Exposición Individualsept 2011 - nov 2011· Por Adriana Herrera

Graciela Sacco

Diana Lowenstein Fine Arts Gallery

Los ojos de Graciela Sacco, artista que representó a Argentina en la Bienal de Venecia 2001, han indagado siempre en el intersticio donde confluyen el espacio personal y el destino de las multitudes, la experiencia ontológica de cada ser humano y el acaecer colectivo atravesado por las frustraciones sociopolíticas. 

Desde 2007, a partir del proyecto M2 se ha focalizado en la percepción y exploración de ese espacio que rodea a cada cuerpo humano y que determina sus fronteras en relación con los otros cuerpos, el límite vital entre la intimidad y el mundo. Sacco conjuga la noción de proxemia, o esa medida de las distancias de interacción entre las personas, con la de tensión admisible (T. A.), que es "la carga (el peso) que admite un terreno sobre el que se planea construir algo. Si esa carga es mayor que la admisible, toda construcción se vendrá abajo irremediablemente, tarde o temprano". A esa "posesión por derecho a un mínimo de superficie en el planeta", a ese metro cuadrado que cada quien ocupa, la mira desde la pregunta sobre los límites de la resistencia humana.

Exposición Individual: Graciela Sacco — imagen 1
Graciela Sacco. Cualquier salida puede ser un encierro, de la serie T.A, 2010. Instalación. Combinación de espejos y vidrios polarizados y video. Versión de pequeño formato. Edición de 5. P/A.

En la exposición M2: T. A (Metro cuadrado: tensión admisible), en Diana Lowenstein Fine Arts, Sacco explora la noción de máxima tensión por metro cuadrado (espacio mínimo físico para cada cuerpo existente) a partir de piezas e instalaciones con video que sintetizan el modo en que a lo largo de su carrera ha captado las tensiones psíquicas y sociales fotografiando o filmando multitudes, cuerpos, rostros, ojos y bocas, que proyecta sobre tablas de madera, tubos de PVC, cortinas, y sobre diversos objetos de la vasta arquitectura cultural, que pueden ir desde cucharas hasta estructuras referidas a las nociones de entrada y salida, como ventanas o puertas. 

Sacco deposita contenidos abruptos -los desplazamientos, la segregación- en imágenes extraídas de contextos específicos cargados de violencias, pero sutilizadas en su resolución formal hasta la frontera de una cuasi abstracción. En la instalación Muro plantea la violencia de las exclusiones con el contraste conceptual entre las puertas entreabiertas del espacio interior de una casa -un comedor-, que refieren a la protección del espacio doméstico, y el video que proyecta en el intersticio que éstas dejan y que funciona como una grieta donde hay otro lado ambiguo, incierto. Las imágenes que el espectador ve, tomadas de un filme, son un registro del nuevo muro entre Palestina e Israel.

En la obra de Sacco la omnipresencia de los ojos obliga a mirar zonas oscuras de la realidad social. Así, en Retrato I un cuchillo agrede la franja de ojos proyectados en la pared, con los que tantas veces ha puesto al espectador en una relación de intimidad con un desconocido. Y en Retrato II, un trinche clavado sobre la estampilla con el retrato de una boca abierta habla de esa otra violencia del hambre, evocando la ya legendaria instalación en la que proyectó bocas abiertas, expectantes, sobre la superficie de cucharas.

Su visión de las situaciones de máxima tensión revela la dimensión del absurdo de los enfrentamientos entre los seres humanos a partir de recursos como la descontextualización y la dramatización del gesto exacerbadas por el tratamiento del tiempo. En el video Esperando a los bárbaros proyecta en blanco y negro, y en cámara lenta, la agresividad de los rostros de fanáticos del futbol. En Enfrentados retoma su trabajo sobre multitudes alzadas y/o divididas en dos bandos enemigos. La imagen, trabajada en sepia, se proyecta, congelada, sobre una heliografía de papel montada sobre madera y despierta en el ojo la memoria colectiva de las conflagraciones donde la humanidad está dispuesta a arrasar con una parte de sí misma. Algunas obras prescinden de la presencia del cuerpo humano y expresan metafóricamente, con imágenes proyectadas sobre objetos construidos, los estados de combustión social. En Fuego, por ejemplo, la imagen de las llamas ocupa el espacio interior de un ventilador en movimiento. 

En la obra de Sacco no hay imágenes inocuas o desprovistas de la carga de la historia humana. Así, el mar no es sólo el mar sino un espacio contaminado por problemáticas como los grandes desplazamientos. El video y la instalación de Cualquier salida puede ser un entierro contienen imágenes grabadas en el mar de Fisterre, al norte de España, donde terminaba para los antiguos el mundo y de donde partió la mayor cantidad de barcos desde Galicia hacia América después del Descubrimiento. En ese mar peligroso, de continuo movimiento y afiladas rocas, encallaron innumerables naves. En cualquier caso, es el mar que a lo largo de la historia las multitudes suelen surcar, casi siempre hacia el norte, en busca de salidas que bien pueden terminar en sepulturas, o que sólo extienden la estela de las expulsiones de los que buscan espacio para otra vida posible más allá de sus lugares de origen. Su modo de enrejar el mar, con barras de madera o PVC, señala lo incierto de esta ruta de fuga. 

La instalación De la serie M2 infinito, ¿cuánto es un metro cuadrado de destierro? Encierra, en un cubo de acrílico y espejos, un video filmado en el aeropuerto de Madrid desde una plataforma transparente que permitía captar al trasluz el paso de las multitudes itinerantes. Refiere también las masas de expulsados -por la violencia, o por la ausencia de oportunidades, entre otros fenómenos- que transitan por la tierra buscando dónde reasentarse. Este grupo de piezas -algunas de las cuales son versiones más pequeñas de instalaciones enormes realizadas previamente- transfiere a un mínimo de elementos la máxima carga máxima social soportable. Su poder radica en la capacidad de sugerir, en obras de impecable limpidez formal, el peso de la oscura historia común de las masas humanas.

ADRIANA HERRERA

Graciela Sacco, por Adriana Herrera | artnexus