Exposición Individualsept 2011 - nov 2011· Por Ricardo Pohlenz

Graciela Iturbide

Museo de Arte Moderno

La primera exposición individual de Graciela Iturbide fue en la Casa de la Cultura de Juchitán, Oaxaca, en 1980. Había sido invitada un año antes por el pintor Francisco Toledo para organizar una exposición sobre la cultura zapoteca, y durante sus visitas descubrió un mundo fascinante, tan íntimo como brutal, que fue revelado a través de sus imágenes, rostros y miradas asomadas al lente como una curiosidad estoica, mujeres distantes y desdeñosas traídas a cuento como una realidad palpitante y siempre cercana, más que en un aparte distante y mágico. Se destaca de esta exposición la fotografía Nuestra Señora de las Iguanas, retrato arrobador de una mujer que mira más allá del encuadre y del lente, con un tocado de iguanas vivas que invoca (pero también conjura) el periplo poscolonialista de André Breton por tierras mexicanas. No se trata de surrealismo nunca más, ni siquiera de un exotismo en contacto con lo mágico. Es el mundo atrapado en su atisbo, deslumbrante no sólo por momentos sino siempre. Esta fotografía es un ícono que igual significa el trabajo y trayectoria de Graciela Iturbide que la comunidad juchiteca. Su modelo, Zobeida, ya murió. Se tiene un altar con una postal. Se hizo recientemente una escultura. 

Exposición Individual: Graciela Iturbide — imagen 1
Graciela Iturbide. ¿Ojos para volar?, Coyoacán, México, 1991. Platino. Colección: Fundación Mapfre.

Graciela Iturbide es una fotógrafa enseñada en lo real, en la captura de su momento aparecido, no tanto por instinto como por un dominio de su oficio. Antes había sido asistente del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, a quien acompañó en sus viajes por las comunidades indígenas. Fue invitada en 1974 a Panamá por el Partido Comunista al Congreso de la Paz. Visitaba una comunidad de guaymíes cuando entró en contacto con el general Omar Torrijos, quien llegó a visitarlos en avión con la esperanza de que lo pensaran como el ave salvadora que esperaban. Testimonio visual de este encuentro es la fotografía de Torrijos que fuma un puro junto a un anciano con sombrero de palma y camisa a cuadro cuyos anteojos brillan con el reflejo. Torrijos la invitó a Mar de Farallón, donde conoció a su familia y se le revelaría su cotidianidad. Luego lo acompañó a Washington, donde el General se entrevistó con el presidente Jimmy Carter en cuanto al rescate que debía hacerse del Canal de Panamá. Graciela Iturbide presentó recientemente en Nueva York un libro en el que reúne las fotografías tomadas en Panamá, no sólo a Torrijos sino a sus habitantes (se destaca, por ejemplo, la fotografía de la mujer y el niño que se come un helado con la bandera de Panamá sobre una alambrada de fondo), que fue criticado duramente por los panameños, quienes reniegan hoy de la figura del General. 

Cámara en mano, llevada por los acontecimientos y las personas, pero sobre todo por una curiosidad por el mundo en tiempo presente, Graciela Iturbide ha hecho una infinidad de viajes a múltiples destinos, desde el desierto de Sonora, donde retrata a las poblaciones Seri, hasta la India. Se trata de visitas continuadas que revelan un proceso, a partir de sus fotografías, una voluntad de descubrimiento que persigue el sobresalto de lo cotidiano. Un camino formal que ha deslindado y reducido sus temas hasta convertirlos en su propio vestigio. Sus modelos se convierten en señales dentro del paisaje, se pierden, empequeñecidos en el tenso y siempre fugaz espacio de un territorio visual que se abre a la inmensidad; acaban por salir del cuadro, por convertirse en sus propias huellas, en los objetos que dejan a su paso, por ejemplo, el gabán colgado de un árbol junto a un ave en pleno vuelo, que revisa algunos motivos que se encuentran como referentes dentro de la obra de la fotógrafa para llevarlos, con la evidencia despojada de la prenda fuera de lugar, a un sentido lírico que rompe y trasciende su naturaleza documental. Llegada a la naturaleza muerta, sus fotografías del Jardín Botánico de Oaxaca señalan una intervención en su sentido literal; envueltas y protegidas, las plantas traídas al jardín se dejan sentir como refugiados a la espera de consuelo y sanación. Llegada al objeto, invoca todo lo que no puede verse, una historia íntima de las cosas, sean unos bloques de hielo o los objetos dejados por Frida Kahlo en su baño, rastro último de sus pasiones y de su dolor. 

Con su propio semblante como tema, hace una representación literal de sus extensiones. En un autorretrato se cubre los ojos con pájaros para hacer metáfora de la mirada como vuelo, de la mirada como tiempo transcurrido, como cadáver, como un rito totémico de invocación que revela lo que se esconde en lo cotidiano, lo anodino, lo aparente. 

La exposición fue curada por Martha Dahó; consta de 180 imágenes, separadas en ocho secciones: Seris: los que viven en la arena, Juchitán, México: rituales, fiestas y muerte, Otras fronteras, En el nombre del padre, El jardín botánico, Paisajes y objetos y El baño de Frida. La exposición es patrocinada por la Fundación Mapfre y será llevada a Francia en el otoño para el Festival de Arles; en 2012 viajará a Colombia y otros destinos en Latinoamérica.

RICARDO POHLENZ

Graciela Iturbide, por Ricardo Pohlenz | artnexus