En alguna parte de ese libro extrañísimo que es Masa y poder, Elias Canetti dejó escrito que la fuente de la melancolía del hombre moderno es su imposibilidad de metamorfosearse. O sea de ejercer la extraordinaria facultad que poseían o poseen los llamados pueblos primitivos y que todavía encarnan los chamanes siberianos o los babalaos cubanos cuando, en estado de trance, son capaces de desdoblarse en su animal totémico o dejarse poseer por alguno de los dioses que habitan sus tumultuosos panteones. Y que es la misma facultad que hay que traer a cuento para intentar entender mejor las obras que José Bedia ha expuesto en Nomadismos, una gran muestra de sus trabajos celebrada en el CAAM de Las Palmas. El núcleo de la misma lo formaban unas instalaciones y unos potentes murales en los que este extraordinario artista cubano despliega su insólito talento para el dibujo y la composición de elegantes conjuntos de figuras en los que se entremezclan animales, cosas y hombres, siguiendo una lógica que es más la de la metamorfosis que la de las asociaciones puramente externas y aleatorias cultivada por el surrealismo. Las cosas que me arrastran es un buen ejemplo de cuán en serio se toma Bedia la apuesta por la metamorfosis. El título mismo sugiere que se trata de un autorretrato que, sin embargo, se aparta completamente del paradigma de autorretrato cultivado por los artistas de Occidente, por lo menos desde que Leonardo dibujó el suyo. Pero el asunto en este punto no es simplemente de fidelidad o de calidad estética del autorretrato sino de diferencias abismales en el plano de la cultura e incluso del tipo de sociedad. El clásico dibujo de un hombre desnudo con los brazos y las piernas abiertas realizado por Vasalio no es sólo un canon estético sino también la representación de un paradigma antropológico que aísla al hombre, separándolo radicalmente de los animales, las plantas y el resto de componentes del llamado mundo natural. El hombre de Bedia carece de esa integridad paranóica porque —para empezar— en vez de una cabeza tiene dos, que se miran cara a cara y que están unidas de manera anómala por un puente en el que se enfrentan dos camiones, sugiriendo que ese cuerpo, más que un cuerpo humano, es un corpus mundi, un cuerpo que se confunde con el cuerpo del mundo. Y el vacío entre estas dos cabezas dibuja una flecha que apunta directamente al ombligo, que no es la mera cicatriz indeleble del corte del cordón umbilical que separa al bebé para siempre del cuerpo de su madre sino el eslabón que ata, por medio de un puñado de cadenas, ese cuerpo cósmico con modelos a escala de aviones y portaaviones, con camiones y, al final de las dos cadenas más largas, con dos canoas de madera. Estas últimas están llenas de diversos objetos que pueden ser tanto ofrendas a los dioses como alimentos depositados en la tumba de quienes emprenden la travesía al mundo de los muertos. Y en la de la derecha sobresalen unas botellas de ron blanco, y la de la izquierda está encabezada por un perro de juguete.

Cabe detenerse finalmente en otro detalle de esta fascinante instalación encarnado en cuatro puntos dispuestos a lo largo de una línea imaginaria trazada a la altura de las que serían las tetillas de un cuerpo normalizado por la anatomía moderna. Los puntos son, en realidad, pequeñas reproducciones borrosas de escenas altamente significativas. Las de la izquierda son de indios de las praderas norteamericanas, y las de la derecha, de afrocubanos. Esta asociación entre dos tradiciones culturales dadas a la metamorfosis está refrendada en una instalación sin título reelaborada para esta exposición, que incluye una réplica en madera de la clásica imagen del jefe indio norteamericano.
Cierto, en nuestra sociedad desacralizada el arte de José Bedia resulta intempestivo y excéntrico, y no sólo por su devoción a la clase de metamorfosis que nos resulta no sólo impensable sino también impracticable. Por lo menos en los términos que él evoca con una seriedad y un compromiso vital con lo religioso que muy pocos de los artistas contemporáneos pueden o quieren asumir. El mundo del arte contemporáneo es escéptico y, en el mejor de los casos, agnóstico. Como lo prueba, por contraste, un episodio que él mismo me contó. Y qué sucedió en la bienal de São Paulo, cuando un par de aseadoras negras interrumpieron su trabajo de limpieza delante de una de sus instalaciones al descubrir la imagen de uno de los dioses afroamericanos. “Entonces se dedicaron a discutir entre ellas —añadió Bedia— la posible interpretación del mensaje que yo quería transmitir con esa obra”. Al hacerlo, ellas no sólo demostraron su conocimiento de los códigos que permitían el desciframiento de esa obra específica, sino que confirmaron la vitalidad de un lenguaje iconográfico de raíz africana que todavía cifra aquello que de más valioso hay en sus vidas subalternas. Y que, gracias al espléndido trabajo de Bedia, demuestra además su capacidad de figurar e imaginar desde la subalternidad los problemas más acuciantes y actuales de mucha gente del común.
CARLOS JIMÉNEZ
Crítico de arte y profesor universitario. Autor de Los rostros de Medusa. Estudios sobre la retórica fotográfica.

