Exposición Individualjun 2011 - ago 2011· Por Caridad Blanco de la Cruz

Santiago Armada (Chago)/Umberto Peña

Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba

En medio de esa bruma que parece disolver la intangible memoria de toda una época, por momentos hay alumbrones, cierto fogonazo salvador que (re)ubica acontecimientos, devolviéndonos su significado. Una luz de esa índole es Dos impulsos de lo erótico, Santiago Armada y Umberto Peña, exposición curada por Liana Ríos en el Museo Nacional de Bellas Artes. La misma sacó partido a las recientes adquisiciones de obras de estos artistas que la institución efectuó, en favor de un enfoque que deseaba dibujar el alcance y singularidad del sexo en los discursos de estos creadores emblemáticos del arte cubano y todavía insuficientemente reconocidos. Más de una tensión les generó a los artistas la naturaleza revolucionaria de su creación, y esas circunstancias sobre su arte renovador, irreverente y trasgresor tuvieron en ellos efectos diferentes.

Exposición Individual: Santiago Armada (Chago)/Umberto Peña — imagen 1
Santiago Armada. Mandiocas catilinarias, 1991. Técnica mixta sobre cartulina. 33,3 x 33,3 cm. (13 x 13 pulgadas).

En aquellos sesenta, plenos en acontecimientos relevantes (políticos, económicos, científico-técnicos y culturales), nombrados por algunos como “década de las ideologías”, ascendieron a la palestra Santiago Armada (Chago) (Palma Soriano, 1937-La Habana, 1995) y Umberto Peña (La Habana, 1937). Los cambios revolucionarios que movían a la sociedad cubana de entonces se expresaban también en la renovación que tenía lugar en el arte. Entre sus protagonistas se encontraban Chago y Umberto Peña, y, en la libertad con que se expresaron, se descubre una crónica lateral acerca del complejo contexto que habitaron. La osadía que manifestaron –mucho mayor que el hecho de abordar ese tema tabú que resulta ser el sexo– tuvo como respuesta una hostilidad que en buena medida escamoteó la trascendencia de ambos. 

Unir sus obras, amén del tema en cuestión y otras coincidencias en búsquedas expresivas, los devuelve al ruedo de lo contemporáneo y ofrece la oportunidad de redescubrir el lugar que tienen en la cultura visual cubana, figurando en tal sentido como antecedentes de las profundas trasformaciones que ocurrieron en la década del ochenta. A la preeminencia de los símbolos sexuales en sus discursos proyectada en sentidos distintos, se suma con vivificante plenitud y actualidad el componente crítico, la particular relación con el humor, el uso o asimilación de los cómics, lo escatológico; así como la poesía y lo vernáculo. Lo conceptual en Chago y un expresionismo visceral en Umberto Peña.

Exposición Individual: Santiago Armada (Chago)/Umberto Peña — imagen 2
Umberto Peña. Yo busco, yo persigo, yo reboso, 1970. Litografía sobre cartulina. 71 x 51/50 x 35 cm. (28 x 1 x 13 ¾ pulgadas). 8 /11.

Con ellos, el habitual erotismo fue rebasado. El sexo que representan es total sublevación. Desacomodo ante opresiones y corsés. El ideario que estaba tras esas formas que ellos concibieron desligadas de las sujeciones temporales resultaba –cuando menos– inquietante; pero siempre incómodo, perturbador. Las treinta y seis piezas del conjunto trazaron segmentos que alcanzaron a definirlos. A Umberto Peña, que había tenido una exposición antológica en el museo en 1988, por medio de doce litografías realizadas entre 1968 y 1971, junto a uno de sus enormes trapices de 1976. En lo que a Chago respecta, ésta resultó la primera vez que el Museo Nacional de Bellas Artes destaca su obra más allá de su ubicación en la sala permanente dedicada a los sesenta. Los veintitrés trabajos que de él podían verse –parte de un extenso grupo que allí se atesora– contribuyeron a ilustrar un tanto su evolución y los diferentes recursos que puso en juego, fundamentalmente en la década ya mencionada, incluido uno que otro ejemplo puntual de los setenta y los ochenta, para cerrar con pinturas de pequeño formato pertenecientes a los años 1990 y 1991. 

Las litografías de Umberto Peña son la irónica elegancia de lo fálico. Un festejo donde también participan semen, saliva y orificios múltiples. Hay allí un goce de lo masculino, mientras la línea traza la arquitectura de la rabia, el grafismo de una violenta carnalidad vociferante, aun cuando la poesía nombra, en ocasiones casi con delicadeza, cada una de las escenas en que podían distinguirse la fuerza y ferocidad comunes a una batalla.

El sexo en Chago tiene otro propósito. No van con él los escarceos. El pene es definitivamente eje del mundo; de un mundo macho, dominante. Todo un universo de poder. Su desempeño simbólico traduce un ideario político, filosófico, ético, existencial y al mismo tiempo estético. Cuando revisaba con sentido crítico el acontecer, la historia o la sociedad, lo hacía desde los territorios del humor, afirmando al cómic, a la historieta, como arte y concediendo el protagonismo a las ideas. Arte conceptual, grotesco y poesía, lo mismo en las viñetas de su controvertido Salomón, en los diálogos entre condones, que en la cosmogonía fálica de su pintura. 

Dos impulsos de lo erótico resultó una singular oportunidad para asomarse a la obra de Chago y Umberto Peña. Abiertas estas puertas, habría que agradecer a todas las voluntades que han contribuido a momentos como éste, y al museo, donde emergieron definitivamente algunos de esos rostros sumergidos de los sesenta nuestros.

CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ

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