero que me entrevistó me envió a Cityleaks, donde, en forma anónima, intercambié mi propio secreto con el de un visitante anterior; a Compatibility Test for Couples, en donde los empleados me ayudaron a escoger frutas que nos representaran a mí y a mi pareja, y, después, a licuarlas y beberlas; y a Epitaph, donde escribí las palabras con las que me gustaría que me recordaran después de mi muerte.
Sin duda, los tratamientos de Reyes me ayudaron, al igual que a otros participantes, a resolver problemas que llenan una vida individual. No obstante, lo más notable de Sanatorium, fue que el artista reunió a una comunidad de transeúntes anónimos como contexto para llevarlo a cabo. Después de plantearle al dado nuestras preguntas en Philosophical Casino, las pegábamos a la pared. Expuestas para que otros las leyeran, incluso las preguntas más sencillas podían desgarrar el corazón. ¿"Debería irme de Nueva York?" y "¿Debería dejar mi trabajo?" eran preguntas frecuentes. Pero "¿Debería pedirle a mi novia que se case conmigo?" o "¿El amor y/o el trabajo traerán felicidad?" expresaban la duda y el anhelo que atormentan la búsqueda de una vida significativa.
Tanto por la inmensa variedad de tratamientos ofrecidos como por el hecho de que los visitantes iban allí en busca de terapia para una infinita cantidad de problemas, ninguna experiencia de Sanatorium era igual. Sin embargo, en una u otra forma, todos los ejercicios llevaban a los participantes a través de una experiencia que involucraba el uso de objetos-concebidos en el sentido más amplio para incluir lenguaje, comida, conocimiento, arquitectura, iconografía, números, etc.-en formas que iban en contra de como se utilizan normalmente en nuestra economía de intercambio. En lugar de utilizar objetos como bienes transaccionales, se nos pedía que formáramos una comunidad, aunque temporal, de transgresores que buscaban valores estéticos en estos objetos.
El hecho de que adaptarnos a la experiencia estética de los objetos pudiera tener efectos regenerativos se relaciona con la creencia kantiana de que el beneficio de la experiencia estética consiste en que ubica el conocimiento en los sentidos, más allá de la cognición. Las terapias de Reyes nos recordaban métodos desarrollados por Lygia Clark a finales de la década de 1970 y principios de los ochenta, cuando abandonó el arte para practicar exclusivamente la sicoterapia. El artista, por el contrario, plantea que no es necesario abandonar el arte. En lugar de eso, da fe de los permanentes beneficios de la experiencia estética como reveladora mirada de la mente personificada, una instancia en la que el afecto puede experimentarse por fuera de nuestra cultura de consumo. Después de todo, lo maravilloso de las terapias de Santatorium es que todas son, indiscutiblemente, de tecnología rudimentaria y, en consecuencia, ponen de manifiesto el proceso cognitivo-síquico que puede desencadenarse a través del proceso de interactuación con cosas tangibles, sensibles.
HARPER MONTGOMERY
