La fidelidad a sí mismo es la marca de la trayectoria del artista paulista Alex Cerveny. Comenzó a aprender el oficio, hace treinta años, en talleres de artistas experimentados, formación que acabó delineando la singularidad de su obra, como muestra la exposición reciente, Cuadernos de viaje, en la Galería Casa Triángulo de São Paulo. A diferencia de las grandes pinturas gestuales de la alocada Generación 80, nacida en las universidades, Cerveny creó una obra contenida, cuyas pequeñas dimensiones confieren fuerza lírica a narrativas intimistas, siempre figurativas. Por eso la preferencia por la técnica del dibujo para componer imágenes que transmiten memorias personales y un cuestionamiento a dogmas religiosos y artísticos.

La poética de Cerveny concilia lirismo y ética. Su vigor artístico reposa en esta paradoja, como muestran las obras expuestas en la Casa Triángulo, la mayoría inspiradas en cuadernos de anotaciones de viajes. “Muchos relatos son apenas evocaciones que pueblan mi mente. Como artista, pertenezco a la tradición de los contadores de historias”, explica Cerveny. En su opinión, el estilo narrativo puede estar presente hasta en el más abstracto de los trabajos, por ejemplo, el Cuadrado negro de Malevitch. “Hasta en un experimento manifiestamente no narrativo, la narrativa se hará presente en su justificación. Por lo tanto, la discusión sobre la pertinencia o no de la narrativa en el arte contemporáneo es para mí un falso problema”.
En el trabajo de Cerveny la narrativa aparece como hilo conductor. La diversidad de técnicas (dibujos, pinturas, grabados, collages), junto con la profusión figurativa, compone una obra metamórfica, que convida al observador a duplicar su mirada, atenta simultáneamente a la unicidad del todo y la pluralidad de los detalles. Cada obra de este artista-narrador es, al mismo tiempo, el final de una historia y el comienzo de otra. Los elementos se repiten: el cuerpo humano, los árboles, la pantera onza, sobre todo el fuego. Organizados en paisajes oníricos, se transforman en simbologías míticas. Los árboles se transfiguran en hombres cuyas manos se yerguen hacia el cielo, como muestra la obra Pinocho (2010). A los signos arquetípicos se suman elementos políticos, como en Certezas (2007), donde aviones y misiles sobrevuelan una ciudad en llamas.
La sintaxis de Cerveny se aproxima al lenguaje surrealista. Cabezas y cuerpos ondulantes recuerdan a los personajes anónimos que flotan en los cielos del pintor René Magritte. Los paisajes desolados sugieren la metafísica de De Chirico. Hasta la abundancia de detalles, circunscritos por espacios de pequeñas dimensiones, aluden a Salvador Dalí, maestro eximio en este sentido. La profusión figurativa también sugiere las cosmogonías del pintor argentino Xul Solar, que, como Cerveny, también hace de la palabra parte de la obra al crear una “pan-lengua”. Además, la relación entre lo verbal y lo pictórico delinea parte de la obra de Cerveny, siguiendo el ejemplo de la ecuación entre palabras e imágenes propuesta por Joan Miró, quien consideraba las palabras como objetos que componen el cuadro, a semejanza del collage.
La poética de Cerveny reside en la confluencia entre ética y estética. No se reconcilia el individuo con el cosmos, y se critican los tabús sociales y culturales, como muestra la tela La adoración del cubo blanco (2007), que retrata un inmenso cubo cercado por personajes, en un paisaje desolado. La doble alusión a la Kaaba y a los cánones modernistas puede sugerir una metáfora de su propia condición de artista. Cerveny no cursó enseñanza universitaria. Aprendió arte en los talleres. Estudió dibujo y pintura con Valdir Sarubbi (1939-2000), y grabado en metal con Selma Daffré (1951), además de participar en cursos libres. En Brasil, además de Cerveny, otros artistas, como Roberto Magalhães, construyeron su propio derrotero, sin acercarse a grupos ni a movimientos, como el de la renombrada Generación 80, cuyas imágenes eran más gestuales y de grandes dimensiones. Como Magalhães, Cerveny se mantuvo fiel a su problemática: construir alegorías variadas, con una afinidad esencial entre ellas. “Siempre rebusco en mis cajones para repensar antiguas propuestas”, cuenta el artista. Esta coherencia estética puede ser verificada hasta en su trabajo como ilustrador de diversos libros, entre ellos, Vean cómo sé escribir, de José Paulo Paes, y Pindorama, de Sandra Peres y Luiz Tatit. El artista suele decir que se identifica más con la literatura que con el arte contemporáneo.
Como muestra la exposición Cuadernos de viaje, Cerveny continúa fiel a sí mismo y libre de ataduras estilísticas. Así, se ha comprometido con una aventura extremadamente personal para crear imágenes que incluyen relatos autobiográficos. La obra Moisés y las tablas de la ley (1996) es, según el artista, un autorretrato que alude a su más profunda subjetividad. La fotografía arriba de la cabeza central muestra la imagen reflejada de un hombre que se mira a sí mismo. La tela sugiere que develarse también ocupa el hacer poético y ético de este narrador de historias visuales. Conocerse a sí mismo se torna, en la obra de Ceverny, el punto de apoyo para conocer el mundo. Su postura crítica es apenas consecuencia de este íntimo lirismo.
ALESSANDRA SIMÕES
