El deseo nace del derrumbe es una exposición total. Y lo es por varias razones que así lo demuestran. Primero, porque revela, sin demasiados alardes de diseño y de museografía, la densidad de un discurso estético que apostó siempre a la calidad de las ideas, a sus connotaciones sociológicas e impacto tanto en las conciencias colectivas como en los trasiegos furtivos de la política. Por otra parte, queda claro, a los efectos de cualquier visitante, que el trabajo de Roberto Jacoby no es un ejercicio intelectual que persigue el hallazgo de un objeto como fin último, sino, por el contrario, una robusta operatoria epistemológica que genera nuevas formas de conocimiento y de relaciones sociales con el hecho estético en sí.
En otro sentido, y no menos importante, la muestra atiende a la necesidad de testimoniar (documentar) los rasgos más sobresalientes de este tipo de trabajo en el que la generación de redes sociales, la investigación, el ensayo tecnológico y la escritura literaria son parte sustancial y no accidental de la consumación del hecho. Por lo que la exposición, de repente, parece convertirse en texto, en escritura que narra las peripecias de unos modelos de articulación estética y discursiva que escapan de la propia lógica del sistema y ponen a prueba la vertiente institucional del arte y sus mecanismos de fetichización del conceptualismo, la desmaterialización y el arte de acción.

Las acciones colaborativas vienen a ser la fuente de inspiración de casi todo su trabajo, basado, como se sabe, en acciones de participación y de negociación que buscar satisfacer una necesidad colectiva, en lugar de dar mayor grosor semántico a las estructuras del ego. Su presunto desenfado es vivido como un acto político, por lo que su “estrategia de la alegría” no es sino una robusta expresión de fuerza ante la depresión, el desánimo y el miedo que instaló en la sociedad argentina la última dictadura (1976-1983).
Quizás sin quererlo, o con plena conciencia de ello. Cuesta presumir su inocencia cuando se le escucha y se le ve actuar; el trabajo de Roberto Jacoby vaticina miles de procedimientos retóricos, lingüísticos y discursivos que más tarde tendrán lugar en el ámbito de los discursos estéticos, en los de su producción y circulación. Bola de Nieve, Internos, Venus, La revista Ramona, el proyecto de convivencia junto a Krochmalny, La Castidad o el Centro de investigaciones artísticas, son sólo algunos ejemplos (documentados todos en la muestra) que ponen de manifiesto el carácter cooperativo del arte como esfera del saber que permite fraguar nuevos diseños de actuación y de coordinación del esfuerzo. La autoría, convertida y resarcida en uno de los emblemas más sofisticados del discurso moderno, se pone en solfa y se cuestiona su legitimidad y pertinencia a tenor de los nuevos derroteros del discurso contemporáneo luego de tantas defunciones y decretadas sepulturas. Ello explica en gran medida ese nomadismo impenitente entre tantísimos lenguajes y operaciones discursivas que advierten cierta inconstancia pero que son al mismo tiempo un modo de actuación rico y en extremo vital en el marco de sus iniciativas. En este sentido fue clave su proyecto Área Sociedades Experimentales, que desde 2004 tuvo lugar en la Universidad de Buenos Aires. En este caso convocó a un grupo variopinto de investigadores que reflexionaran sobre el pensamiento de Charles Fourier a partir de una serie de reuniones de carácter experimental que dieron origen a la Zona Autónoma Temporaria. De tal suerte, se fraguaron nuevos vínculos de interacción entre las personas y se creó un ámbito para especular –en lo posible– nuevas relaciones sociales. El criterio entonces de autoría como sistema opresivo moderno se desarticula en el trazado de una nueva trama de participación y especulación en la que lo que importa más es el ejercicio coral y la multiplicación de voces, por sobre la autoridad de una voz que pueda ser entendida como La Voz.
El cuestionamiento e investigación de las relaciones de poder (su estructura y semiótica) y la vulnerabilidad de los dispositivos de control son otras de las áreas de mayor interés dentro del trabajo de este artista. Jacoby estimula a pensar acerca de por qué y cómo se articulan esas relaciones, y del peso cultural que las determina. Su proyecto Darkroom, orquestado sobre un mapa de cabinas oscuras, responde a esta idea. En él se reducían al máximo las certezas perceptivas al tiempo que se enfatizaba de un modo exponencial la sensación –paradójica– de ser vigilados y controlados por una entidad abstracta que rebasa el orden de la conciencia e interviene en la elaboración del miedo en cuanto expresión de control y de castigo. La subjetividad se tensa hasta el borde mismo de su colapso. La idea de límite, de horizonte que acota y pone a prueba nuestra propia ontología, se despliega en el perímetro de esta pieza, toda vez que en ella el sujeto interactúa con el otro desde el sentimiento de angustia y de soledad que genera la falta de visión y un tacto inseguro con los límites físicos del otro.
La reflexión sobre la figura del artista como centro del debate, y no la del arte como especulación ya agotada en sí misma, es lo que deviene en tesis a lo largo de su trabajo. Un ejemplo de esto fue el plano de La manzana loca(1986), donde trazó el diagrama de una zona de Buenos Aires, una topografía de las instituciones, plazas, galerías, librerías, bares, y hasta peluquerías de la ciudad, en donde se constituyeron los espacios fundamentales de sociabilidad artística en los años sesenta y se generaron cruces entre artistas e intelectuales de diversas edades, generaciones, tribus, géneros y clases. Desde esta perspectiva, la definición del artista adquiere una dimensión territorial: ocupa lugares y coordenadas específicos y su identificación es, para Jacoby, una de las formas de la práctica contemporánea del arte.
Otro ejemplo posible es el proyecto Bola de Nieve: una red de artistas curadores que señala las relaciones entre los creadores a partir de su reconocimiento mutuo, e intenta renovar el entramado del arte en las condiciones abiertas por las nuevas tecnologías. Así, en medio de la sobreexposición y la instantaneidad de la escena actual, la obra de Jacoby reformula su propuesta: “¿dónde habrá un artista?”1.
Creo que una de las grandes virtudes y hallazgos de esta extraordinaria exposición, es la de poder documentar la experiencia estética de un artista que no sólo construyó obras sino que gestionó mecanismos de articulación programática que permitían la generación de pensamiento y, por tanto, de obras.
NOTA
1. Ricardo Piglia, “Retrato del artista invisible”, en: www.salonkritik.net
ANDRÉS ISAAC SANTANA
