Un giroscópico mundo dantesco, lírico y estructurado generado por Perla Krauze, una sutil y poderosa artista que se expresa en múltiples medios. Con ellos habitó la sala, la germinó, la sembró, la estructuró, la oscureció, la tornó transparente, la conectó con el interior y la convirtió en escalable. Este suceso –porque no fue algo estable, preparado y fijo– no podía tener mejor recinto que este espacio circular del Museo de Arte Moderno, donde la artista desplegó los años y las pertenencias de sus cajas, sin rigor retrospectivo, sino entramando conceptualmente sus series, sus relaciones con los materiales y su obnubilación con el hacer. Es probable que ni la artista ni la sala vuelvan a tener un maridaje tan perfecto y mutuamente generoso.

En Huellas y Trayectos se reencarnaban dos distintos talleres de Perla a lo largo de su carrera. Si bien se han recreado talleres en diversas exposiciones, aquí no era algo presentado, evidente, sino datos que tornaban interactiva la experiencia. Uno encontraba referencias de esos predios, de esos espacios, y de cómo la artista suele crear/poner sus piezas. La identificación artista-obra es otro de los aspectos que no se pueden dejar de percibir: transparente y velada, luminosa e impenetrable, tal como son las experiencias en la exposición. La paleta con la que se desenvuelve Krauze va de los mostazas, negros, cafés, arenas y grises, a los rojos, y a los azules pigmentarios, a los rosados y a innumerables blancos, cáscara de huevo, frente a algún opulento naranja, o un verde esmeralda. Los metales están presentes en acabados diversos. En cuanto a las estructuras y los soportes, ambos son importantes, y la artista los interviene pintando, manchando, cortando, rasgando, en un triángulo del cual ella es parte, construyendo y deconstruyendo. En la exposición, poco había de sus gestos pictóricos iniciales; sin embargo, la pintura estaba presente, en especial a través del proceso de despojamiento que Perla Krauze supo hacer para no delinquir: ser artista no es repetirse. Estaba todo presente en un minimalismo revelador: sus bastidores/escaleras, sus fragmentos de telas sobre ellos y la insistente variedad en tamaño y forma, a pesar del respeto por el módulo que la caracteriza. Dentro de la abstracción de sus obras, hay una relación con lo orgánico y esquelético proveniente de la naturaleza y de su interés en analizar las formas.
Retomando la giroscópica danza dantesca entre la vida y la muerte, entre el submundo y el flotante azul de las transparencias –vidrio, resina, agua–; entre lo que parece hundirse y lo que está suspendido en virtud de una original levedad visual, matérica, compositiva y museográfica, el proyecto asoma como una caja musical, como un castillo de cristal que deja ver el jardín del museo, una realidad moderadamente urbana, pero realidad al fin. Perla Krauze reconoció que Osvaldo Sánchez, el director de la institución, la dejó hacer, construir, respetuosamente, como si estuviera en su taller. Fue un montaje lento y no preconcebido; al contrario, los esquemas los hizo una vez colgada la obra. Además de lo suspendido del techo, de los videos y de las fotografías, de los sueños y de las memorias, Krauze nos recuerda sus visitas a los mercados. Siempre los ha mirado azorada, y nos plantea ese fenómeno a nivel del piso, de las mesas, de los tendidos en sala. Hablando de tres estadios: piso, muro, techo, hay una predominancia de dos paredes cóncavas saturadas frente a los ventanales casi vacíos pero no del todo vacíos. Es innegable el barroquismo mexicano de la autora, que construye hasta delante de los vidrios, obturando transparentemente con semitranslúcido. Y en la saturación de esos dos muros habita el concepto del coleccionismo de antaño, un cuadro más arriba que otro, varios pequeños en los interespacios, ocasionales formas modernizadas, y en todos lados, escaleras.
Dos vaciados en resina, uno del perfil de la escalera de uno de sus talleres, el otro, de una galería donde tuvo una exposición, confirman uno de los temas que la acompañan históricamente. También son escaleras los altos bastidores en secciones, los enlazados de pares de ramas, y si uno es positivo, las piedras suspendidas por hilos metálicos que podrían no estar colgando sino subiendo. Escaleras en diagonal, vertical, horizontal, planas, útiles, inútiles, a la vista, ocultas, ¿cuánto podría agregar Freud? Son escaleras a la nada y a darse contra la pared. Están entre Huellas y Trayectos. Son juegos, fantasías, humildemente ambiciosas, ninguna ostentosa, recoletas, claras, oscuras. Y aquellas que son bastidores son en madera, un material que Perla Krauze trabaja muy poco a pesar de que lo admira.
Estanterías que acumulan piedras, ramas, papeles, esculturas, hojas, marcos, piel, trozos, formas encontradas y formas recreadas. Un video maxi conforma una instalación con fragmentos suspendidos del techo, corroborando lirismo y sublimación. Todo es tangible pero se percibe intangible, como despojado de su peso material. La artista ha realizado muchas exposiciones nacionales e internacionales, en especial con pintura e instalaciones. No ha participado directamente con fotografía, es una tarea pendiente. En sus realizaciones, el proceso suele estar a la vista, aun en las sucesivas capas de las pinturas. Este trabajo de Perla Krauze se resume en ser una gigantesca instalación con devoción por la naturaleza, la construcción y la ascensión, en síntesis, ha realizado un instalación sublimatoria.
GRACIELA KARTOFEL
