El punto de partida de la muestra que Eduardo Médici está realizando en Galería Rubbers fue disfrutar del placer puro de la pintura, sin importarle opiniones ni expectativas, desembarazándose del hecho de ser un pintor con una trayectoria reconocida.
Oponiéndose a lo conceptual, se ubicó en la idea que "la pintura piensa, el artista pinta".
Ese dejarse llevar por la pintura desencadenó esta exposición, Nada está quieto, que confirma a su autor en la inquietud que lo caracteriza, que es no quedar jamás codificado en una imagen determinada.
Como él mismo afirma, la muestra es muy deleuziana (el nombre del filósofo francés aparece en uno de los cuadros), con muchos puntos de fuga, donde la multiplicidad y lo nómade juegan dentro de la pintura.

Para algunos espectadores, el artista puede no ser tan fácilmente reconocible. En efecto, el color tiene un protagonismo que no siempre ha estado tan presente en su obra, pero a poco que uno se detiene frente a ella, los signos identitarios de su pictoricidad aparecen uno tras otro.
Allí está, por ejemplo, su organización compositiva con un cuadrado dentro de otro, como una orla decorativa. Allí está también su necesidad de cubrir totalmente el espacio. Allí están sus personajes desnudos a distinta escala, siempre gesticulantes, siempre en movimiento.
Para Médici, el movimiento parece marcar la imposibilidad de romper con la figura, imposibilidad que también se muestra en las reiteraciones, las figuras repetidas, encimadas, y que llegan al límite de la abstracción.
Ese placer de trabajar en la línea superpuesta, generando movimiento, se hace muy evidente en los cuatro dibujos que se exhiben, realizados en pastel-óleo directo sobre papel con veladuras con diluyente.
En algunas de las telas ha utilizado plantillas de vivo color, cubriendo el fondo con incierta regularidad para dejar perdidos a sus personajes entre ellas.
Iluminaciones es el cuadro más abstracto dentro de esta miscelánea, resuelto con una gama exquisita de azules y violáceos.
El sentido de la creación de Médici siempre ha sido la capacidad de ver, de iluminar "dolorosamente" aquello que se resiste a ser iluminado y entregado.
Es cierto que en esta muestra aparecen menos los cuerpos lacerados, la reiteración del ritual y del sacrificio, la obsesión por los signos crípticos o el anonimato.
El artista está aquí convocado por el hecho pictórico, y el disfrutar del mismo lo lleva a desplegar su humor con enorme gracia, como en una de las obras de la entrada con un pintor con un brazo enormemente largo que blande un pincel, como recordándonos que vamos a recorrer la ficción que el artista construye sobre la ficción que cada ser humano construye sobre la realidad. La ficción de otra ficción.
Ese humor también se manifiesta en las citas –siempre numerosas en la obra de Médici–, en este caso, una Ofelia que alude a la del prerrafaelita John E. Millais (1852) y que él vincula a un paisaje, marino más que fluvial, casi romántico, y en una pirueta sutil transforma en una autocita, por los labios rojos que evocan su serie anterior, Boquitas pintadas.
Para Médici, la palabra es un medio indispensable, al cual incluye siempre que puede. En el catálogo cita unas palabras del poeta argentino Roberto Juarroz, que traspongo parcialmente: "[¿] en el centro de la fiesta no hay nadie en el centro de la fiesta está el vacío pero en el centro del vacío hay otra fiesta".
esta parece ser la clave de la muestra, en la cual el artista parece preguntarse: "El lenguaje que manejo es mi mundo. ¿Por qué no gozar dentro de esos límites?".
NELLY PERAZZO
