Objetos movientes/Atmósferas-Estructuras-Tierras es el nombre de la más reciente individual de Magdalena Fernández, una muestra en la que durante los meses de mayo y junio de 2011 se exhibieron trabajos conocidos e inéditos de esta importante artista venezolana en tres diversos núcleos expositivos de la ciudad capital: Faría + Fábregas Galería, Periférico Caracas/Arte Contemporáneo y Centro Cultural Chacao.
El movimiento se instaura, desde la propia nomenclatura inicial de esta muestra, como intención certera y recurrente del intercambio, del diálogo entre la obra de Fernández y el público. Una traslación que -sea desde el propio fenómeno físico del desplazarse, sea desde la representación de la idea de movimiento- parece desplegar tantas facetas como acercamientos e interpretaciones puedan adelantarse en torno a este cuerpo de trabajo, ofreciendo una compleja y rica experiencia estética llena de matices.

Quizás el punto de partida de esta idea del movimiento sea el propio acto de visitar las salas de exposición: un explícito desplazamiento físico requerido al espectador para participar de las propuestas en los puntos de la ciudad en las que se encuentran. Un peregrinar en el espacio y en el tiempo, que parece proyectar un mapa cenital imaginario, un trazado de coordenadas y líneas cambiantes como los caminos que llevan a ellas.
Este mismo acto físico concede al espectador, en una escala más pequeña -la de las obras en sala-, la posibilidad de transformar las piezas a su paso, por lo que el movimiento, más que trazar las coordenadas de un recorrido, determina aquí la forma y la percepción de la experiencia: la instalación 1i011 (2011), segmento de la sección temática Estructuras exhibida en Periférico Caracas, está conformada por varas de metal y cobre que se extienden en una superficie de 14 metros, y que al pender del techo, se convierten en frágiles ramas de un bosque transfigurado, todo levedad, que se mecen al contacto de los cuerpos que se abren camino entre ellas. Un aparecer-desaparecer que se vincula a la sucesión concatenada de imágenes que conforman los videos de este núcleo expositivo.
En primer lugar, a través de la transición de planos que se suceden para registrar el delicado ondear de hojas y ramas de árboles, en el caso de los ocho pequeños videos que esbozan en blanco y negro la naturaleza, y en segundo lugar, la geometrización de los fenómenos naturales que se verifica en la videoinstalación 2iPM009 (2009), una envolvente ambientación que rodea al espectador con la progresión de puntos que desde la oscuridad, in crescendo, se transforman en líneas, en ortogonales fugaces que dan paso a la luz, evocando visualmente -y en paralelo al sonido de la lluvia que conforma el audio de la obra- la mutación de una tenue llovizna que se convierte en torrencial aguacero.
Pero en la propuesta de Fernández la noción de movimiento puede verificarse no solamente desde el desplazamiento físico de los cuerpos, o desde la transición visual de sus videos, sino también en la operación de recorrido conceptual, en el viaje de ida y vuelta, que en su partida recorre la naturaleza hacia su transformación en geometría, y en su regreso transitan las formas geométricas a través de la evocación del mundo natural.
En los videos y piezas bidimensionales que conforman la sección Tierras en Faría + Fábregas Galería, la materia se convierte en geometría, por una parte, a través de la sucesión en stop-motion de las imágenes de piezas de madera que se van acoplando, para develar composiciones constructivistas, en claro llamado a Joaquín Torres García, y por la otra, mediante una serie de delicados trabajos sobre pequeños tablones de MDF, que sirven de soporte a formas creadas con semillas y maderas.
En las animaciones presentes tanto en esta galería como en la sección Atmósferas del Centro Cultural Chacao, la geometría se sensibiliza, se "naturaliza" en el caos que momentáneamente irrumpe dentro del riguroso orden de los ortogonales y bloques de color que se desordenan, recomponiendo sus filas, para lograr que -como en las obras 1pm006 Ara ararauna (2006) y 1pmS011 (2011)- estas formas sean simultáneamente tanto memoria de la tradición abstracta -en elementos que subrayan la presencia de Piet Mondrian y Alejandro Otero- como memoria misma de la naturaleza, por medio de los sonidos de las guacamayas y pájaros de la fauna venezolana.
Sin embargo, es el movimiento, en cuanto manifestación sensible de una emoción, la experiencia última que pareciera acomunar todos los demás movimientos de esta muestra: la toma de conciencia por parte del espectador de pertenecer a ese mundo representado que lo incluye, que lo reconoce. Conmoviéndolo.
COSTANZA DE ROGATIS
